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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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Cambios de régimen

Carlos Alberto Montaner

Madrid -- La Casa Blanca ha decidido sustituir los gobiernos que pongan en peligro la seguridad de Estados Unidos o hagan peligrar severamente la paz internacional. A esas acciones, hechas por medio de la fuerza, por presiones diplomáticas o por acciones encubiertas, las llama, escuetamente, ''cambios de régimen'', y no irán dirigidas contra satrapías domésticas, por repugnantes que resulten, sino contra los gobiernos, como el de los talibanes de Afganistán, aliado a los terroristas de Al Qaeda, o el Irak de Saddam Hussein, al que se le atribuía la posesión de armas de destrucción masiva (que no han aparecido hasta la fecha) y una demostrada voluntad de dominar a sus vecinos.

No es una visión nueva de los conflictos internacionales. Esa estrategia se estrenó en Cuba, en 1898, cuando el presidente McKinley decidió ''cambiar el régimen'' colonial de la isla y le declaró la guerra a España. Tras ese episodio, y a lo largo de un tercio de siglo, unas veces con administraciones republicanas, y otras demócratas, Washington intervino catorce veces en distintos países de Centroamérica y el Caribe con el objeto de liquidar o apuntalar gobiernos abocados al caos interno y a la guerra civil.

En sus líneas maestras, esas intervenciones siguieron la misma pauta que hoy vemos en Irak: se nombraba a un general estadounidense que reconstruía la infraestructura material, organizaba la administración pública, modernizaba los servicios --con énfasis en la sanidad, la educación, los transportes, el correo y la policía--, se fortalecía a los grupos políticos, se convocaba a los partidos pacíficos y se dictaba una nueva constitución o se reformaba la antigua. Una vez pacificado el país, y con un gobernante amigo de Estados Unidos sentado en la poltrona presidencial, los marines recogían sus matules y se marchaban.

¿Qué pasaba después? Con frecuencia, las instituciones formalmente democráticas eran secuestradas por dictadores como Trujillo o Somoza, y los países inauguraban un nuevo ciclo de opresión, corruptela y violencia, aunque ese atroz clima político podía coincidir con cierto despegue económico, como sucedió, precisamente, en República Dominicana y Nicaragua, a lo que habría que agregar la huella positiva en el terreno administrativo que solían dejar las intervenciones yanquis, al menos por un tiempo.

Frente a estas fallidas experiencias de ''cambio de régimen'' en esa franja de América, hay otras notablemente exitosas: Alemania y Japón tras la Segunda Guerra, por ejemplo. Las dos potencias derrotadas del eje --los italianos, hábilmente, se las arreglaron para acabar en el bando de los ganadores--, bajo supervisión de los aliados, pero dirigidas por generales norteamericanos, pasaron del autoritarismo y la dictadura brutal a un modelo político de libertades, tolerancia y pluralismo.

¿Por qué funcionó correctamente en Alemania y Japón lo que fracasó en Centroamérica y el Caribe? Sin duda, por diversos factores culturales que determinan que en una sociedad prevalezcan o sean muy débiles los valores, actitudes y creencias que hacen posible el comportamiento democrático. Japoneses y alemanes son pueblos en los que se cultivan como virtudes cardinales la disciplina y el respeto a las normas y a las jerarquías, lo que facilita la sujeción a un estado de derecho en el que todas las personas estén sujetas al imperio de la ley, fundamento esencial para la entronización y arraigo de la democracia.

Es difícil, pues, ser optimistas con el ''cambio de régimen'' en Irak. Esas escalofriantes imágenes de los shiíes golpeándose las cabezas y las espaldas ensangrentadas, mientras dan gritos histéricos, no parecen compadecerse con la esencia racional y fría del modelo democrático liberal. Tampoco resulta propicia para la libertad una sociedad regida por santones religiosos convencidos de que son los dueños y administradores de unas verdades absolutas reveladas por Alá a su profeta Mahoma.

Claro que no todas las naciones de religión islámica son igualmente refractarias a la democracia, como se demuestra en Turquía. Pero para que los turcos pudieran llegar a tener libertades, parlamento, oposición y alternancia en el poder primero pasaron por un duro proceso de secularización y occidentalización conducido con mano de hierro por Kemal Atatürk, ángel tutelar del cambio, quien con la punta de la fusta liberó al estado del peso del Corán, echó las bases de la modernidad, y entre la agónica dicotomía que perseguía a los turcos desde el siglo XV, desgarrados entre Asia y Europa, optó sin ambages por Europa.

Hoy la tarea que el ex general Jay Garner tiene por delante en Irak es la de Atatürk, pero sin la capacidad represiva que tuvo el legendario turco, y sin el apoyo ciego del ejército nacional, que fue el instrumento clave para la modernización del país. ¿Podrá lograr sus objetivos el representante de Washington? Lo dudo. En tres semanas, con bombas inteligentes y un formidable aparato militar, los norteamericanos liquidaron al régimen del carnicero Saddam. Magnífico. Sin embargo, ''cambiarlo'' en la dirección de la democracia probablemente tome muchas décadas. Si es que alguna vez se logra esa deseable transformación.

Mayor 4, 2003

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