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Castro planea otra agresión migratoria contra Estados Unidos
Carlos
Alberto Montaner
Probablemente estamos a las puertas de otra confrontación entre Castro y
Estados Unidos. Según todos los síntomas, el Comandante mueve sus piezas para
generar otro conflicto. “Mono viejo no aprende trucos nuevos”, dice el refrán.
Castro es un estratega que siempre utiliza las mismas tácticas para lograr sus
objetivos. Es dentro de ese esquema donde hay que colocar los ataques al
diplomático James Cason, las severas condenas a los demócratas que dentro de
la Isla luchan por crear cierto espacio de libertad y tolerancia, y esta
sospechosa ola de secuestros de aviones y barquitos que súbitamente llegan a
tierra americana.
Por ahora
nos encontramos en la fase de calentamiento. Castro está tentando el agua para
ver si el momento es propicio. Quiere “medir” a Bush antes de pasar a la etapa
siguiente. Los norteamericanos están embarcados en la guerra iraquí, como
estaban en la de Vietnam en 1964 durante el episodio de Camarioca, que se
zanjó con los “Vuelos de la libertad” y 200 000 felices inmigrantes. Una
generación más tarde, en 1980, aprovechó la crisis de los rehenes en Teherán y
las elecciones norteamericanas para desatar la estampida de Mariel: 130 000
nuevos exiliados lograron instalarse en la vecina Florida. En 1994, ante la
terrible situación económica que padecía la Isla, con un grave problema de
desnutrición que ya había provocado sesenta mil casos de neuritis, necesitaba
una válvula de escape y la encontró en el “balserazo”. Treinta mil balseros
fueron legalmente admitidos en “territorio enemigo” y La Habana obtuvo el
jugoso botín de veinte mil visas anuales. Una dosis suficiente de esperanza
para que los cubanos aguantaran callados las crecientes penurias que padecía
el país.
La
lección es muy simple: cuando el sistema entra en crisis hay que buscar
alivio zarandeando a Estados Unidos hasta arrancarle algunas concesiones. ¿Qué
espera obtener Castro de este nuevo encontronazo? El Comandante tiene varios
objetivos. Uno de ellos es atar corto a los diplomáticos norteamericanos para
que no estimulen moral o materialmente a la disidencia política, y para
desalentar a otras naciones democráticas que también son solidarias con los
opositores. Castro no quiere que en Cuba suceda lo que ocurrió en Polonia o en
Checoslovaquia, y está dispuesto a pagar cualquier precio por mantener la
ortodoxia estalinista sin ninguna clase de fisuras.
El
segundo objetivo es aún más retorcido. Al imponer cadena perpetua o largas
penas a varias docenas de demócratas por reunirse con los diplomáticos
norteamericanos, Castro está culpando a Estados Unidos de la prisión de estos
perseguidos. ¿Por qué lo hace? Obvio: las prolongadas condenas impuestas a
tantos disidentes pacíficos e inocentes, muchos de ellos conocidos y
prestigiosos, es un estímulo para, en su momento, plantear el canje y
expatriación de estos presos políticos a cambio de los cinco militares cubanos
sentenciados en Estados Unidos por espiar a favor de la dictadura. Castro, que
vive de show en show, que sólo da circo porque ni siquiera puede dar pan, se
ha propuesto alcanzar la victoria política de lograr el regreso triunfal de
sus “cinco héroes” propinando una especie de gran derrota moral al
imperialismo yanqui, así que lanza el más obsceno de los mensajes: “ustedes
han condenado a mis espías y yo a los suyos, intercambiémoslos, pues, para
solucionar este asunto”.
¿Cuándo
se propondrá la negociación? Seguramente, cuando Estados Unidos tenga que
enfrentarse a otro chantaje migratorio como los que ha debido soportar en el
pasado. Entonces Castro planteará “el canje de prisioneros” como condición
secreta para detener el éxodo salvaje. ¿Tendrá éxito? Él cree que sí. Durante
el triste episodio de Elián, Castro aprendió que el sistema legal
norteamericano posee cierta flexibilidad que él puede usar en su favor si la
presión sobre Washington es extrema. En aquella oportunidad la batalla por la
custodia legal del niño coincidió con un motín carcelario en Louisiana
protagonizado por presos cubanos que habían secuestrado a varias personas y
amenazaban con matarlas si no eran trasladados a Cuba. Benévolamente, Castro
admitió que le enviaran los presidiarios. Poco después, curiosamente, Janet
Reno, por órdenes de Clinton, sin esperar a que un juez de familia dictara
sentencia, como pedían Al Gore y George Bush, entonces candidatos, y como
suele ocurrir en los pleitos sobre la custodia de los menores de edad, le
entregó el niño a su padre en detrimento de otros familiares que lo reclamaban
legalmente.
Pero
todavía hay más. De acuerdo con la intensidad de la crisis, y en función de la
necesidad de solucionarla que Castro observe en la administración
norteamericana, el viejo dictador tratará de arrebatar otras dos concesiones a
sus presionados interlocutores. Una de ellas es el levantamiento de las
prohibiciones que impiden a los turistas norteamericanos gastar dinero en
Cuba, y la otra es la abrogación de la “Ley de Ajuste” sancionada por Lyndon
Jonson en 1966, por la que se permite a los cubanos convertirse en residentes
legales tras un año de permanencia en Estados Unidos, privilegio al que
Castro, arbitrariamente, culpa de los deseos de emigrar que ansiosamente sufre
la mitad de la población de la Isla.
¿Morderá
el anzuelo otra vez la Casa Blanca? Francamente, no lo creo. Mi impresión es
que si Bush es sometido a un chantaje migratorio por Castro, va a responderle
en el terreno militar, y la sociedad norteamericana lo va a respaldar con
firmeza. Los norteamericanos no quieren a Castro. Tampoco, francamente,
quieren más inmigrantes ilegales.
Abril 6, 2003
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