|
Castro y la represión como sistema de
gobierno
Carlos
Alberto Montaner
Madrid -- Volvió a suceder.
Hace pocos días la policía política cubana arremetió contra los demócratas de
la oposición y detuvo a casi un centenar de personas ''por órdenes personales
de Castro'', como torpemente se excusó el teniente coronel Pichardo, un
oficial que alterna su profesión de sicólogo con la sucia labor de carcelero.
Los agentes se cebaron en periodistas y bibliotecarios independientes, en
activistas pro derechos humanos y en líderes políticos que buscan una
evolución pacífica hacia la democracia, algunos de ellos vinculados al
Proyecto Varela.
El poeta más notable de Cuba, Raúl
Rivero, cayó en la redada. También, la economista Marta Beatriz Roque Cabello
y los dirigentes liberales Osvaldo Alfonso Valdés y Héctor Palacios. Ya
comenzaron los juicios relámpago, y es muy probable que una buena parte de los
detenidos deba afrontar varios años de condena. En ese caso, les harán
compañía a varios centenares de presos políticos previamente sancionados. Uno
de ellos es un joven abogado ciego, Juan Carlos González Leiva, que antes de
ser definitivamente encarcelado solía entretener a los comunistas de una
manera especialmente divertida: lo secuestraban en plena calle, lo llevaban a
un lugar apartado, lo golpeaban, le quitaban el bastón de invidente, y lo
dejaban tirado en medio del monte. El ''juego'' consistía en acertar el número
de horas que el disidente demoraba en reunirse con su aterrorizada mujer.
¿Por qué este nuevo acceso represivo? En
realidad es algo rutinario. Es la forma en que Castro ejerce y retiene el
poder. A mediados de los noventa, decenas de cubanos fueron súbitamente
encarcelados. A la cabeza de ellos estaban Vladimiro Roca y otros tres
compañeros suyos autores de un valioso documento titulado La patria es de
todos. Poco antes, en 1991, cuando se desplomaba la URSS, ocurrió algo
parecido, y docenas de notables disidentes, liderados por los escritores María
Elena Cruz Varela y Fernando Velásquez, acabaron internados durante varios
años en celdas infectas. En 1985, asustado por la perestroika, Castro fusiló
al general Arnaldo Ochoa y al coronel Tony de la Guardia, e hizo encarcelar a
varias decenas de oficiales sospechosos de ``reformismo''.
En 1980, precedidos por la detención de
Gustavo Arcos, Ricardo Bofill y Elizardo Sánchez --los pioneros en la lucha
por los derechos humanos dentro de la isla--, millares de cubanos fueron
acosados por las turbas, y los golpearon y humillaron durante semanas por el
''delito'' de desear abandonar el país legalmente. En 1975, cuando las tropas
cubanas se trasladaron a Angola para pelear una guerra de conquista en favor
de los soviéticos, simultáneamente la ira de Castro descendió sobre las
universidades, desatando una intensa persecución contra los estudiantes
''antisociales'', es decir, aquéllos que presentaban algún síntoma de
independencia ideológica.
En 1971, el ''caso Heberto Padilla'' --un excepcional
poeta al que molieron emocionalmente hasta hacerlo retractarse públicamente de
sus versos, de sus amigos, de sus creencias-- dio paso al Primer Congreso por
la Cultura, obscena consagración de la intolerancia que declaró la guerra a
cualquier manifestación de libertad intelectual. En los
sesenta, cuando el régimen se dispuso a pulverizar a los cubanos
''depravados'' en su esfuerzo revolucionario por construir al ''hombre
nuevo'', encarcelaron a miles de homosexuales, de rockeros, de testigos de
Jehová, de protestantes y católicos que practicaban su fe. Poco antes habían
aplastado a la ''microfracción'', una supuesta conspiración de comunistas
hostiles a la caótica forma de gobernar de Castro.
No estamos, pues, ante un fenómeno
excepcional, sino ante una estrategia metódicamente empleada que no deja pasar
más de cinco años entre estos episodios de furia y persecución rabiosa. ¿Para
qué le sirven a Castro? Sencillo: se desatan las razzias cuando Fidel Castro
percibe que está perdiendo el control total de la sociedad. Y le da
exactamente igual que sus víctimas sean demócratas, comunistas revisionistas o
simples mortales indiferentes. Cuando los detecta, cuando intuye su
existencia, o cuando percibe que se relajan las riendas con las que sujeta al
pueblo, suelta a sus perros de presa para que siembren el terror y den el
correspondiente escarmiento. Incluso, es posible que crea, como creía Lenin,
uno de sus personajes favoritos, que el terror, especialmente el ejercido
contra los inocentes, es la manera más eficaz de inducir la obediencia
colectiva, porque ya nadie puede sentirse a salvo de unos castigos que han
perdido cualquier relación con conductas previamente proscritas. Cuando un
miedo difuso e impreciso se apodera de las conciencias de las gentes, quienes
lo padecen se convierten en animalitos tremolantes y obsequiosos: exactamente
lo que Castro espera de ellos.
Es bueno que esto se entienda: en Cuba la
represión brutal no es la consecuencia del enfrentamiento con Estados Unidos,
ni de violaciones de la ley por parte de los cubanos. Todo eso es anecdótico.
No hay que buscar racionalidad ni relaciones de causa y efecto. La represión
castrista es el método de control fundamental para mantener la autoridad total
en manos del tirano. Así ha sido desde hace cuarenta y cuatro años, y Castro
no va a renunciar a él por ninguna sanción económica o moral que se le
imponga, porque está convencido de que ahí radica su capacidad de sostenerse
en el poder. De donde se deriva una melancólica conclusión: es inútil esperar
o pedirle a Castro un cambio en sus formas de gobierno. Eso es tan absurdo
como tratar de convencer a un tigre para que se convierta en vegetariano.
Marzo 30, 2003
|