(FIRMAS PRESS. Madrid) Una
de las fotos más conmovedoras del año es la de Gorbachov
lloroso, viejo, macerado por el dolor, acariciando la frente sin
vida de Raisa, como un príncipe encantado que ha perdido la
mágica facultad de devolver la vida con un beso. Es la imagen de
la ternura, del amor roto e inconsolable, de la vulnerabilidad.
Uno de los pocos seres humanos que ha tenido al alcance de sus
dedos los botones de la vida y la muerte de la especie, se
deshacía ante la desaparición de la mujer que, tras cuarenta y
cinco años de vida en común, había pasado a formar parte de su
propio ser. Ya no constituían una pareja. Eran una criatura dual,
siamesa, a la que le arrancaban la otra mitad, la mitad más
querida.
Hace años su amigo
--y mi amigo-- Yuri Kariakin, un formidable escritor ruso,
especialista en Goya y en tantas otras cosas, en su pequeño
apartamento de Moscú me contó ciertos detalles clave de la
sicología de Gorbachov y de las relaciones que mantenía con su
esposa, perfectamente congruentes con esta devastadora despedida
de la bella y elegante Raisa. Gorbachov era, fundamentalmente, un
hombre bueno. Un hombre, además, al que le horrorizaba la
violencia fisica, el sufrimiento del otro. Tras sus grandes
decisiones había, cómo no, reflexiones políticas y razones de
estado, pero en sus consideraciones también entraban otros
elementos humanos hasta entonces ausentes de la historia rusa.
Sufría con los muchachos muertos en Afganistán. Lo conmovían
los huérfanos y las viudas. Era emotivo. No se empinaba sobre los
hombros de las personas para ver la historia, sino lo hacía desde
el grupo, desde la gente, a la altura de los individuos de carne y
hueso. Y así, claro, era imposible administrar un imperio
galvanizado por el despotismo.
Los politólogos y los
historiadores ya han comenzado el debate sobre las razones que
explican la desaparición de la URSS y el descrédito total del
marxismo como modelo intelectual, o del leninismo como método
para el ejercicio brutal del poder, pero me temo que nunca van a
poder introducir esta variante en el análisis. ¿Cómo se
cuantifica la bondad de un ser humano, su carácter compasivo o su
fobia a la violencia? ¿Cómo se prueba que estas actitudes acaso
hayan sido la causa principal que provocó el fin casi súbito del
más formidable estado totalitario que ha conocido la humanidad?
Siempre será más fácil, más objetivo, comprobar los déficit,
medir el gasto público, verificar el inmenso costo que significó
la carrera armamentista y deducir de todo ello el desplome de la
URSS. Pero eso, con ser cierto, pesa menos que el factor humano.
Sólo que ese factor humano, en
este caso, incluía a Raisa. La perestroika no fue sólo obra de
Gorbachov, de sus ministros o de Alexander Yakolev, el distinguido
y poderoso teórico. Detrás estaba Raisa. Detrás de cada gran
hombre --asegura el viejo dictum-- siempre hay una gran mujer. A
lo que los cínicos suelen añadir: ``Generalmente odiada por la
esposa legítima''. Pero no en esta pareja. La gran mujer era
Raisa. Una persona bien formada intelectualmente, víctima en su
niñez del estalinismo, que la confinó junto a su familia en la
Siberia, y allí vivió, aterida de frío, en un vagón de
ferrocarril transformado en dascha miserable; una mujer culta y
sufrida, conocedora de dos lenguajes incompatibles: el del
marxismo, que la obligaron a estudiar en la aulas y a reconocer
bajo las botas, y el del derecho, que ella eligió como vocación.
Gorbachov era un hombre práctico.
Un técnico eficiente que hizo lo que pudo con los pobres
instrumentos que le proporcionaba el demencial sistema soviético.
Raisa probablemente tenía una cabeza mejor amueblada, más
crítica, llena de ideas. Nancy Reagan la detestaba por eso. La
acusaba de hablar ``demasiado'', pero el problema era otro:
hablaba de cosas complejas y poseía un nivel de información
bastante más denso del que podía exhibir la primera dama
norteamericana. No en balde los implacables cómicos de Estados
Unidos contaban un chiste demoledor: ``Ultima hora: se ha quemado
la biblioteca de Ronald Reagan... el libro ha quedado totalmente
achicharrado... y no lo había terminado aún de colorear''. La
casa de Raisa, en cambio, estaba llena de libros. Ella misma
estaba llena de libros. Y Nancy Reagan, que manejaba como nadie la
cubertería de plata, no sabía qué hacer ante aquella eslava
redicha que se empeñaba en hablar de ``las cosas de los
hombres''.
¿Nos contará algun día
Gorbachov la verdad de sus grandes/pequeños momentos? Aquellas
noches llenas de incertidumbre en que llegaba exhausto a la cama
matrimonial y le confiaba a Raisa sus temores de aprendiz de brujo
a cuyo control todos los diablos parecían escapar. Me la imagino
fuerte, segura de sí misma, tal vez feliz de poder ponerle fin a
ese sangriento disparate intelectual que fue el marxismo. Me la
sospecho alentándolo en el camino del cambio, animándolo,
sosteniéndolo ante el embate de los reveses y las dudas. La veo
firme, asegurándole que era mejor enterrar los sueños imperiales
del país más grande del mundo si el precio que requería
mantenerlos era el sostenimiento permanente de la barbarie
comunista. Tal vez la historia del siglo XX hubiera sido diferente
si en el lecho de Gorbachov hubiera habido un ama de casa dulce y
complaciente, buena repostera, pero sin opiniones. ``Busquen a la
mujer'', dicen los machistas detectives franceses ante cualquier
indicio criminal. Búsquenla también cuando la historia da un
bandazo estremecedor. Búsquenla, especialmente si se llama Raisa.
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