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El paredón en Cuba y en España
Carlos
Alberto Montaner
Fidel Castro ha fusilado a tres personas
acusadas del frustrado secuestro sin víctimas de una vieja nave de cabotaje
destinada a cruzar la bahía de La Habana. Digo bien: Fidel Castro es el
responsable directo. Es él quien en Cuba se reserva el derecho de vida o
muerte sobre los cubanos. Es él, el Comandante, el que mata o perdona porque
ese extraordinario poder de quitar o tolerar la vida es el mayor de sus
atributos como dictador supremo.
¿Por qué Castro ha vuelto a asesinar tras
unos cuantos años de tregua? Porque se siente inseguro. Por lo mismo
que en los últimos días condenó a larguísimas penas a casi ochenta demócratas
que pacíficamente intentaban revitalizar a la sociedad civil organizándose al
margen del Estado. Porque sabe que en su propio entorno crece la inconformidad
con sus disparates y arbitrariedades. Porque no ignora que la sociedad, de mil
formas diversas, rechaza el sistema comunista, sus abusos, y la infinita
miseria impuesta al pueblo, y necesita intimidar a la población.
Obviamente, estos nuevos crímenes tendrán
un alto costo para la dictadura. Van a protestar parlamentos, partidos
políticos, personalidades destacadas, medios de comunicación, y todo aquel que
no pueda evitar establecer un juicio moral sobre lo que acontece en Cuba. Las
ayudas oficiales se van a secar. Los inversionistas que estudiaban «posicionarse»
en la Isla van a cancelar sus compromisos. Los socios comerciales de la
dictadura van a tragar en seco: no es nada cómodo estar vinculados a un
gobierno que en 48 horas juzga y asesina a tres personas y condena a otra
media docena a cadena perpetua. Es muy probable que Cuba sea discretamente
invitada a marcharse de las Cumbres Iberoamericanas, y es casi seguro que no
tendrá acceso a los beneficios del Acuerdo de Cotonou. Eso significa una
pérdida de 250 millones de euros a lo largo de cinco años, aunque ya Fidel
Castro declaró que es «demasiado fastidio para tan poca plata». Prefiere
fusilar.
En el plano político español todo esto va
a tener graves consecuencias, especialmente dentro del PSOE, que ha asumido
una posición ambigua, totalmente indigna de un partido que, a propósito de la
Guerra de Iraq, lleva varias semanas ensayando un discurso moral de altos
vuelos. No hay coherencia. Un senador socialista como Juan José Laborda
y todos sus compañeros en la «Cámara Alta» asumen posiciones tajantes y sin
ambages frente a la dictadura, respaldando una moción presentada por el
senador de CiU Jordi Xucla, pero, mientras tanto, en Estrasburgo, el inefable
eurodiputado Miguel Ángel Martínez rompe con la disciplina de su partido y
vota contra la condena a la tiranía cubana, alineándose junto a los comunistas
y a la ETA. «¿Cuándo van a echar a este fascista de nuestras filas?», se le
oyó decir, avergonzado, a un joven socialista madrileño.
El problema es que Martínez no está sólo
en sus devociones totalitarias y en su tolerante aceptación de los paredones y
las cárceles que sufren los cubanos. El parlamento regional andaluz
también se negó a discutir una moción de censura a los atropellos de Castro
presentada por el Partido Popular. Episodio del que algunos ya deducen una
triste conclusión: los socialistas españoles sólo van a condenar la dictadura
cubana en las instituciones en las que no puedan evitarlo, pero jamás van a
tomar la iniciativa. Yo no lo creo. Sigo pensando que Zapatero uno de estos
días purga a los castristas de la cúpula del PSOE. El problema es qué va a
hacer con Jesús Caldera. Zapatero no ignora que en La Habana, a voz en cuello,
hace apenas dos años, frente a 11 parlamentarios españoles, su portavoz le
espetó al entonces diputado Guillermo Gortázar una frase tremenda: «yo estoy
más cerca de Fidel Castro que de ti». A Caldera también le fascinaba el
paredón del Comandante.
Abril 13, 2003
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