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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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Pérdida y recuperación de la República:

Cuba a las puertas del fin del comunismo

Carlos Alberto Montaner
Conferencia pronunciada en Miami, el 28 de enero de 2003

José Julián Martí y Pérez nació un día como hoy hace siglo y medio en una pequeña casa de la calle Paula, en la Habana colonial. Es ese aniversario la fecha que nos congrega. No voy a contar su vida, que todos conocemos, aunque sea a grandes rasgos, y ni siquiera me detendré en sus notables aportes culturales y políticos. Como admirado resumen, vale recordar que fue una persona extraordinariamente culta e inteligente, notablemente intensa, que sólo vivió 42 años, pero en ese corto periodo estuvo exiliado en España, donde estudió Derecho, en México, Guatemala y New York, fundó una familia no demasiado feliz, ocasionalmente fungió de representante de algún país latinoamericano, viajó extensamente para lo que eran las normas de la época,  escribió una larga y valiosa obra en prosa y verso que se acerca a los tres millones de palabras, se convirtió en uno de los primeros y más respetados periodistas internacionales que conociera América Latina y en uno de los precursores de la poesía modernista, mientras, simultáneamente, fue capaz de poner en marcha un proceso insurreccional que culminó en la independencia de Cuba, aunque su muerte en Dos Ríos, Oriente, en mayo de 1895, le impidió participar en el posterior diseño y establecimiento de la República, ocurrida siete años más tarde.

En todo caso, antes de entrar en el análisis de nuestro aquí y nuestro ahora, sí quiero compartir con ustedes una reflexión sobre el Apóstol que me parece importante. La mejor manera de honrar a Martí no es escudriñar sus textos para tratar de saber lo que él haría en nuestro momento actual, tarea a todas luces imposible y estéril, pues carece de sentido intentar adivinar cómo hubiera actuado una persona que murió hace más de un siglo, en unas circunstancias totalmente diferentes a las que modelaron su vida. En cambio, la forma que tenemos de emular su ejemplo es ser capaces de establecer un diagnóstico sobre nuestros errores pasados, evaluar la época en que vivimos, enfrentarnos con total realismo a las ventajas y obstáculos que se yerguen ante nosotros, y desarrollar un plan de acción en consecuencia. Nunca sabremos, en fin, cómo hubiera actuado Martí bajo nuestra piel curtida por la cibernética, los viajes espaciales y la conflictiva experiencia del siglo XX, atroz y luminosa al mismo tiempo, pero sí podemos y debemos tener en cuenta el ejemplo de lo que fue su vida llena de aciertos y sacrificios.

El “aparato” confiesa su desmoralización

Hay síntomas evidentes del deterioro de la dictadura cubana, y no hay nada de falsas ilusiones en creer que estamos en la etapa postrera del castrismo. Castro está viejo, intermitentemente enfermo, y desvaría con frecuencia. Sus ideas, asentadas en una visión polvorienta de la política, la historia y la economía, datadas a mediados del siglo XX, ya no seducen a casi nadie. Sus hombres de confianza, eso que los politólogos llaman “la estructura de poder”, a estas alturas no defienden principios, sino posiciones, mientras muchos hijos de la nomenclatura emigran con todo lo que consiguen rebañar a sus padres o familiares, ya sea una pintura de Lam, una película casera o cualquier objeto que pueda mercadearse.

La economía, si bien logró alguna recuperación después de tocar fondo en los primeros años de la década de los noventa, no es capaz de procurarle una existencia digna al noventa y cinco por ciento de los cubanos, y ahí siguen, tercos, después de cuarenta y cuatro años, los síntomas más evidentes del subdesarrollo tercermundista: falta de agua potable, electricidad racionada, desabastecimiento, ciudades en ruina, escasez de alimentos y medicinas, y un largo y penoso etcétera que incluye el regreso de enfermedades carenciales desaparecidas hace medio siglo, o plagas de insectos y parásitos que recuerdan el XIX, no el XXI en el que ya nos adentramos, y de las que no se salva ni el mismísimo dictador. Cuadro deprimente que provoca un rechazo general al gobierno y al estado de cosas imperante en el país, aunque es justo decir que, como regla general, las críticas al castrismo suben de intensidad en la medida en que se reduce la edad de quien pasa juicio. La juventud cubana, sin ilusiones ni esperanzas de vivir mejor, hoy se sitúa a años luz de la mitología revolucionaria, y solo piensa en emigrar o en mejorar su calidad de vida por cualquier medio ilícito, puesto que los legítimos, ya lo sabe, no conducen a nada.

Pero, pese a ser pavorosos los rasgos materiales del desastre, el síntoma de decadencia más importante no es físico sino psicológico: quienes mandan en Cuba -o quienes obedecen a Castro más directamente, que es lo que realmente sucede- están totalmente desmoralizados y tienen la sensación de que viven en la etapa final de un régimen que fracasó. Lo sé porque he tenido la posibilidad de conversar con hijos, cónyuges y hermanos de personas adscritas al círculo de poder. Lo sé, porque alguna que otra vez he podido reunirme directamente con altos funcionarios del gobierno cubano, y tan pronto comprueban que no hay micrófonos en la habitación ni delatores en la proximidad, son capaces de admitir lo que cualquier persona sensata sabe: que la revolución comunista se hundió rotundamente y sólo resta la llegada de los enterradores -quiera Dios que pacíficos, piadosos y ordenados- que le pongan punto final a este devastador periodo de nuestra historia. Queda, sí, como una monótona letanía, el discurso de los supuestos logros de la revolución, o el “coco” ya poco intimidante y nada creíble del imperialismo norteamericano, pero en privado, cuando tienen que hablar en serio manifestando un poco de respeto por ellos mismos y por el interlocutor, admiten que esas loas a la educación, la salud y los deportes, o ese supuesto temor a al zarpazo artero de Washington, sólo son un pobre refugio construido con palabras huecas para pasar lo mejor posible los últimos tiempos de la dictadura.

Diplomáticos e inversionistas

Si hasta este punto las fuentes de información son la evidencia comprobable sobre el mal estado de la situación económica y social de Cuba, o las confesiones de los propios personeros del gobierno, todavía existen un par de fuentes testimoniales que vale la pena escuchar con mucha atención. Una es la voz de las legaciones diplomáticas en Cuba, y la otra es la de la comunidad de inversionistas y empresarios avecindados en la Isla.

Los diplomáticos suelen ser cuidadosos en sus informes y en sus pronósticos, pero la tónica general de los análisis que he podido ver reitera el mismo criterio: la revolución agoniza y parece imparable el resurgimiento heroico de la sociedad civil, muestra de una Cuba que a duras penas va saliendo de la crisálida totalitaria. El fortalecimiento del cristianismo, católico o protestante, publicaciones como la revista católica laica Vitral, movimientos espontáneos como la aparición de las “bibliotecas” o agrupaciones profesionales independientes, la actividad incansable de grupos políticos cada vez más nutridos y audaces, no sólo son un síntoma del creciente vigor del arco democrático, sino prueban la debilidad galopante del gobierno, dado que el modelo totalitario de corte estalinista empleado en Cuba funciona como una balanza con dos platillos. Mientras más pesa la sociedad civil, menor resulta el peso proporcional de la entidad estatal. Y dentro de ese esquema, la recogida de once mil firmas para respaldar el Proyecto Varela, sólo puede ser calificada como una hazaña que -y cito y traduzco de memoria uno de esos informes diplomáticos- “con la excepción de las gestiones de Solidaridad en Polonia, carece de parangón en la historia occidental de la resistencia cívica frente a las dictaduras comunistas”. Hazaña que con toda justicia le ha merecido el Premio Sajarov a Oswaldo Payá, galardón que Payá, generosamente, aceptó en nombre todos los demócratas de la oposición, y especialmente de los que pertenecen a Todos Unidos, una coalición de decenas de líderes y organizaciones opositoras que echó pie en tierra para conseguir las firmas requeridas.

El dinero se asusta

Sin embargo, pese al adiestramiento de los diplomáticos para evaluar las situaciones políticas, es posible que inversionistas y empresarios tengan el olfato aún más afinado y alerta. Al fin y al cabo, los extranjeros que han llevado a Cuba su capital, o el capital de sus empresas, tienen que acertar en sus juicios porque muchos de ellos no sólo se juegan una buena suma de dinero, sino hasta su destino profesional. ¿Y qué perciben y transmiten estas personas? En general, los signos claros de fin de régimen: un aumento exponencial de la corrupción, que en algunos casos llega a la repartición secreta de un millón de dólares en efectivo entregado a los altos dirigentes de un ministerio, la constante petición por parte de los funcionarios de protección económica en el extranjero para sus familias, y la exploración diáfana y sin ambages sobre el panorama que ellos pueden esperar “cuando cambien las cosas”. Vuelvo sobre esta última frase y les cuento una anécdota reveladora: uno de los mayores inversionistas europeos en la Isla, aprovechando que estaban solos y que los unía cierta amistad, le hizo una pregunta fundamental a uno de los ministros más importante del gabinete de Castro: “Fulano -no voy a decir su nombre-, ¿que vas a hacer cuando cambien las cosas?”. A lo que el ministro respondió con una sonrisa melancólica y una frase curiosa: “supongo que yo también cambiaré con las cosas”.

Y de la misma manera que inversionistas y empresarios, muy discretamente y cuando se cercioran de que nadie los escucha, conversan dentro de la Isla con los funcionarios cubanos sobre la hipótesis de una Cuba sin comunismo, también se acercan a la oposición para comenzar a tender puentes. Por mi oficina, y de manera acelerada en los últimos tiempos, han pasado hoteleros y fabricantes, banqueros y exportadores, todos cargados de historias terribles sobre el torpe funcionamiento del sistema, y sobre los pésimos hábitos comerciales de un régimen que no cumple sus compromisos y de un país en el que tampoco es posible acudir al sistema judicial porque los tribunales están férreamente controlados por la policía política.

Yo los escucho paciente y cortésmente, y luego les explico que quien se asocia a un gobierno que funciona a mitad de camino entre el código ético de la mafia siciliana y los principios filosóficos del marxismo sabe que corre el riesgo de ser estafado o defraudado. A lo que ellos invariablemente me responden que, en realidad, no les importa demasiado el destino presente de sus inversiones o empresas, sino las inmensas posibilidades que ofrecerá la Cuba posterior al comunismo, y es por eso por lo que permanecen en la Isla: se están “posicionando” para cuando llegue la hora del post comunismo. Uno de ellos ha llegado a más: ya ha abierto una discreta oficina en Miami para cuando llegue el día “en que el sur de la Florida y La Habana formen parte de un mismo mercado guiado por normas democráticas”.

Naturalmente, en esos encuentros con los inversionistas extranjeros radicados en Cuba les advierto, cordialmente, que tengan mucho cuidado en el grado de complicidad que le prestan a la dictadura, pues no es lo mismo invertir en un país dominado por un tirano que asociarse al tirano para explotar a la clase trabajadora mediante monopolios en los que los asalariados no tienen ningún derecho laboral y se violan todos los acuerdos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) suscritos por Cuba y por el país de los inversionistas. Es posible, por ejemplo, que en su momento existan consecuencias penales para la gerencia de las cadenas hoteleras que colaboran con la colocación de sistemas de espionaje, o  admiten dócilmente esas prácticas, en las habitaciones y en las centralitas telefónicas. Y es casi seguro que cuando en Cuba exista un verdadero estado de Derecho los obreros, que ven como el 95% de su salario se evapora en el truco de convertir los dólares que el gobierno recibe por el trabajo de ellos en los inservibles pesos que les entregan a fin de mes, reclamarán una justa indemnización. Ha pasado más de medio siglo del fin de la Segunda Guerra mundial y grandes empresas alemanas como Bayer o Volkswagen todavía están pagando fuertes sumas por su asociación al nazismo. De donde se deduce, pues, que tal vez no sea una buena idea “posicionarse” hoy en un país cuyo gobierno le exige al inversionista que se manche las manos en el sostenimiento de la dictadura.

Sicología y castrismo

En realidad, nada de lo dicho hasta aquí constituye una sorpresa para el gobierno cubano. Raúl Castro, desde la primera vicepresidencia y desde el Ministerio de Defensa, o Colomé Ibarra, el Ministro del Interior, saben perfectamente que en las filas del poder cunde la desmoralización, mientras que en el conjunto de la sociedad prevalece una mezcla letal de indiferencia, hipocresía y falta de motivaciones. Cada cierto tiempo el gobierno organiza marchas y ensaya nuevas consignas, pero todos admiten que es imposible restaurar la fe en un proceso político o en un gobierno -tal vez el más incompetente de la historia de Cuba- que lleva cuarenta y cuatro años de fracasos, racionamientos y desastres.

Lo contaba con mucha gracia el narrador Jesús Díaz poco antes de su muerte súbita y prematura. Llegaba a La Habana el líder tanzano Julio Nyerere y el gobierno sacó a las calles a una multitud enfervorizada que cantaba y movía banderitas al paso del presidente africano, quien, a su vez, devolvía el saludo conmovido. ¿Qué cantaba la multitud revolucionaria?: “Nyerere, Nyerere, / nos han traído a verte / y no sabemos quién tú eres”. Las marchas y las consignas, las mesas redondas y las movilizaciones, no son otra cosa que pura liturgia para dar la sensación de que existe un pueblo entusiasmado con el liderazgo revolucionario. Es sólo una manera de buscar legitimación política mediante actos callejeros, como un sucedáneo de la verdadera democracia.

Pero esa certeza en la existencia de un profundo desastre no significa que quienes constituyen la cadena de mando en la Isla están dispuestos a iniciar una transición hacia otro modelo de Estado o hacia otro sistema económico en los que puedan perder sus privilegios. La actitud que exhiben refleja una mezcla entre el cinismo y el matonismo que, cuando es cínica, consiste en decir que ya están muy viejos para cambiar y prefieren morir con las botas revolucionarias puestas, aun a sabiendas del horror insondable del sistema, pero, cuando se decanta por el lado agresivo del matonismo, se concreta en una frase lamentable de guapería de barrio bajo que parte de la premisa de que el Estado es un botín adquirido en una guerra tribal: “nosotros conquistamos el poder a tiros, si ahora lo quieren otros, que también nos lo quiten a tiros”.

Por supuesto, públicamente esas dos mezquinas actitudes se esconden bajo un discurso patriótico que consiste en afirmar que Cuba será anexionada a Estados Unidos si desaparece la revolución, y que, de ocurrir esa catástrofe, descenderán sobre la Isla hordas de exiliados dispuestos a matar a medio mundo o a echar de sus viviendas a los pobres cubanos, a los que explotarán vilmente mientras restituyen prácticas racistas vigentes antes de la revolución, al tiempo que se esfumarán los extendidos sistemas de salud y educación que supuestamente tanto bienestar y cultura le han traído al pueblo cubano.

Naturalmente, ni Raúl Castro, ni Ricardo Alarcón, ni Carlos Lage, ni nadie que no sea extraordinariamente tonto puede creer esas necedades, pero debemos aceptar que existe un curioso mecanismo psíquico que hace que las personas escapen de sus contradicciones asumiendo como válido un discurso que saben que es falso. Cuando se produce una disonancia muy aguda entre lo que se cree y lo que se dice, muchas personas resuelven el conflicto superponiendo el discurso sobre la creencia íntima, simplemente porque esa “elección” les conviene de forma manifiesta, pero esta operación de falsificación suele dejar una huella profunda en las víctimas de este proceso mental. ¿Se derivan de ahí el alcoholismo de Raúl Castro o la depresión enmascarada de Ricardo Alarcón? ¿Explica este mecanismo los suicidios de Haydee Santamaría o de Oswaldo Dorticós? Es posible. El origen de estos estados de angustia, somatizados como un profundo malestar, hay que buscarlo en estas dolorosas disonancias. Eso lo saben bien los sicólogos clínicos.

La estrategia del continuismo sucesorio

No obstante esos oscuros percances del alma, la evidencia apunta a que Raúl y el círculo de poder que él ha creado no se preparan para ninguna suerte de transición hacia un cambio de sistema político y económico en el que puedan perder autoridad, sino proyectan una forma de sucesión que les permita continuar atesorando todos los privilegios y cargos importantes cuando Fidel Castro haya muerto. ¿Cómo se proponen hacerlo? Evidentemente, manteniendo el control total de las fuerzas armadas, de la policía política, del aparato legislativo y de los medios de comunicación. Asimismo, colocando bajo el férreo control de sus adictos, supervisados desde la cúspide por el general Julio Casas Regueiro, todo el aparato productivo que desempeña su actividad, especialmente en lo que en mal castellano allá llaman “el área dólar”.

La Unión de Empresas Militares, un conglomerado de 230 compañías dedicadas, entre otras funciones, a producir biotecnología, azúcar, comida, medicina y armamentos, creada por el general Luis Pérez Róspide, hombre con fama de ser un leal raulista*, y hoy bajo la dirección del coronel Luis Bernal León, es la espina dorsal del aparato económico controlado por las fuerzas armadas cubanas. Pero a ellas habría que agregarle el poderoso Grupo Gaviota, a cargo de manejar todo lo relacionado con el turismo, dueño y gerente de numerosos hoteles, discotecas, restaurantes, tiendas en divisas, y compañías de taxis, aviones y yates de pesca. Junto a esto hay que colocar, por supuesto, las mas de 1000 tiendas minoristas que realizan sus transacciones en dólares -un centenar de ellas en La Habana-  gestionadas por la Corporación Cimex y por Cubalse, dos tentáculos del Ministerio del Interior, el grupo Palco (Palacio de Convenciones), que ha creado recientemente el primer supermercado a instancias del insumergible Abraham Maciques, un curioso funcionario que procede del Ministerio del Interior, superviviente de unas cuantas batallas intestinas dentro de la burocracia cubana, y hasta el feudo de hotelillos y restaurantes puestos a la disposición de los turistas por Eusebio Leal Spengler, poderoso señor a cargo de un eficiente sultanato en la capital de la Isla que administra de forma sorprendentemente independiente.

Estamos, pues, contemplando la avanzada gestación de una dictadura militar-comunista, ahora a cargo del aparato productivo esencial, regentada por unos cuantos centenares de personas fieles a Raúl Castro, que se ha adueñado de prácticamente todos los resortes del poder político y económico, y en la que la sociedad únicamente desempeña el triste papel de mano de obra silenciosa y obediente, sin capacidad para influir en los asuntos que le conciernen, y en la que las otras dos grandes estructuras públicas -el gobierno con todos sus órganos (parlamento, judicatura, etc.) y el Partido Comunista- sólo ejercen el papel de correa de transmisión del verdadero centro de donde emanan la autoridad y las órdenes: el aparato policiaco-militar.

¿Cómo piensa esa injusta y opresiva oligarquía militar-comunista heredar el poder tras la muerte de Fidel y llevar a cabo la sucesión sin cambiar nada sustancial en la naturaleza del Estado cubano? La clave, piensa Raúl, está en la reconciliación total con Estados Unidos, objetivo que explícita y ardientemente ha solicitado dos veces, alegando que es mejor que ocurra ahora, mientras su hermano Fidel está vivo, a lo que posteriormente agregó el gesto de buena voluntad de darle su obsecuente aprobación a la utilización de Guantánamo como cárcel para internar a los talibanes tras la guerra de Afganistán. Incluso más: declaró, con una total falta de pudor, que si algún talibán escapaba de la prisión de la base, el propio gobierno cubano lo devolvería inmediatamente a sus captores.

Esta manifestación es una buena muestra de la mercancía que Raúl Castro pretende “venderle” a Estados Unidos en caso de que asuma la jefatura del país tras el deceso de su hermano. El mensaje es obvio y es lo que él y sus militares tácita o explícitamente comunican a los militares o a los políticos norteamericanos cada vez que se reúnen para intercambiar informaciones y puntos de vista sobre las relaciones bilaterales, mensaje que inmediatamente tendría el mismo efecto en el resto del planeta: a cambio de una normalización en las relaciones con Washington, que incluye el libre acceso al turismo y a los créditos, su gobierno se encargará de mantener el orden en el país, evitando el éxodo masivo de la población, la exportación de la revolución o el uso de la Isla como trampolín en el contrabando de drogas, exactamente los tres objetivos prioritarios que Washington espera de sus relaciones con Cuba.

Por otra parte, Raúl Castro esgrimirá -ya lo están haciendo sus hombres de confianza- el ejemplo chino. Si Estados Unidos puede convivir pacíficamente con la dictadura China, especialmente tras el tácito abandono de la militancia antinorteamericana y antioccidental que caracterizó al maoísmo, ¿por qué no aceptar en Cuba una tiranía dulcemente vegetariana, también inofensiva en el plano internacional? Es cierto que el modelo comunista cubano dista mucho del chino en el terreno económico y en él no se contempla que los cubanos tengan acceso a la propiedad privada de los medios de producción o a la educación -en China ya hay cincuenta mil escuelas privadas-, pero, de acuerdo con el razonamiento de Raúl y su entorno: ¿qué puede importarle a Washington lo que acontece dentro de las fronteras cubanas si el régimen allí instalado abandona todo vestigio de antiamericanismo militante, caduca actitud que Raúl Castro compartió con Fidel en la década de los cincuenta y sesenta, pero de la que apenas se recuerda ahora a sus setenta y un años?

Es decir, y lo reitero porque es muy importante revelar diáfanamente las cartas de Raúl Castro: lo que el designado heredero de Fidel le está proponiendo a Washington es una placentera frontera caribeña, incluso menos revuelta que en tiempos de su volcánico hermano, a cambio del visto bueno norteamericano para consolidar su dictadura militar-comunista, pragmática y alejada de compromisos ideológicos peligrosos, ya despojada de misiones exteriores y de ribetes mesiánicos, en la que sólo sufrirán los cubanos, pues con Fidel desaparecerá la etapa de la proyección internacional de la revolución cubana, y el nuevo gobierno evolucionaría hacia un tipo de tiranía doméstica, inofensiva para sus vecinos, dedicada a bañar, solear y divertir turistas extranjeros y a mantener el orden local a palo y tentetieso.

Lo notable de este último planteamiento es que la revolución pierde de vista su compromiso con la ideología marxista, se olvida de que el socialismo y la dictadura del proletariado, de acuerdo con esa disparatada teoría, son sólo etapas en la búsqueda de un paraíso comunista sin Estado ni elementos represivos, cancela cualquier relación con la utopía original, y, por supuesto, con las causas internacionalistas en las que tantos miles de cubanos perdieron la vida o la inocencia, pues estas aventuras imperiales pertenecen al ámbito de la locura narcisista de un Fidel tercamente empeñado en ser un héroe y un líder de estatura planetaria e importancia histórica, mientras Raúl Castro obtiene sus satisfacciones emocionales viendo pelear dos gallos o bebiendo alcohol con un par de amiguetes chistosos. Casas Regueiro, Pérez Róspide o Ulises Rosales del Toro -por sólo mencionar tres de los cincuenta militares que conforman el cogollo de la oligarquía-, tallados a escala humana, no se ven a sí mismos como batalladores agentes de la lucha contra el imperialismo, sino como eficientes yuppies vestidos de uniforme, asépticos y pragmáticos, emocionalmente ajenos a la epopeya a la que Fidel Castro dedicó su inquieta vida, sólo comprometidos con aumentar el Producto Interior Bruto, y, por supuesto, con mantener fuertemente las riendas del poder en las manos.

La tarea de los demócratas

Bien, si la tarea a la que se dedican Raúl y sus hombres de confianza es bloquear la transición y lograr una sucesión sin cambios sustanciales, la nuestra, la misión de los demócratas, es impedir que se les imponga a los cubanos ese miserable destino continuista que condena a la inmensa mayoría a una vida de privaciones materiales y espirituales. Hay que lograr, por medios legal y moralmente lícitos y pacíficos, que en Cuba, sin el menor espíritu revanchista, pero con firmeza, se instaure un régimen de libertades políticas y económicas, organizado por métodos democráticos, en el que la autoridad recaiga en el pueblo soberano, y en el que consigamos desmontar organizadamente el régimen totalitario que ha padecido la Isla durante tanto tiempo.

Un empeño de esa naturaleza no es fácil, pero podemos lograrlo. Hay que trabajar con mucha seriedad, discreción y espíritu de colaboración en el plano nacional junto a la oposición democrática y la incipiente sociedad civil, mientras se emiten mensajes claros y creíbles a la zona sensata del poder, a los reformistas vestidos de civil o de uniforme, explicándoles que hay vida y dignidad más allá del castrismo, siempre que no se empeñen inútilmente en mantener la dictadura. Y hay que trabajar hábilmente un amplio sector internacional que incluye los centros de poder financieros y políticos, tanto en Estados Unidos como en Europa y América Latina, hasta hacer totalmente obvio que no existe más camino que la transición, puesto que hemos sido capaces de evitar la sucesión continuista.

Simultáneamente, es muy importante definir y describir de manera transparente cómo puede ser la transición hacia la democracia y la libertad económica para despejar las dudas y la ansiedad que embargan a la sociedad cubana, abocada a cambios tan trascendentales. La transición es una etapa muy compleja que no consiste solamente -y ya es bastante- en instaurar un régimen de libertades políticas, sino también en transferir todos los activos en manos del Estado a la sociedad, corregir numerosos abusos hechos por la oligarquía comunista, e invertir las relaciones de poder. Durante más de cuarenta años los cubanos han sido verdaderos esclavos del Estado, siempre obedientes y temerosos ante los funcionarios, y es nuestra tarea conseguir que se conviertan en los reales dueños de las instituciones, transformando a los funcionarios en lo que deben ser en una democracia moderna: servidores públicos sujetos al imperio de la ley.

Pero sabemos que esta tarea es muy difícil porque la intensidad de la dictadura y el tiempo prolongado que ha durado -nada menos que tres generaciones-, ha creado entre los cubanos una profunda sensación de desconfianza hacia la estructura y el discurso del poder. Quienquiera que le toque la responsabilidad de gobernar en Cuba tendrá que enfrentarse a una sociedad escéptica y descreída, acostumbrada a mentir para poder sobrevivir, y en la que, irónicamente, tras cuarenta y tantos años de colectivismo, no existe noción del bien común sino un acendrado egoísmo de “sálvese el que pueda”. Actitud de la que se deriva otra paradoja de igual envergadura: curiosamente, una de las tareas más urgentes de quienes dirijan la transición, mientras reducen el peso y la ineficiencia del Estado, consiste en empeñarse en revitalizar su prestigio, el prestigio del Estado, para que los cubanos puedan volver a ver la nación como un proyecto común, de todos y para todos, requisito sin el cual la convivencia armónica es imposible. Una transición teñida por la ineficiencia, la corrupción y el amiguismo es la receta segura para prolongar la inestabilidad en el país durante décadas.

Y quizás es éste el momento de permitirnos una breve digresión histórica. Hace algo más de un siglo los cubanos, llenos de ilusiones, inauguramos una República, pero la perdimos tras cincuenta y seis años de constituida. Y la perdimos porque aquellos mambises y patricios a quienes les tocó la difícil tarea de poner en pie el nuevo Estado surgido en 1902, y luego la generación del 30 que asumió la conducción de la nación cubana tras el derrocamiento de Machado, no entendieron que una república administrada por métodos democráticos se sostiene sobre una delicada arquitectura institucional hecha de balances y equilibrios que exige que todos nos coloquemos decididamente bajo la autoridad de leyes justas que no pueden violarse impunemente sin riesgo de que el sistema finalmente colapse con la llegada de aventureros disfrazados de Mesías.

Pero sería desproporcionado asignar la responsabilidad de nuestros fracasos solamente a los fallos de la clase dirigente cubana. La verdad es que las repúblicas democráticas exitosas se asientan sobre sociedades en las que prevalecen ciertos valores, creencias y actitudes capaces de propiciar ese tipo de desempeño. Es triste, pero no incierta del todo, la aseveración de que las sociedades tienen los gobiernos que ellas mismas se buscan con sus errores y con las actitudes predominantes. Todos conocemos la anécdota del Orestes Ferrara escéptico que, cuando escuchó decir que Cuba tenía ante sí el fulgurante destino de Suiza, preguntó, con cierto humor melancólico: “¿y dónde están los suizos?”. El italocubano, que tampoco exhibía él mismo rasgos sicológicos marcadamente helvéticos, había aprendido que los países  triunfadores se construyen con dosis grandes de capital humano y de capital cívico, sin cuya presencia es muy poco lo que pueden hacer el capital dinerario o los recursos naturales.

No obstante, esa verdad no debe arredrarnos. Las sociedades aprenden de sus fracasos y sustituyen por otras las informaciones y creencias que les causaron graves quebrantos. Esa Suiza que hoy tanto admiramos, en el pasado fue una nación belicosa, exportadora de mercenarios, y su historia ejemplar no comienza, realmente, hasta después de la revolución de 1848, la última, por cierto, que sufrió ese desde entonces pacífico país. La Inglaterra que a partir de 1689 inventó la democracia moderna y el estado de Derecho o constitucionalismo, fue durante siglos un insondable pozo de sangre mucho más violento, por ejemplo, que la propia España. Lo que nos precipita a formular una esperanza: el hecho de que Cuba se hundiera en 1959 no nos condena para siempre al error, la servidumbre y la tiranía. Los pueblos aprenden de sus errores.

Yo creo que, como los suizos y los ingleses, como los españoles después de la Guerra Civil y la posterior dictadura de Franco, como los alemanes, los japoneses y los italianos tras la Segunda Guerra, hemos aprendido nuestra lección. Sólo que eso no basta: junto al aprendizaje que se deriva de la experiencia es necesario, además, repensar el país, construirle sueños y caminos imaginarios, establecer metas razonables y proponer modos de alcanzarlas. Especialmente ahora, en nuestra peculiar situación, cuando el panorama que tenemos en nuestra nación y en su entorno es bastante diferente al que existía antes de la revolución. Ya no podemos ver a Cuba con los ojos de 1902, de 1933 o de 1959. Tenemos que concebir, por ejemplo, no una patria aislada, sino un país transnacional, en el que el 20 por ciento de la población, el segmento más rico, vive fuera de su frontera geográfica tradicional. Y tenemos que ver ese fenómeno no como un inconveniente, tal y como lo quiere presentar el castrismo, sino como una oportunidad excelente para integrar a Cuba en el más corto plazo posible al Tratado de Libre Comercio que hoy acerca a Canadá, Estados Unidos y México, o al Acuerdo de Cotunú, diseñado por Europa para beneficio de ciertos países del Tercer Mundo; y debemos establecer vínculos científicos, técnicos, financieros e industriales con todos aquellos centros capaces de ayudarnos a colocar a Cuba en el pelotón de vanguardia del planeta. Tenemos, pues, que facilitar con inteligencia la integración de los cubanos de ultramar, donde quiera que estén, con los de la Isla, algo que favorece la propia atmósfera de la época: si México, el país más nacionalista de nuestra cultura, hoy admite la doble ciudadanía y acoge con los brazos abiertos a los méxico-americanos, ¿por qué Cuba, con todo lo que tiene que ganar de ello, no va a estimular un trato semejante con los expatriados cubanos y sus descendientes radicados en medio planeta?

Eso no quiere decir, por supuesto, que será conveniente “americanizar” a Cuba -ese es un infantil recurso propagandístico de La Habana, cuyos dirigentes comunistas se quedaron varados en un debate del siglo XIX-, sino que la Isla debe aprovechar el hecho de que cuenta con una buena parte de su población en Estados Unidos, la mayor potencia de la historia, en Europa, especialmente en España, que está llamada a jugar un papel muy importante en la reconstrucción material del país, y en América Latina -sólo en México hay ochenta mil cubanos, muchos de ellos en buenas posiciones académicas y administrativas-, para fomentar lazos de todo tipo que contribuyan a la prosperidad personal y colectiva de los cubanos.

Asimismo, como consecuencia de los vínculos que Cuba forjó con lo que fue Europa del Este, hay unas cuantas decenas de miles de cubanos cultural, familiar y emocionalmente relacionados a países que hoy son democracias y con los cuales será muy conveniente retomar nexos que en el futuro pueden ser extremadamente productivos. Praga, Varsovia, Budapest o Moscú son sitios hoy dirigidos por gobiernos libremente electos, y en donde los demócratas cubanos cuentan con buenos amigos en posiciones de poder con los que nos conviene multiplicar las transacciones, pues nada enriquece más a una sociedad que la visión cosmopolita y la pluralidad de socios y colaboradores, extremos que puede comprobar cualquiera que conozca la experiencia israelita, país que en muchos sentidos puede servirnos de ejemplo, especialmente en lo tocante al papel de la diáspora, parte esencial del desarrollo de la nación hebrea.

Como pueden comprobar, la tarea que tenemos por delante es tremenda y se divide en cuatro grandes zonas de trabajo:

De manera inmediata, evitar la sucesión continuista de quienes pretenden que la tiranía se perpetúe, lo que exige un trabajo en múltiples direcciones, dentro y fuera de Cuba, que no voy a describir aquí para no facilitarle su siniestra labor a la policía política de Castro.

Luego, cuando comience a tambalearse la dictadura, impulsar la transición pacífica hacia un modelo político y económico semejante al de las veinte naciones más desarrolladas del mundo, países que invariablemente resultan ser democracias en las que prevalece la economía de mercado, tarea que tiene un alto componente reflexivo y académico por todo lo que tiene de diseño, proposición, crítica y análisis de políticas públicas.

Simultáneamente, cuando llegue su momento, restaurar las instituciones republicanas y dotarlas de un marco jurídico adecuado, induciendo y demandando en la clase dirigente el comportamiento respetuoso que exige este tipo de delicada organización del Estado.

Y, mientras tanto, iniciar una gran operación pedagógica que ponga en circulación una serie de valores, creencias, informaciones y actitudes que hagan posible la supervivencia de una nación estable y próspera que forme parte del cerebro y el corazón de Occidente, adaptando nuestra sociedad a su nueva realidad transnacional, factor muy auspicioso en un mundo globalizado como el del siglo XXI. Transformación muy adecuada, por cierto, a la vocación por la modernidad que siempre caracterizó a los cubanos, al menos desde fines del siglo XVIII, cuando la Corona española ya recelaba de esos inquietos criollos ilustrados que viajaban a Filadelfia o a París más frecuentemente de lo que a Carlos IV le apetecía.

Cómo llevar a cabo esa obra inmensa

Bien: como dice el viejo refrán, es mucho más fácil predicar que dar trigo. Una cosa es saber lo que hay que hacer y otra mucho más difícil llevar a cabo esos proyectos. Y esta noche, para terminar, les voy a contar lo que nos proponemos hacer un grupo de ilusionados cubanos. Como pudieron ver en la invitación, hay una entidad sin fines de lucro, que convocó a esta cena, el Instituto y Biblioteca de la libertad, concebida para llevar a cabo esas cuatro grandes tareas que Cuba necesita para salir airosamente de la triste situación que hoy padece y encaminarse con paso seguro hacia el desarrollo sostenido y la estabilidad permanente.

Este Instituto de la libertad, que hoy por primera vez se presenta a los cubanos:

Desempeñará un role diplomático y político que impida la sucesión continuista del castrismo, cerrando filas en esta batalla con todas las organizaciones y personalidades del exilio o de Cuba que compartan este objetivo, dado que entendemos la política como una suerte de colaboración leal entre demócratas y no como una competencia a dentelladas. En la Cuba que queremos, sencillamente, caben todos. 

Llevará a cabo labores de reflexión y análisis que contribuyan a despejar dudas y calmar ansiedades, al tiempo que propone medidas de gobierno que sea útiles cuando llegue la hora de la libertad.

Fortalecerá a los partidos políticos democráticos dentro y fuera de Cuba para estimular el sano pluralismo y la diversidad.

Alentará el crecimiento de la sociedad civil dentro de la Isla.

Contribuirá a crear las condiciones para una transición pacífica.

Irá forjando una idea de la Cuba posible que, por la vía de la persuasión y la racionalidad, sea capaz de devolverles a los cubanos la fe en un superior destino colectivo.

Todo esto lo hará, por supuesto, con el mayor espíritu de colaboración y no de competencia, porque una república no es la obra de una persona ni de un pequeño grupo de personas, sino de una multitud de mujeres y hombres que tienen el derecho a participar activamente en la vida pública.  La Biblioteca de la libertad, por su parte, jugará el importante papel de vínculo entre los cubanos y no cubanos dispuestos a ayudar en la tarea, mediante el simple procedimiento de proponerles a sus amigos y simpatizantes la adquisición de un libro al trimestre como método de recaudar los fondos que esto requiere, pues si no conseguimos levantar una suma importante, va a ser muy difícil pasar del plano teórico al práctico. Movilizar a decenas de personas para que cumplan diversas tareas, ayudar a los demócratas dentro y fuera de Cuba y divulgar por cien vías diferentes nuestros mensajes, son actividades que tienen un gran costo y lo justo y conveniente es que lo asuman los cubanos, miles de cubanos, y no los gobiernos extranjeros. Si es verdad -y lo es- que los cubanos constituyen una de las minorías económica y socialmente más exitosas de la historia de Estados Unidos, en esa misma proporción tenemos una gran responsabilidad con la patria de nuestros orígenes. 

La forma de asociarse al Instituto de la libertad es tan sencilla como hacerse miembro de la Biblioteca de la libertad. Evidentemente, se trata de una labor ardua, pues comprar cuatro buenos libros al año al precio de veinticinco dólares cada uno sólo arroja un aporte anual por asociado de cien dólares, pero de eso exactamente se trata: de vincular en esta tarea colectiva a miles de personas, quiera Dios que a decenas de miles de personas, para que la libertad, la reorganización y la transformación de Cuba no vengan de la mano de un pequeño grupo de compatriotas sacrificados, sino de una cifra sustancial de cubanos que están dispuestos a dar un poco de lo que tienen a cambio de la inmensa satisfacción de contribuir a la restauración integral de la república. La idea detrás de este esfuerzo multitudinario se expresa muy bien en el reclamo del tríptico que esta noche tienen en las manos: Se buscan cincuenta mil cubanos dispuestos a cambiar para siempre el destino de nuestra patria. No más caudillos, no más salvadores de la patria: que la libertad, la estabilidad permanente y la riqueza nos lleguen como resultado de que hemos sido capaces de transformar la mentalidad social de los cubanos hasta arribar al comportamiento maduro y sabio que requiere una republica exitosa.

¿No es una aspiración excesiva pensar en vincular a este esfuerzo a cincuenta mil cubanos? En realidad, no son tantos: apenas el 2.5% de los dos millones de personas de origen cubano radicadas en el exilio. ¿Y cómo vamos a llegar a ellos? La Biblioteca de la libertad se propone crecer exponencialmente mediante el viejo y probadísimo recurso de los contactos y las recomendaciones personales. A cada persona que se vincule a la Biblioteca de la libertad le vamos a pedir que piense en otros tres amigos o amigas bien intencionados que disfruten la idea de adquirir un buen libro al trimestre, a un precio razonable de mercado, con la satisfacción de saber que los beneficios que producirá esa pequeña transacción los va a emplear el Instituto de la libertad en fomentar la democracia y el buen gobierno en Cuba para cambiar de una vez y para bien el destino de nuestra patria.

Y queremos comenzar esta misma noche nuestro trabajo, pues no hay tiempo que perder: sería ideal que muchas o todas las personas que nos acompañan, además de afiliarse a la Biblioteca de la libertad, tuvieran la bondad de rellenar la ficha que aparece junto al tríptico, titulada “Amigo de la Biblioteca de la libertad”, y luego puede depositar esa ficha en una urna colocada al efecto a la salida del salón. Poco después se le enviará por correo una sencilla indicación sobre qué hacer, o lo llamará un miembro de la dirección de la Biblioteca de la libertad para darle las gracias y explicarle brevemente la sencilla mecánica de esta operación. Quienes tengan libres algunas horas al día, al mes o a la semana, podrán echarnos una mano, ayuda crucial para poder llevar adelante las labores de la institución.

Hace algo más de un siglo José Martí, el hombre singular y admirable cuyo aniversario hoy nos reúne, entonces empeñado en la independencia de Cuba, tomó un camino parecido y se dirigió a la masa de los trabajadores exiliados en busca de apoyo económico. Seguramente había otros procedimientos más productivos -la emisión de bonos, que también se llevó a cabo, o las grandes donaciones de los cubanos ricos-, pero el propósito de Martí era también político: quería, muy sabiamente, que la libertad llegara a Cuba por el concurso de numerosos de sus hijos, convencido, seguramente, de que ese esfuerzo colectivo era conveniente para el futuro de la patria y creaba un notable elemento cohesivo entre los futuros ciudadanos cubanos.

Como es lógico, me doy cuenta de las dificultades enormes que se yerguen frente a nosotros, y de alguna forma me siento abrumado por la responsabilidad que contraemos, pero estoy seguro de que en el exilio y dentro de Cuba hay suficientes personas con el talento, la energía y el espíritu de servicio que requiere una empresa de esta magnitud. Una empresa que trasciende el marco temporal de cualquier ser humano, pero que está concebida para ser útil a las generaciones futuras. Al fin y al cabo, los países que realmente cuentan en el mundo son aquellos en los que las instituciones son más poderosas que quienes las crearon. Y de eso se trata: de crear instituciones y de fomentar una mentalidad social encaminada al progreso, la tolerancia y la obediencia a la ley.

Hace años al escritor español Julián Marías le preguntaron qué epitafio le gustaría que inscribieran en su lápida cuando muriera, y el filósofo, un hombre bueno y enormemente bien intencionado, se quedó pensando un rato y dijo: “Hice lo que pude”. Yo quiero terminar esta noche apoderándome de esas palabras. Creemos, quienes estamos vinculados a este esfuerzo, que conocemos a muchos cubanos buenos, llenos de amor por Cuba. Cubanos que están dispuestos a luchar para contar con una nación vertebrada por la solidez de sus instituciones y no por la fusta de los dictadores. Creemos saber lo que debemos hacer para conseguir que Cuba sea un país libre y próspero en el que valga la pena criar a los hijos, y del que nunca más nadie tenga que escapar perseguido por un tirano. Creemos que debemos tomar la decisión de luchar para nunca más perder la patria en medio de un lodazal de odio y violencia. Creemos que podemos ser libres y razonablemente dichosos para siempre. Pero si no lo logramos, si fracasamos en el empeño, nos conformamos, humildemente, con repetir esa frase: “hicimos lo que pudimos

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