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El hombre al que no le hicieron
caso los venezolanos
Carlos
Alberto Montaner
Madrid -- Por estas fechas hace
exactamente 15 años que mi amigo Carlos Rangel se quitó la vida de un
pistoletazo.
En 1975 había publicado uno de los mejores ensayos
políticos de la historia cultural latinoamericana, Del buen salvaje al buen
revolucionario, y luego, pocos años más tarde, había rematado la faena con El
tercermundismo, una brillante indagación sobre los rasgos que caracterizan a
esa fauna lamentable que posteriormente quedó retratada en el Manual del
perfecto idiota latinoamericano, obra escrita por Plinio Apuleyo Mendoza, por
Alvaro Vargas Llosa y por mí. Nuestro libro le debía mucho a los de Carlos
Rangel, así que decidimos dedicárselo a él y a Jean-François Revel, otro amigo
excepcional, de los grandes ensayistas franceses del siglo XX, incansable
batallador en Europa contra los devotos de la dictadura marxista o los
enemigos de la sociedad abierta, plural y libre.
Pero Rangel fue mucho más que un penetrante escritor. El
y su mujer Sofía Imber --fundadora en Caracas del mejor museo de arte moderno
de América Latina, que hoy lleva su nombre, lo que no ha impedido que Chávez
la expulsara de la dirección-- tuvieron durante muchos años un popular
programa de televisión, de entrevistas y comentarios, muy temprano en la
mañana, en el que día a día defendían las libertades y trataban de explicarles
a los venezolanos el inmenso peligro que corría el país si escuchaba los
cantos de sirena de los comunistas, la izquierda festiva o a esos populistas
de diversas procedencias que en lugar de explicar que la riqueza se construye
y acumula mediante el trabajo, la responsabilidad individual y el buen
funcionamiento del estado de derecho, predicaban alguna suerte de evangelio ''revolucionario''.
Esa nefasta y rencorosa superstición que asegura que nuestros infortunios son
invariablemente la consecuencia del comportamiento malvado de los otros: los
yanquis, los ingleses, los empresarios, o hasta los judíos, porque el
antisemitismo, desgraciadamente, sigue vivo en medio planeta, aunque ahora lo
disfracen con la solidaridad propalestina.
Evidentemente, Carlos y Sofía, para utilizar la metáfora
bolivariana, ''araron en el mar''. Los venezolanos ignoraron sus múltiples
advertencias, algunas de ellas, por cierto, transmitidas arriesgando sus vidas.
Recuerdo una conferencia de Carlos en una universidad pública de Caracas --en
aquellos años a la facultad de economía de esa institución la llamaban ``Stalingrado''--
en la que llegaron a la tribuna atravesando una multitud de estudiantes que
los insultaban y escupían. Si en ese momento alguien inicia un ataque,
probablemente aquellos energúmenos enardecidos los hubieran matado a golpes.
No hay nada más peligroso sobre la tierra que un varón joven y fanático lleno
de desprecio contra una persona a la que mentalmente ha privado de atributos
humanos. Para ellos, entonces, Carlos y Sofía eran un par de perros al
servicio del imperialismo.
Han transcurrido varias décadas desde esos hechos, y
estoy seguro de que muchos de esos airados estudiantes hoy son personas
maduras que están en las calles de Caracas o de Maracay golpeando
patrióticamente una cacerola y sacrificando su patrimonio familiar para evitar
que Hugo Chávez convierta a Venezuela en una colonia política de Cuba, de la
misma manera que el coronel golpista, ya ha asumido su role de edecán y delfín
de Castro en América Latina. Lo que esos venezolanos no fueron capaces de
aprender en los libros de Rangel o en los programas de Carlos y Sofía lo
descubrieron mucho más tarde, tras cometer el monstruoso error de entregarle
las llaves de Miraflores a un personaje de la catadura ideológica y moral de
Hugo Chávez, nada menos que como recompensa por haber intentado destruir las
instituciones democráticas del país. Así estaba de confundida la población
venezolana tras cuarenta años de prédica populista que le llegaba, como un
chaparrón incesante, desde los periódicos y desde las cátedras universitarias,
desde los grandes partidos políticos y desde los púlpitos de las iglesias.
Es muy triste que las malas ideas sean más persuasivas
que las buenas, pero es comprensible. Siempre resulta más fácil convencer a
alguien de que es víctima de una injusticia, o de que sus quebrantos se
derivan de la falta de compasión de algún canalla, que enfrentarlo a sus
responsabilidades. El Manifiesto comunista o cualquier explicación de las
desigualdades humanas que recurra al victimismo será mil veces más poderosa
que los laboriosos reglamentos contenidos en el código civil, pero sabemos,
por varios siglos de experiencia acumulada, que las sociedades que avanzan y
prosperan son aquéllas en las que funciona el código civil, administrado por
unos magistrados aburridos, y no las que han elegido los panfletos
incendiarios recitados por fogosos y elocuentes revolucionarios.
En todo caso, los venezolanos ya no pueden rehacer el
pasado, pero sí tienen la oportunidad de aprender de sus errores y construir
un país distinto cuando se sacudan de encima esa pesadilla que se llama Hugo
Chávez y a su gobierno corrupto e inepto, tan autoritario como le permiten las
circunstancias. Ojalá que el 14 de enero del 2004 ya Venezuela sea un país
libre, encaminado en la dirección del progreso. Esa fecha, la de la muerte de
Carlos Rangel, es ideal para que las autoridades del país, políticos e
intelectuales, artistas y clérigos, acudan en masa al cementerio para
organizar un gran acto de desagravio. Carlos lo avisó y no le hicieron caso.
Es triste.
Enero 12, 2003
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