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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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"Carlos Alberto Montaner es el columnista de mayor divulgación en lengua española"
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¡Busquen a esa mujer!

Por Carlos Alberto Montaner

(FIRMAS PRESS. Madrid) Una de las fotos más conmovedoras del año es la de Gorbachov lloroso, viejo, macerado por el dolor, acariciando la frente sin vida de Raisa, como un príncipe encantado que ha perdido la mágica facultad de devolver la vida con un beso. Es la imagen de la ternura, del amor roto e inconsolable, de la vulnerabilidad. Uno de los pocos seres humanos que ha tenido al alcance de sus dedos los botones de la vida y la muerte de la especie, se deshacía ante la desaparición de la mujer que, tras cuarenta y cinco años de vida en común, había pasado a formar parte de su propio ser. Ya no constituían una pareja. Eran una criatura dual, siamesa, a la que le arrancaban la otra mitad, la mitad más querida.

Hace años su amigo --y mi amigo-- Yuri Kariakin, un formidable escritor ruso, especialista en Goya y en tantas otras cosas, en su pequeño apartamento de Moscú me contó ciertos detalles clave de la sicología de Gorbachov y de las relaciones que mantenía con su esposa, perfectamente congruentes con esta devastadora despedida de la bella y elegante Raisa. Gorbachov era, fundamentalmente, un hombre bueno. Un hombre, además, al que le horrorizaba la violencia fisica, el sufrimiento del otro. Tras sus grandes decisiones había, cómo no, reflexiones políticas y razones de estado, pero en sus consideraciones también entraban otros elementos humanos hasta entonces ausentes de la historia rusa. Sufría con los muchachos muertos en Afganistán. Lo conmovían los huérfanos y las viudas. Era emotivo. No se empinaba sobre los hombros de las personas para ver la historia, sino lo hacía desde el grupo, desde la gente, a la altura de los individuos de carne y hueso. Y así, claro, era imposible administrar un imperio galvanizado por el despotismo.

Los politólogos y los historiadores ya han comenzado el debate sobre las razones que explican la desaparición de la URSS y el descrédito total del marxismo como modelo intelectual, o del leninismo como método para el ejercicio brutal del poder, pero me temo que nunca van a poder introducir esta variante en el análisis. ¿Cómo se cuantifica la bondad de un ser humano, su carácter compasivo o su fobia a la violencia? ¿Cómo se prueba que estas actitudes acaso hayan sido la causa principal que provocó el fin casi súbito del más formidable estado totalitario que ha conocido la humanidad? Siempre será más fácil, más objetivo, comprobar los déficit, medir el gasto público, verificar el inmenso costo que significó la carrera armamentista y deducir de todo ello el desplome de la URSS. Pero eso, con ser cierto, pesa menos que el factor humano.

Sólo que ese factor humano, en este caso, incluía a Raisa. La perestroika no fue sólo obra de Gorbachov, de sus ministros o de Alexander Yakolev, el distinguido y poderoso teórico. Detrás estaba Raisa. Detrás de cada gran hombre --asegura el viejo dictum-- siempre hay una gran mujer. A lo que los cínicos suelen añadir: ``Generalmente odiada por la esposa legítima''. Pero no en esta pareja. La gran mujer era Raisa. Una persona bien formada intelectualmente, víctima en su niñez del estalinismo, que la confinó junto a su familia en la Siberia, y allí vivió, aterida de frío, en un vagón de ferrocarril transformado en dascha miserable; una mujer culta y sufrida, conocedora de dos lenguajes incompatibles: el del marxismo, que la obligaron a estudiar en la aulas y a reconocer bajo las botas, y el del derecho, que ella eligió como vocación.

Gorbachov era un hombre práctico. Un técnico eficiente que hizo lo que pudo con los pobres instrumentos que le proporcionaba el demencial sistema soviético. Raisa probablemente tenía una cabeza mejor amueblada, más crítica, llena de ideas. Nancy Reagan la detestaba por eso. La acusaba de hablar ``demasiado'', pero el problema era otro: hablaba de cosas complejas y poseía un nivel de información bastante más denso del que podía exhibir la primera dama norteamericana. No en balde los implacables cómicos de Estados Unidos contaban un chiste demoledor: ``Ultima hora: se ha quemado la biblioteca de Ronald Reagan... el libro ha quedado totalmente achicharrado... y no lo había terminado aún de colorear''. La casa de Raisa, en cambio, estaba llena de libros. Ella misma estaba llena de libros. Y Nancy Reagan, que manejaba como nadie la cubertería de plata, no sabía qué hacer ante aquella eslava redicha que se empeñaba en hablar de ``las cosas de los hombres''.

¿Nos contará algun día Gorbachov la verdad de sus grandes/pequeños momentos? Aquellas noches llenas de incertidumbre en que llegaba exhausto a la cama matrimonial y le confiaba a Raisa sus temores de aprendiz de brujo a cuyo control todos los diablos parecían escapar. Me la imagino fuerte, segura de sí misma, tal vez feliz de poder ponerle fin a ese sangriento disparate intelectual que fue el marxismo. Me la sospecho alentándolo en el camino del cambio, animándolo, sosteniéndolo ante el embate de los reveses y las dudas. La veo firme, asegurándole que era mejor enterrar los sueños imperiales del país más grande del mundo si el precio que requería mantenerlos era el sostenimiento permanente de la barbarie comunista. Tal vez la historia del siglo XX hubiera sido diferente si en el lecho de Gorbachov hubiera habido un ama de casa dulce y complaciente, buena repostera, pero sin opiniones. ``Busquen a la mujer'', dicen los machistas detectives franceses ante cualquier indicio criminal. Búsquenla también cuando la historia da un bandazo estremecedor. Búsquenla, especialmente si se llama Raisa.

© Firmas Press, Madrid

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