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Sangre y petróleo
Carlos
Alberto Montaner
Madrid -- Varios pistoleros descendieron
de un par de automóviles y dispararon contra la multitud desarmada e indefensa
que protestaba en la Plaza de Altamira. Sobre el suelo quedaron cinco
cadáveres y dos docenas de heridos. Los asesinos formaban parte de los ''círculos
bolivarianos'', grupos de matones que tienen sus orígenes más remotos en los
''camisas pardas'' hitlerianas, pero provienen directamente de las ''brigadas
de respuesta rápida'' creadas por Castro para reprimir en la isla a los
demócratas de la oposición. ¿Por qué se cometió este crimen tan estúpido? Eso
hay que explicarlo.
La estrecha relación entre los ''círculos bolivarianos''
y las ''brigadas de respuesta rápida'' no debe pasarse por alto. Es muy
importante. Muchos de los ''cuadros bolivarianos'' han sido adiestrados en La
Habana. El verdadero aporte del gobierno de Castro al gobierno de Hugo Chávez
consiste exactamente en eso: en la ingeniería represiva. Como el imperio
romano transmitía acueductos, basílicas y anfiteatros a sus colonias, el
imperio ruso reproducía en ellas sus calabozos, paredones y sistemas de
control. El principal legado del comunismo soviético a la revolución cubana
fue el Ministerio del Interior, con sus técnicas de espionaje, sus ''comités
de defensa de la revolución'' y su inmenso, eficaz y prácticamente
inexpugnable aparato policiaco.
Los rusos o los alemanes del Este carecían de saberes
técnicos y científicos comparables a los de Occidente. No eran capaces de
organizar un servicio público con la pericia con que podía aprenderse en
cualquier nación desarrollada del mundo libre, pero eran imbatibles en el
terreno de la represión. Lenin fue el gran maestro, Stalin el discípulo
aventajado, luego los alemanes aportaron el rigor de su cultura metódica y
paciente. Finalmente, lo que los camaradas del Este llevaron a Cuba en 1959,
además de un subsidio que crecía en la misma medida que aumentaba la torpeza
económica del sistema, fueron la KGB y la Stasi. Ese es el fenómeno que ahora
se reproduce en las relaciones entre Cuba y Venezuela, sólo que el subsidio va
en la otra dirección: quien sostiene a la ''metrópoli'' cubana es su colonia
venezolana.
Chávez le paga a Castro su asistencia policiaca con
53,000 barriles diarios de petróleo. La suma anual rápida, a 25 dólares el
barril, arroja la cifra de 483 millones largos de dólares. Un monto superior
al del valor total de las exportaciones de azúcar de la isla. Claro que la
transacción se consigna como una ''compra-venta'', pero si alguna
inquebrantable convicción anida en el corazón de Castro es que los
revolucionarios (y menos entre revolucionarios) no incurren en esa ordinariez
burguesa de pagar las deudas. Por eso a los rusos les dejaron de abonar
veintitrés mil millones de dólares, y a españoles, argentinos y japoneses les
deben, a cada país, más de mil millones de incobrables dólares.
Pero sigamos analizando el dato. Las necesidades reales
de petróleo que tiene Cuba son 200,000 barriles diarios, aunque el país
funciona, muy pobremente, con unos 150,000, de los cuales la firma canadiense
Sherritt consigue extraer localmente 41,000, vende al gobierno cubano 24,000
al precio preferente de 22 dólares el barril, y le entrega sin costo otros
17,000. Los 53,000 barriles diarios de petróleo que Chávez aporta a su amigo
Castro constituyen, pues, más de un tercio de las necesidades energéticas de
la dictadura, y significan casi la mitad del costo de la factura energética
que debe abonar el estado cubano, actualmente (y desde 1987, cuando denunció
la deuda internacional) en bancarrota.
Pero este pavoroso cuadro económico tiene unas graves
consecuencias políticas y morales en la convulsa Venezuela de hoy. El gobierno
de La Habana, que sabe que la salida de Chávez del poder le traerá
inmediatamente el fin del subsidio petrolero, es quien le aconseja al abrumado
coronel que opte por ''profundizar la revolución'' y liquide de una vez a sus
enemigos burgueses. ¿Cómo se logra ese ''milagro''? Mediante un enfrentamiento
militar que se salde con una victoria revolucionaria que traiga la ocupación
de los medios de comunicación y el inicio de una dictadura estatista, vecina
del modelo cubano o del libio, que tanto le gusta invocar a Chávez cuando le
da por citar el Libro verde de Gadhaffi.
Es dentro de ese espíritu que el gobierno cubano alienta
al crimen a los ''círculos bolivarianos''. ¿Para qué? Para provocar una
respuesta violenta de la oposición que justifique la militarización total del
país y la supresión inmediata de todas las libertades. El régimen castrista no
ignora que ya más del setenta por ciento de la población venezolana quiere la
salida de Chávez. Y sabe que casi todo el andamiaje institucional ha quedado
fuera del control del gobierno, de manera que la única esperanza que le queda
a La Habana es un golpe militar que sostenga a Chávez en Miraflores y a los
barcos petroleros en ruta a la isla. Es obvio, pues, lo que sigue: Castro
seguirá aconsejando la violencia y generando el caos, y no es descartable que
sus agentes intenten eliminar a algunos líderes de la oposición con el objeto
de provocar ''la lucha final''. En 1936 un sicario cubano exiliado en España
participó en el asesinato de Calvo Sotelo, hecho que desató la guerra civil.
Castro sabe esa historia y le gustaría repetirla. La matanza de Altamira fue
sólo un ensayo.
Diciembre 15, 2002
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