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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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"Carlos Alberto Montaner es el columnista de mayor divulgación en lengua española"
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Chávez, Castro y Américo Martín

Por Carlos Alberto Montaner

Madrid -- Hugo Chávez presume de que le gusta leer. Eso es conmovedor. Lo mismo cita a Kant que a Armando Manzanero, y hasta los confunde y no sabe si el imperativo categórico es una cosa que se baila apretado, o si lo que vio llover es la crítica de la razón bolivariana. En todo caso, no hay duda de que el presidente venezolano tiene una honda inquietud filosófica. Es como si estuviera a la búsqueda de una inspiración, de un ramalazo ideológico que le ilumine la senda revolucionaria. Hace pocos días, en el transcurso de un par de semanas, se declaró maoísta, proiraní, segundo Fidel Castro de América y vengador de Malasia, a la que desea llamar Buenasia, trámite que le parece menos embarazoso que convencer a Putin --otro de sus amores-- de que abandone ese peligrosísimo apellido antes de que sus enemigos de la CIA le muden el acento de sílaba.

Los venezolanos deben estar orgullosos de tener un jefe de estado tan ilustrado. Y como la función de los periodistas es contribuir a estimular ese denso clima intelectual, le voy a recomendar a Chávez un libro que acaba de ponerse en circulación en Caracas, pero que no tardará en inundar el mercado planetario: América y Fidel Castro, escrito por Américo Martín, agudamente prologado por Teodoro Petkoff y editado por Panapo. Si yo fuera el presidente saldría corriendo a comprarlo. Especialmente porque fue él quien declaró que Venezuela se dirigía o navegaba hacia las cálidas aguas cubanas. Si se va a meter en esa piscina es bueno que sepa lo que le esperan a él y a su pueblo.

Américo Martín fue un joven revolucionario venezolano que en la década de los sesenta intentó repetir en Venezuela la experiencia cubana. Fue a La Habana, se entrevistó con Castro, forjó lazos políticos y regresó a su país decidido a emular al máximo líder. Poco después creó y dirigió un frente guerrillero, alcanzó el grado de comandante, y, finalmente, acabó en la cárcel. Indultado a los pocos años, todavía bajo los efectos de la influencia marxista, tras terminar la carrerra de derecho y convertirse en un brillante abogado, aspiró sin éxito a presidente, fue diputado, y pasó por la política con una honradez absoluta que ni sus enemigos ponen en duda. Mientras discurría su accidentada vida, Américo Martín se fue alejando del comunismo en un recorrido perfectamente previsible: primero socialista de izquierda, luego socialdemócrata, y, finalmente, liberal. La experiencia práctica y mil buenos libros lo habían convertido en una de las personas más lúcidas de su país.

El libro es mucho más que un análisis de Castro y su longevo gobierno. Es un estudio de las revoluciones, del caudillismo, y de las principales corrientes políticas que han dominado el panorama latinoamericano a lo largo del siglo XX. En cierta medida, es una historia ideológica de la centuria que terminó, salpicada de erudición y de agudísimas interpretaciones. Sin embargo, Castro está en el punto de mira. Es la figura principal de la obra. ¿Cómo lo caracteriza? Con una frase certera: es ``un bronco Pizarro armado con el arcabuz del leninismo''. El comunismo le ha brindado una coartada y un método para poder ejercer su tiranía personal sin limitaciones. Al final de su vida todo el entorno del barbudo cubano sabe que equivocó el rumbo, pero nadie se atreve a decirlo. Castro es el único que tiene la llave para salir de la ratonera, pero prefiere que lo entierren con ella en el bolsillo.

A los venezolanos este libro les llega en el momento adecuado. Chávez ha declarado que él es un segundo Fidel Castro y no hay razones para desmentirlo. En el país se oyen gritos de alarma contra la creciente cubanización. Al frente del aparato productor de petróleo ya ha sido colocado Alí Rodríguez, un hombre muy cercano a los servicios cubanos de inteligencia, y hoy, para más preocupación, secretario general de la OPEC. Decenas de asesores cubanos, discretamente --todo lo discretamente que pueden actuar los cubanos-- intentan controlar el ejército, la cancillería, la policía política. Y no actúan con lentitud. Castro le ha sugerido a Chávez que radicalice cuanto antes el ``proceso''. Quiere ver el desenlace antes de morirse y ya le queda poco tiempo.

Su tesis es simple: si Chávez no descabeza urgentemente a sus enemigos, le ocurrirá lo que a Allende. ¿Cómo puede Chávez acelerar la revolución? Atemorizando a los medios de comunicación hasta hacerlos callar, creando problemas sindicales en las empresas que no se plieguen, sobornando y corrompiendo a los militares. Al contrario de lo que sucedía en Cuba, a Chávez no le resulta urgente apoderarse de las riquezas del país. Ya las tiene. El petróleo significa el 70 por ciento del PIB. ¿Para qué más en esta fase de la lucha?

Es difícil creer que Chávez pueda prevalecer, pero no que lo intente. Chávez quiere hacer una revolución antioccidental, antimercado, antidemocrática, que por una punta se parezca a la cubana y por la otra a la libia. ¿Por qué? Porque tiene una idea de la realidad patológicamente tercermundista. Por ese camino va a precipitar a los venezolanos a una catástrofe. Y si yo fuera uno de ellos me llevaría el libro de Américo Martín para ir leyendo en el accidentado trayecto. Los soldados también mueren en las guerras avisadas, pero al menos entienden lo que les pasa. Eso siempre sirve de consuelo.

Junio 10, 2001

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