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Los terroristas y la guerra
preventiva
Carlos
Alberto Montaner
Madrid -- Al temible Abu Abbas lo detuvieron en las
cercanías de Bagdad. Todo fue tan rápido y tan brusco que lo traicionaron los
esfínteres. La vejiga es así: humedece los momentos más heroicos. Lo
entregaron ex miembros de la policía política iraquí.
Se trata del terrorista palestino que en 1985 secuestró
el barco italiano Achille Lauro y asesinó a un pasajero inválido de
nacionalidad estadounidense. Lo interesante es que en medio del caos de la
ocupación, mientras se sucedían los pillajes, el gobierno norteamericano haya
dedicado tiempo y una unidad especial de inteligencia a capturar al siniestro
personaje.
Esta anécdota esconde una importantísima lección, y
harían bien los sirios, los iraníes, e incluso los saudíes, en tomarse muy en
serio las advertencias de Estados Unidos. Tras el 11 de septiembre de 2001,
cuando cayeron las torres gemelas y el Pentágono fue atacado, la Casa Blanca
tomó la decisión de aplastar sin piedad a cualquier gobierno que pusiera en
peligro la seguridad norteamericana o que sirviera de refugio a terroristas
dedicados a perturbar la paz internacional y a perjudicar los intereses
estadounidenses.
Inmediatamente, cuando se identificó a los culpables,
Afganistán fue conminado a entregar a la justicia norteamericana a Bin Laden y
a sus secuaces de Al Qaeda. Al no hacerlo, Washington descargó su mano de
hierro sobre los talibanes y los grupos terroristas que pululaban en el país.
Poco tiempo más tarde le tocó el turno a Saddam Hussein, y en apenas tres
semanas los marines ocupaban todo el territorio iraquí. Buscaban armas de
destrucción masiva, pero también a sujetos como Abu Abbas, de la estirpe de
Bin Laden, porque los centros de poder norteamericanos comprenden
perfectamente que se enfrentan a un enemigo que tiene dos cabezas: los estados
desestabilizadores y las organizaciones terroristas auspiciadas por ellos para
lograr sus fines.
Este letal matrimonio entre estados desestabilizadores y
organizaciones terroristas fue un fenómeno surgido en los años sesenta del
siglo XX al amparo de la guerra fría. La URSS ambicionaba el control total del
planeta, mientras Estados Unidos ''contenía'' o resistía ese espasmo imperial.
Y como las dos superpotencias, sabiamente, esquivaban la confrontación total,
que acaso hubiera significado el aniquilamiento de medio planeta, Moscú
desarrolló o potenció la estrategia de la subversión terrorista y guerrillera,
creando o estimulando grupos capaces de golpear en países como Italia,
Alemania, Israel, Inglaterra, España, Japón y casi toda América Latina.
La hipótesis en que se sustentaban estos esfuerzos
subversivos era de un aterrador cinismo: secuestrando, colocando bombas,
asesinando selectivamente o creando grupos de guerrilleros rurales, era
posible destruir la confianza general en la viabilidad de los ''estados
burgueses'' hasta que, poco a poco, la sociedad fuera aceptando la
inevitabilidad, e incluso la conveniencia, de adoptar el modelo comunista de
organización general, siempre bajo la admonición implacable de la URSS. Las
organizaciones protegidas o creadas ni siquiera tenían que ser marxistas
convencidas: lo único que debía identificarlas era un odio invencible contra
Estados Unidos y la certeza de que para lograr el desarrollo económico era
indispensable destruir el modo capitalista de producción y las estructuras
políticas liberales.
Fue así como Cuba desde 1966 se convirtió en una especie
de santuario mundial de la subversión internacional. Momento en que en ese
país se creó oficialmente ''la Tricontinental'', e inmediatamente comenzaron a
acudir terroristas de todo pelaje y origen --etarras vascos, tupamaros
uruguayos, palestinos, irlandeses del IRA, sandinistas, macheteros
puertorriqueños, y otras gentes de rompe y rasga--, todos en busca de
adiestramiento, armas, dinero, coordinación o refugio cuando la persecución en
sus países de origen se hacía muy intensa.
Naturalmente, no sólo La Habana poseía la turbia
distinción de ser la capital del terrorismo. Muy pronto Damasco, Bagdad,
Teherán, Trípoli, Jartum, Pyongyang y Sofía fueron alimentando a sus propios
grupos terroristas, controlados en la distancia por los soviéticos. Pero entre
todos estos estados desestabilizadores, aunque existieran diferencias tácticas,
había una suerte de colaboración, como se demuestra leyendo la biografía del
terrorista venezolano Iván Ilich Ramírez, Carlos el Chacal, el héroe y amigo
de Hugo Chávez, quien comenzara recibiendo entrenamiento en Cuba, mas luego
recorriera toda esa geografía del odio forjando alianzas y sirviendo a
diversas organizaciones, puesto que todas coincidían en los objetivos finales
que perseguían.
Curiosamente, cuando implosionó la URSS no se llevó a la
tumba a estos siniestros grupos terroristas, aunque sí desapareció la
protección y la impunidad que les brindaba el Ejército Rojo. La Rusia más o
menos democrática, capitalista, alejada del comunismo, ya no tenía interés en
desestabilizar a Occidente, sino en beneficiarse del comercio y de las buenas
relaciones diplomáticas con los enemigos de la víspera. Los estados
desestabilizadores, en cambio, por inercia, y tal vez porque no se daban
cuenta del peligro que corrían, continuaron asistiendo a las organizaciones
terroristas, hasta que un fatídico 11 de septiembre de 2001 cambió súbitamente
el clima internacional en que hasta entonces habían actuado. A partir de ese
momento, entrenar, ayudar o simplemente darle posada y fonda a estos asesinos
políticos puede acarrear un altísimo costo. Estados Unidos no quiere correr el
riesgo de que otros Bin Laden los ataque. Y para evitarlo, están dispuestos a
atacar primero. Esa es la guerra preventiva.
Abrilo 20, 2003
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