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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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El viejo y los despiadados pacifistas

Carlos Alberto Montaner

Madrid -- El episodio ocurrió en uno de esos extraños autobuses cubanos llamados ''camellos''. Había un calor de mil demonios y no cabía un alma en aquel amasijo socialista de gentes y sudor tropical. De pronto un viejo con aspecto de loco, o de alcohólico, gritó a todo pulmón: ''¡Quiero ver a todos los soldados gringos colgados!'' Los pasajeros lo miraron en silencio. El viejo sonrió con picardía y volvió a la carga: ''¡Colgados de paracaídas sobre La Habana!'' Y los pasajeros rompieron a aplaudir alegremente.

Recordé la anécdota a propósito de la inminente guerra en Irak. Yo no sé si a Estados Unidos y a Inglaterra les conviene invadir a ese país --tengo mis dudas--, pero estoy convencido de que la mayor parte de los iraquíes, víctimas durante veinticuatro años de ese sicópata sanguinario que es Saddam Hussein, van a respirar aliviados cuando las tropas anglonorteamericanas liberen Bagdad y termine esa pesadilla de torturas, represión, arbitrariedades y abusos de toda índole.

No será la primera vez que algo así suceda. Recuerdo la invasión a Pa-

namá, en diciembre de 1989, encaminada a extirpar de ese país al narcodictador Noriega y entregarlo a la justicia de Estados Unidos. El mundo entero se puso en pie para condenar la intervención norteamericana. En todas partes los pacifistas se lanzaron a las calles a gritar improperios contra el imperialismo yanqui. Menos en Panamá. En Panamá el pueblo recibía a los invasores con aplausos emocionados mientras les señalaban dónde se escondían los sicarios de la dictadura. Años después, Ernesto Pérez Balladares, un hombre que venía del torrijismo, un presidente enormemente eficaz, me confesaría en voz baja lo que era evidente: sin la invasión de Estados Unidos ellos no hubieran podido quitarse de encima la plaga de ladrones y matarifes en que se había convertido el ejército, institución, por cierto, felizmente disuelta y erradicada constitucionalmente por Ricardo Arias Calderón, ex vicepresidente del primer gobierno postnorieguista y figura clave en la transición panameña.

En 1994 volvió a ocurrir algo parecido cuando los marines gringos de-

sembarcaron en Haití y sacaron del poder al general Cedras y a una pandilla de delincuentes que había convertido el país en la cueva de Alí Babá. De nuevo el planeta se estremeció con gritos de protesta. Menos en Haití, donde la población salió a celebrar el arribo de unos soldados que llegaban a poner orden, restituir en su cargo a Aristide, y a tratar (sin éxito) de instaurar una suerte de democracia en ese desdichado país.

¿Y qué sucedería en Colombia si las tropas de Washington acompañaran masivamente al ejército nacional para acabar con las guerrillas, con los 35,000 asesinatos anuales, con los 3,500 secuestros? Las encuestas lo declaran con toda claridad: el ochenta y cinco por ciento de los colombianos las apoyarían con entusiasmo. Con el mismo entusiasmo con que los franceses recibieron en París a los soldados norteamericanos que derrotaron al nazismo. Con la misma ilusión con que los republicanos españoles esperaron inútilmente una invasión que nunca llegó de tropas democráticas aliadas que impidieran el triunfo de Franco y sus ejércitos fascistoides.

Es curioso que a esos manifestantes europeos que llenan las plazas con sus consignas antinorteamericanas, sus afiches del Che Guevara y su pretendido amor por la humanidad, les importe tan poco el destino de los iraquíes, la suerte, la mala suerte de las víctimas. Pero, también hay que reconocer que esa mezquina actitud no es igual en todo el Viejo Continente. En lo que fue el Este, en donde hasta hace muy poco los pueblos sufrían la tiranía comunista, la reacción es totalmente distinta. Los húngaros, que en 1956, mientras los masacraban los tanques soviéticos, imploraron una intervención de Occidente que jamás arribó, pese a las arengas que llegaban por onda corta instándolos a que se rebelaran, pueden entender el dolor y la indefensión del pueblo iraquí. Los rumanos, que padecieron la vesania sin límites de Ceaucescu, y que soñaban con romper de algún modo esas cadenas, se sienten solidarios con las víctimas de Saddam Hussein y no ven con horror, sino con simpatías, que alguien venga a aliviar ese espantoso dolor.

En octubre de 1962 John F. Kennedy inventó la doctrina de la guerra preventiva con un ultimátum dado a Moscú y a La Habana. La Casa Blanca no iba a esperar indiferente a que en Cuba instalaran armas de destrucción masiva que pusieran en peligro la seguridad de Estados Unidos: o sacaban los misiles de Cuba o Estados Unidos atacaba la isla y los destruía. Los soviéticos, apresuradamente, se llevaron sus cohetes y Estados Unidos no intervino en la isla. La paz se salvó. Desde entonces el viejo del autobús continúa mirando el cielo a la espera de los paracaidistas que nunca flotaron sobre el cielo habanero.

Marzo 2, 2003

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