Me pregunto si se puede establecer cuál es la mejor novela
latinoamericana del siglo XX. Este tipo de selección siempre es
arbitraria, pero se ha atrevido a hacerla un gran periódico
londinés: La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa. Es posible
que acertara. Cuando Gabriel García Márquez --autor de la otra
posible mejor novela-- terminó de leerla, dijo algo muy
significativo: ``Esto no se le hace a un viejo como yo''. No
estaba, claro, enfadado. Era franca admiración.
¿Por qué es extraordinaria y tal vez única esta narración
centrada en la dictadura de Trujillo? Al fin y al cabo, las
novelas sobre dictadores latinoamericanos son tantas que casi
constituyen una categoría. Hay una diferencia. La fiesta del
Chivo es mucho más que una novela histórica con tirano al fondo.
En primer término, posee a chorros lo que no debe faltarle a toda
buena novela: el interés creciente en la trama. Es lo que se
conoce como ``la paradoja del lector: querer, a un tiempo,
alcanzar el final para averiguar el secreto propuesto, pero temer
que ese momento llegue, el libro termine, y con él se acabe el
tenso placer que desencadena la curiosidad.
Pero no se equivoquen: La fiesta del Chivo no es sólo una
novela de misterio sobre la secreta desgracia personal ocurrida a
la protagonista. Se trata de una combinación de géneros
narrativos. Es también una novela de aventuras: la trágica
aventura de un grupo de jóvenes que deciden matar al dictador
dominicano Rafael Leonidas Trujillo. Cómo lo hicieron, cómo
prepararon el atentado, qué ocurrió con cada uno de ellos. Por
supuesto que son hechos históricos y Vargas Llosa no se aparta
sustancialmente de ellos, pero los cuenta como un gran reportaje
en el que concurre otro género novelístico: el sicológico. La
fiesta del Chivo es, acaso por encima de todo, una gran novela
sicológica, donde cada uno de los personajes clave exhibe rasgos
propios, profundos, y muestra la extraña mezcla de creencias,
valores, actitudes y contradicciones que conforman esa negra e
insondable melcocha que es la conciencia del bicho humano.
¿Hay mucho más? Por supuesto. El libro encierra una aguda
descripción de la forma perversa con que los dictadores ejercen
la autoridad, el miedo que les infunden a sus subalternos hasta
podrirles el alma, y la abyección que genera el tipo de relación
de poder que se establece. El tirano es Trujillo y su corte de
esbirros, los aduladores y alabarderos, son dominicanos, pero casi
en cada país latinoamericano --se salvan uruguayos y
costarricenses-- los lectores secretamente van cambiando los
rostros y los nombres de los personajes a medida que pasan las
páginas. A los guatemaltecos, como un fantasma, se les aparece
Estrada Cabrera; a los salvadoreños, aquel loco tremendo que fue
Maximiliano Hernández; los nicaragüenses reviven a Somoza; los
hondureños a Tiburcio Carías; los venezolanos a Juan Vicente
Gómez; los colombianos a Rojas Pinilla, y así hasta llegar a
Perón, a Leguía, o al paraguayo Stroessner.
El libro encierra una aguda descripción de la forma perversa
con que los dictadores ejercen la autoridad
¡Qué tropa, Dios de mi vida! Trujillo, el peor de ellos,
consiguió el extraño prodigio de subsumirlos a todos. Los
sintetiza y resume. Tanto, que uno de los capitostes de la cultura
cubana, profundamente asqueado de la situación del país, hizo
que un amigo diplomático le llevara clandestinamente a La Habana
una docena de ejemplares de la novela de Vargas Llosa. ¿Para
qué? ``Para que los cubanos comprendan qué es lo que está
ocurriendo en esta isla desde hace cuarenta años. Es la manera
más segura y eficaz de que los cubanos entiendan la naturaleza de
nuestro propio Chivo''.
Naturalmente, donde el libro ha levantado las mayores
polémicas es en Santo Domingo. Los dominicanos se han empeñado
en leerlo como un texto de historia, sin advertir que se trata de
una obra de ficción anclada en la realidad, en hechos que
ocurrieron, pero en los que resulta más importante lo que Vargas
Llosa añade, en lo que inventa o matiza, que lo que de veras
sucedió. ¿Quién es ese Henry Chirinos --``la Inmundicia
Viviente''--, quién ``el Constitucionalista Beodo''? En rigor,
cualquiera: probablemente los modelos ni siquiera son dominicanos,
sino venezolanos, peruanos, argentinos: gentes a los que el
novelista ha colocado en una moledora hasta constituir una masa de
la que luego extrae seres nuevos mezclados con pedazos de todos
ellos.
Quedan, por último, los instrumentos del escritor. Por un
lado, ese lenguaje claro, transparente, de Vargas Llosa, siempre
con la palabra exacta, pero puesta al servicio de una cuidadosa
carpintería interior que le permite al novelista entremezclar
planos, épocas, personajes y voces narrativas, sin que en ningún
momento el lector pierda el hilo argumental o confunda al
protagonista que habla, piensa, o de quien se apuntan reflexiones
o datos relevantes. Ahí está el gran renovador de la estructura
novelística en lengua española. A otro gran escritor, a Plinio
Apuleyo Mendoza, tras la lectura de La guerra del fin del mundo le
oí decir algo que ahora tendrá que modificar. ``Los genios
literarios escriben una obra maestra, diecisiete libros buenos y
dos de los que tienen que arrepentirse. Mario ya tiene catorce
libros excelentes y dos obras maestras, Conversación en la
Catedral y La guerra del fin del mundo. Eso es demasiado''. Ahora
son tres las obras maestras: hay que incluir La fiesta del Chivo.