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Periodistas y corresponsales derrotados en Irak
Carlos Alberto
Montaner
Sólo los
corresponsales de la televisión norteamericana e inglesa reportaron el júbilo
popular tras la caída de Bagdad sin tratar de minimizarlo. En general, la
prensa mundial quería ver una derrota militar anglonorteamericana, o al menos
una feroz resistencia nacionalista, una especie de Stalingrado que demostrara
el rechazo del pueblo iraquí a la arrogante bota imperialista de Washington y
Londres, auxiliada por unos cuantos polacos y australianos vendidos a los
centros de poder capitalistas.
Pero no ocurrió así.
Cuando se desplomaron las defensas de Bagdad, pese a los esfuerzos del
pintoresco Ministro de Información, uno de los personajes más destacados en la
historia universal del optimismo, el pueblo se lanzó a la calle a manifestar
su alegría y a derribar las estatuas de Sadam Husein. Junto a los alegres
manifestantes no faltaron, claro, los asaltos a los palacios del dictador y a
los edificios oficiales, porque desde tiempos inmemoriales se sabe que cuando
la libertad llega súbita e inesperadamente, y cuando simultáneamente se esfuma
la policía, desaparecen los ceniceros, los acondicionadores de aire, y todo
aquello con lo que el noble pueblo consigue arramblar en medio de la confusa
algarabía, que es, por cierto, palabra árabe.
¿Por qué suele
existir una distancia tan grande entre los sentimientos y creencias profundas
que tienen los pueblos y los que arbitrariamente les atribuyen los periodistas?
En general, porque muchos de mis colegas son revolucionarios de baja
intensidad que no llegan a la profesión con el ánimo de describir la realidad
tal y como es, sino como debiera ser de acuerdo con las anteojeras ideológicas
a través de las cuales examinan los conflictos, distorsión que se exacerba en
un buen número de escuelas de periodismo rabiosamente tercermundistas en las
que los jóvenes aprenden que todas nuestras congojas son producto de la maldad
sin límite de los países desarrollados.
¿Cuántas veces los
corresponsales van a ser mordidos por sus propios prejuicios? Recuerdo el
espectáculo increíble de periodistas extranjeros que lloraban incrédulos en la
Managua de 1990 cuando los sandinistas fueron derrotados por Violeta Chamorro,
sin advertir que los nicaragüenses hacían lo único que debía esperarse de
seres racionales: votar en contra de una colección impresentable de saltamuros
y sacatripas que llevaban una década practicando la más implacable devastación.
Y no puedo olvidar a los colegas europeos que calificaban de “traidores” o
“vendepatrias” a los felices panameños que recibieron con aplausos a los
marines que derrocaron a Noriega. ¿Qué se suponía que hicieran? ¿Apoyar al
narcoditador que los torturaba y asesinaba en las cárceles mientras saqueaba
el erario público?
¿Cómo es posible que
el grueso de los periodistas y corresponsales extranjeros que ahora se
asomaron al caso de Iraq no tuvieran en cuenta el precedente de Afganistán,
donde otro pueblo fuertemente nacionalista y profundamente mahometano también
recibió a los “infieles” invasores dando muestras de alegría y gratitud porque
venían a librarlo de la plaga de los talibanes? ¿Por qué los iraquíes iban a
tener una conducta diferente a la de los afganos? El fondo de la cuestión era
el mismo: las tropas extranjeras llegaban a quitarles de encima una terrible
calamidad que los oprimía.
Es un problema de
sensatez y sentido común. Al periodista no le es difícil prever el sentimiento
profundo de los pueblos, o predecir su probable comportamiento, si es capaz de
despojarse de sus prejuicios ideológicos y preguntarse cómo se sentiría él
mismo si fuera un nativo y no un corresponsal extranjero. Sadam Husein era un
carnicero enloquecido que había convertido la tortura y el asesinato en un
modo habitual de control. Los había llevado a guerras espantosas con sus
vecinos en las que murieron cientos de miles de personas. Había gaseado a
varios millares de curdos y exterminado a decenas de miles de shiitas. La
policía, el ejército y su partido político no eran nada más que instrumentos
para ejercer su ilegítima autoridad e imponer el terror. Megalómano
incontrolable, se había clonado en mil estatuas de bronce y en cien mil
cuadros heroicos e insoportables. Corrupto hasta el tuétano, había borrado los
límites entre el patrimonio privado y el público, y poseía una docena de
palacios fabulosos, mientras entregaba enormes porciones del botín a sus
familiares, amigos y cómplices. Y era tal el miedo que inspiraba a sus
vasallos, que en las elecciones sacaba el 100 por ciento de los votos. Todos
los votos eran para él porque la gente, sencillamente, se moría de miedo en su
presencia.
¿Cómo sorprenderse,
entonces, de que los iraquíes recibieran con vítores a los marines yanquis y a
las “ratas del desierto” británicas? Para los iraquíes no era un ejército de
invasores, sino una especie de anhelada fuerza compasiva que venía a librarlos
de una desgracia infinita que ellos no podían sacudirse por sí mismos. O sea,
exactamente la misma percepción que hubiera tenido nuestra legión de
equivocados corresponsales y periodistas
-salvo
notables excepciones, algunas de ellas buenas amigos míos, por cierto-
si les hubiera tocado la inmensa desgracia de haber sido iraquíes en tiempos
de Sadam Husein.
Abril 13, 2003
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