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El viejo y los despiadados pacifistas
Carlos
Alberto Montaner
Madrid -- El episodio ocurrió en uno de
esos extraños autobuses cubanos llamados ''camellos''. Había un calor
de mil demonios y no cabía un alma en aquel amasijo socialista de gentes y
sudor tropical. De pronto un viejo con aspecto de loco, o de alcohólico, gritó
a todo pulmón: ''¡Quiero ver a todos los soldados gringos colgados!'' Los
pasajeros lo miraron en silencio. El viejo sonrió con picardía y volvió a la
carga: ''¡Colgados de paracaídas sobre La Habana!'' Y los pasajeros rompieron
a aplaudir alegremente.
Recordé la anécdota a propósito de la inminente guerra en
Irak. Yo no sé si a Estados Unidos y a Inglaterra les conviene invadir a ese
país --tengo mis dudas--, pero estoy convencido de que la mayor parte de los
iraquíes, víctimas durante veinticuatro años de ese sicópata sanguinario que
es Saddam Hussein, van a respirar aliviados cuando las tropas
anglonorteamericanas liberen Bagdad y termine esa pesadilla de torturas,
represión, arbitrariedades y abusos de toda índole.
No será la primera vez que algo así
suceda. Recuerdo la invasión a Pa-
namá, en diciembre de 1989, encaminada a
extirpar de ese país al narcodictador Noriega y entregarlo a la justicia de
Estados Unidos. El mundo entero se puso en pie para condenar la intervención
norteamericana. En todas partes los pacifistas se lanzaron a las calles a
gritar improperios contra el imperialismo yanqui. Menos en Panamá. En Panamá
el pueblo recibía a los invasores con aplausos emocionados mientras les
señalaban dónde se escondían los sicarios de la dictadura. Años después,
Ernesto Pérez Balladares, un hombre que venía del torrijismo, un presidente
enormemente eficaz, me confesaría en voz baja lo que era evidente: sin la
invasión de Estados Unidos ellos no hubieran podido quitarse de encima la
plaga de ladrones y matarifes en que se había convertido el ejército,
institución, por cierto, felizmente disuelta y erradicada constitucionalmente
por Ricardo Arias Calderón, ex vicepresidente del primer gobierno
postnorieguista y figura clave en la transición panameña.
En 1994 volvió a ocurrir algo parecido
cuando los marines gringos de-
sembarcaron en Haití y sacaron del poder
al general Cedras y a una pandilla de delincuentes que había convertido el
país en la cueva de Alí Babá. De nuevo el planeta se estremeció con gritos de
protesta. Menos en Haití, donde la población salió a celebrar el arribo de
unos soldados que llegaban a poner orden, restituir en su cargo a Aristide, y
a tratar (sin éxito) de instaurar una suerte de democracia en ese desdichado
país.
¿Y qué sucedería en Colombia si las
tropas de Washington acompañaran masivamente al ejército nacional para acabar
con las guerrillas, con los 35,000 asesinatos anuales, con los 3,500
secuestros? Las encuestas lo declaran con toda claridad: el ochenta y cinco
por ciento de los colombianos las apoyarían con entusiasmo. Con el mismo
entusiasmo con que los franceses recibieron en París a los soldados
norteamericanos que derrotaron al nazismo. Con la misma ilusión con que los
republicanos españoles esperaron inútilmente una invasión que nunca llegó de
tropas democráticas aliadas que impidieran el triunfo de Franco y sus
ejércitos fascistoides.
Es curioso que a esos manifestantes europeos que llenan
las plazas con sus consignas antinorteamericanas, sus afiches del Che Guevara
y su pretendido amor por la humanidad, les importe tan poco el destino de los
iraquíes, la suerte, la mala suerte de las víctimas. Pero, también hay que
reconocer que esa mezquina actitud no es igual en todo el Viejo Continente. En
lo que fue el Este, en donde hasta hace muy poco los pueblos sufrían la
tiranía comunista, la reacción es totalmente distinta. Los
húngaros, que en 1956, mientras los masacraban los tanques soviéticos,
imploraron una intervención de Occidente que jamás arribó, pese a las arengas
que llegaban por onda corta instándolos a que se rebelaran, pueden entender el
dolor y la indefensión del pueblo iraquí. Los rumanos, que padecieron la
vesania sin límites de Ceaucescu, y que soñaban con romper de algún modo esas
cadenas, se sienten solidarios con las víctimas de Saddam Hussein y no ven con
horror, sino con simpatías, que alguien venga a aliviar ese espantoso dolor.
En octubre de 1962 John F. Kennedy
inventó la doctrina de la guerra preventiva con un ultimátum dado a Moscú y a
La Habana. La Casa Blanca no iba a esperar indiferente a que en Cuba
instalaran armas de destrucción masiva que pusieran en peligro la seguridad de
Estados Unidos: o sacaban los misiles de Cuba o Estados Unidos atacaba la isla
y los destruía. Los soviéticos, apresuradamente, se llevaron sus cohetes y
Estados Unidos no intervino en la isla. La paz se salvó. Desde entonces el
viejo del autobús continúa mirando el cielo a la espera de los paracaidistas
que nunca flotaron sobre el cielo habanero.
Marzo 2, 2003
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