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Argentina y `lo nuestro'
Carlos
Alberto Montaner
Madrid -- Hay millones de argentinos
derrotados por la crisis que expresan su frustración de una manera
sorprendente: ''Vivamos --afirman-- con lo nuestro''. Eso quiere decir
renunciar a competir y a tratar de formar parte de ese primer mundo tenso y
difícil que demanda ciertos comportamientos disciplinados.
Estos argentinos, golpeados por los ''corralitos'' y por la recesión, y
estafados por los políticos, odian la globalización. Para ellos el mejor
destino posible, dadas las deficiencias nacionales y las circunstancias
internacionales, es vivir de la feracidad sin límites de la pampa húmeda,
criar ganado, retomar cierto pasado supuestamente bucólico y tranquilo, y
desarrollarse hacia adentro, con ''lo nuestro'' y para ''lo nuestro''. Para
ellos es obvio que Argentina no pudo mantener el ritmo de la complejidad
creciente que exige la ''modernidad'', ese horizonte, como todos, lejano e
inalcanzable.
El problema radica, primero, en que eso
no es posible y, segundo, en que se trata de una propuesta basada en una
falacia. No se puede ''tibetanizar'' a la Argentina. Argentina no es un país
singular y extraño colgado en un rincón inaccesible del planeta, sino un
segmento importante de Occidente. Pero la paradoja mayor viene ahora: todo lo
grande y meritorio que observamos en la historia de ese país es la
consecuencia de su pertenencia a Occidente y de los vínculos con el mundo más
desarrollado. En 1853, cuando comienza el periodo más brillante de Argentina,
la reforma política y la constitución que Juan Bautista Alberdi prescribe en
sus Bases son, en esencia, el producto de la lectura inteligente de John Locke
y de los constitucionalistas ingleses y estadounidenses. Las ideas pedagógicas
que luego Domingo F. Sarmiento pone en marcha son, fundamentalmente, las del
norteamericano Horace Mann. El bellísimo Buenos Aires que entonces comienza a
brotar y fluye durante siete gloriosas décadas de progreso, creando, junto a
New York, la gran ciudad del hemisferio americano, se inspira en la reforma de
París dirigida por el Barón de Haussman.
Es cierto que Argentina dio un salto económico gigantesco
en los últimos veinte años del siglo XIX y los primeros treinta del XX, pero
ese ''milagro económico'' ¿no se debió, en gran medida, a los capitales y el
know-how británicos, con sus trenes, sus barcos frigoríficos y la sabia
política migratoria nacional que les abrió las puertas a millones de europeos
impulsados por el laborioso ''fuego del inmigrante''? ¿No fue esa etapa de
gran crecimiento la de la economía abierta, exportadora y simultáneamente
hospitalaria con las inversiones extranjeras? ¿No fue gracias a aquella ''globalización''
que Argentina se convirtió en un gigante económico?
¿Qué es ''lo nuestro''? ¿El tango, que
evoluciona de la ''habanera'', un ritmo cubanoespañol, gestado, a su vez, por
la ''contradanza'', primero inglesa y luego francesa? ¿El fútbol, que llevaron
los ingleses a los colegios y a las minas de propiedad británica radicados en
Argentina y desde ahí conquistó el corazón de la sociedad? ¿Son ''nuestras'',
quiero decir, ''argentinas'', la ciencia que se imparte en las universidades,
la tecnología que se enseña en los centros especializados, la forma de
administrar la banca, el comercio o la simple organización del tráfico, los
aeropuertos o el sistema de correo?
Argentina fue grande cuando supo imitar
las ideas y las conductas correctas que circulaban en Occidente. Y luego
comenzó a declinar cuando, a partir de los años treinta, tras el golpe contra
Hipólito Yrigoyen, de manera creciente se abrieron paso el corporativismo, el
nacionalismo autoritario y el militarismo, es decir, cuando copiaron la mala
influencia del socialismo de derecha o fascismo. Argentina se convirtió en una
de las diez naciones más avanzadas y ricas del planeta durante el periodo en
que la sociedad civil era el principal agente creador de riquezas, y empezó a
caer, cuesta abajo en la rodada, cuando el estado, caprichosamente
administrado por gobernantes corruptos afectados por el mesianismo y por un
suicida desprecio a Occidente, pasó a ser el centro dispensador de
privilegios, convirtiéndose en un foco de clientelismo y de derroche de los
siempre escasos recursos nacionales. El hundimiento comenzó, simplemente,
cuando el país pujante y admirable de 1853 a 1930, por las razones que fueren,
segregó un estado incompetente y manirroto que acabó por arruinar al conjunto
de la sociedad.
Pero el error está en pensar que esa
situación es irreversible. Por supuesto que no lo es. Argentina sigue
poseyendo las riquezas naturales y el capital humano que, en su momento,
colocaron al país en el pelotón de avanzada del mundo desarrollado. ¿Qué le
falta? Le falta el capital cívico: una masa crítica de ciudadanos capaces de
entender que la prosperidad y la convivencia armónica van parejas a ciertas
formas de comportarse. ¿Cuáles? Las de las veinte democracias ejemplares del
planeta, llámense Suecia, Suiza o Canadá, pues los tres países son variantes
de economías de mercado insertadas en estados en los que se respetan los
derechos humanos, incluido el de poseer bienes con carácter privado. A
principios del siglo XX nadie censuraba que Argentina se guiase por los
modelos punteros de la época: Inglaterra, Alemania, Estados Unidos. Ese camino
es el que tiene que volver a tomar a principios del siglo XXI: aferrarse al
primer mundo como un náufrago a un salvavidas y olvidarse de ''lo nuestro'',
porque, eso, sencillamente, no existe.
Octubre 27, 2002
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