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Cambios de régimen
Carlos
Alberto Montaner
Madrid -- La Casa Blanca ha decidido
sustituir los gobiernos que pongan en peligro la seguridad de Estados Unidos o
hagan peligrar severamente la paz internacional. A esas acciones, hechas por
medio de la fuerza, por presiones diplomáticas o por acciones encubiertas, las
llama, escuetamente, ''cambios de régimen'', y no irán dirigidas contra
satrapías domésticas, por repugnantes que resulten, sino contra los gobiernos,
como el de los talibanes de Afganistán, aliado a los terroristas de Al Qaeda,
o el Irak de Saddam Hussein, al que se le atribuía la posesión de armas de
destrucción masiva (que no han aparecido hasta la fecha) y una demostrada
voluntad de dominar a sus vecinos.
No es una visión nueva de los conflictos
internacionales. Esa estrategia se estrenó en Cuba, en 1898, cuando el
presidente McKinley decidió ''cambiar el régimen'' colonial de la isla y le
declaró la guerra a España. Tras ese episodio, y a lo largo de un tercio de
siglo, unas veces con administraciones republicanas, y otras demócratas,
Washington intervino catorce veces en distintos países de Centroamérica y el
Caribe con el objeto de liquidar o apuntalar gobiernos abocados al caos
interno y a la guerra civil.
En sus líneas maestras, esas
intervenciones siguieron la misma pauta que hoy vemos en Irak: se nombraba a
un general estadounidense que reconstruía la infraestructura material,
organizaba la administración pública, modernizaba los servicios --con énfasis
en la sanidad, la educación, los transportes, el correo y la policía--, se
fortalecía a los grupos políticos, se convocaba a los partidos pacíficos y se
dictaba una nueva constitución o se reformaba la antigua. Una vez pacificado
el país, y con un gobernante amigo de Estados Unidos sentado en la poltrona
presidencial, los marines recogían sus matules y se marchaban.
¿Qué pasaba después? Con frecuencia, las
instituciones formalmente democráticas eran secuestradas por dictadores como
Trujillo o Somoza, y los países inauguraban un nuevo ciclo de opresión,
corruptela y violencia, aunque ese atroz clima político podía coincidir con
cierto despegue económico, como sucedió, precisamente, en República Dominicana
y Nicaragua, a lo que habría que agregar la huella positiva en el terreno
administrativo que solían dejar las intervenciones yanquis, al menos por un
tiempo.
Frente a estas fallidas experiencias de
''cambio de régimen'' en esa franja de América, hay otras notablemente
exitosas: Alemania y Japón tras la Segunda Guerra, por ejemplo. Las dos
potencias derrotadas del eje --los italianos, hábilmente, se las arreglaron
para acabar en el bando de los ganadores--, bajo supervisión de los aliados,
pero dirigidas por generales norteamericanos, pasaron del autoritarismo y la
dictadura brutal a un modelo político de libertades, tolerancia y pluralismo.
¿Por qué funcionó correctamente en
Alemania y Japón lo que fracasó en Centroamérica y el Caribe? Sin duda, por
diversos factores culturales que determinan que en una sociedad prevalezcan o
sean muy débiles los valores, actitudes y creencias que hacen posible el
comportamiento democrático. Japoneses y alemanes son pueblos en los que se
cultivan como virtudes cardinales la disciplina y el respeto a las normas y a
las jerarquías, lo que facilita la sujeción a un estado de derecho en el que
todas las personas estén sujetas al imperio de la ley, fundamento esencial
para la entronización y arraigo de la democracia.
Es difícil, pues, ser optimistas con el
''cambio de régimen'' en Irak. Esas escalofriantes imágenes de los shiíes
golpeándose las cabezas y las espaldas ensangrentadas, mientras dan gritos
histéricos, no parecen compadecerse con la esencia racional y fría del modelo
democrático liberal. Tampoco resulta propicia para la libertad una sociedad
regida por santones religiosos convencidos de que son los dueños y
administradores de unas verdades absolutas reveladas por Alá a su profeta
Mahoma.
Claro que no todas las naciones de
religión islámica son igualmente refractarias a la democracia, como se
demuestra en Turquía. Pero para que los turcos pudieran llegar a tener
libertades, parlamento, oposición y alternancia en el poder primero pasaron
por un duro proceso de secularización y occidentalización conducido con mano
de hierro por Kemal Atatürk, ángel tutelar del cambio, quien con la punta de
la fusta liberó al estado del peso del Corán, echó las bases de la modernidad,
y entre la agónica dicotomía que perseguía a los turcos desde el siglo XV,
desgarrados entre Asia y Europa, optó sin ambages por Europa.
Hoy la tarea que el ex general Jay Garner
tiene por delante en Irak es la de Atatürk, pero sin la capacidad represiva
que tuvo el legendario turco, y sin el apoyo ciego del ejército nacional, que
fue el instrumento clave para la modernización del país. ¿Podrá lograr sus
objetivos el representante de Washington? Lo dudo. En tres semanas, con bombas
inteligentes y un formidable aparato militar, los norteamericanos liquidaron
al régimen del carnicero Saddam. Magnífico. Sin embargo, ''cambiarlo'' en la
dirección de la democracia probablemente tome muchas décadas. Si es que alguna
vez se logra esa deseable transformación.
Mayor 4, 2003
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