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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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El bueno, el malo y el espónsor

Carlos Alberto Montaner

Hay cierto revuelo en Hollywood. Algunas estrellas de cine se opusieron pública y enérgicamente a la guerra de Irak, y el resultado fulminante del conflicto las ha colocado en una incómoda posición. Como el esfuerzo bélico americano tuvo el 75 por ciento de apoyo popular, y la victoria militar llegó en medio de un acceso de euforia colectiva, la percepción general es que no sólo perdió Sadam Husein, sino también Sean Penn, Susan Sarandon y Martín Sheen. A la señora Sarandon, por ejemplo, ya le cancelaron alguna aparición pública en una gala benéfica, y es posible que Sheen, quien representa a un presidente demócrata en una serie de televisión, pronto será reemplazado por un mandatario republicano en su Casa Blanca virtual.

Ante estos hechos, los actores perjudicados comienzan a hablar de “macartismo”, aludiendo al senador Joseph MacCarthy, un político republicano conservador, afectado por cierta paranoia y por una dosis aún mayor de demagogia, que hace medio siglo, al frente del Comité de Actividades Antiamericanas, casi siempre injustamente, persiguió en el terreno laboral a unas cuantas decenas de burócratas, actores y gente del mundo del espectáculo a los que acusó de servir los intereses soviéticos. Muy pronto -fue una locura fugaz-, en 1954, sus compañeros del Senado lo excluyeron del Parlamento, y poco después, todavía muy joven, murió con más pena que gloria, legando al lenguaje político un adjetivo que es sinónimo de extremismo.

En realidad, no hay una gota de “macartismo” en los quebrantos que hoy padecen los pacifistas de Holywood. Sus problemas no son con el Congreso o el Senado, y mucho menos con la Casa Blanca. Sus problemas son con la sociedad y con los medios de comunicación que canalizan las opiniones populares. Casi nadie -siempre hay un descerebrado- los acusa de traicionar a la patria o de estar al servicio de una potencia extranjera, pero sí parece lógico que muchas instituciones o productoras de películas no quieran vincularse a personas cuyas posiciones políticas son rechazadas por el conjunto de la sociedad.  

Ése es el riesgo que corren los espónsors morales. El mecanismo psicológico que explica el fenómeno del espónsor es muy sencillo, pero tiene sus reglas: debe tratarse de una persona admirada que nos propone algo racionalmente relacionado con su parcela de excelencia. Es predecible que las señoras compren una crema facial avalada por Claudia Schiffer y los caballeros corran a refrescarse el cogote con una colonia sugerida por Robert Redford. Una buena parte de la especie los tiene como modelos físicos y la gente quiere parecerse a ellos, tener sus cualidades y alcanzar el mismo éxito.

La cuestión comienza a complicarse cuando el espónsor no tiene nada que ver con la mercancía que nos ofrece y sólo sirve para llamar la atención sobre la cosa o el servicio que propone. Brigitte Bardot, una señora francesa que hasta la década de los sesenta y setenta desplegaba generosamente su estupenda anatomía en las pantallas de cine, de pronto le dio por  salvar a las focas, los perros y no sé que otros animales más o menos simpáticos, y montó toda una campaña publicitaria en la que ella actuaba como portavoz. Para mí era un enigma la relación entre BB y los pingüinos australes, pero si predicaba la inconveniencia de molerlos a palos o comérselos con tomate, todos -y yo entre ellos- la obedecíamos ciegamente porque no nos proponía un dilema moral sobre el que tuviéramos una idea diferente.

En realidad, Susan Sarandon y Sean Penn -o Charlon Heston por la otra punta del espectro político- tienen la misma autoridad moral para juzgar la guerra de Irak que John Doe, como en Estados Unidos llaman al ciudadano medio. Pero la ventaja innegable que poseen estos actores, es que son muy famosos, y cuando ellos opinan, independientemente de lo que dicen, sea sabio o estúpido, la prensa toma en cuenta sus palabras. Esto lo saben los políticos, y por ello los reclutan para librar sus campañas.

Naturalmente, es justo que el privilegio de ser escuchado tenga un precio. Si el señor Martín Sheen invierte su prestigio como actor en una causa moral conflictiva con el objeto de atraer a la sociedad en esa dirección, lo lógico es que las personas lo apoyen o lo rechacen. Y si el nivel de rechazo es muy alto, tampoco parece irracional que mucha gente decida que no es conveniente vincularse a él. Lo que resulta ingenuo es adoptar posturas polémicas y simultáneamente no querer afrontar las consecuencias o presentarse como una víctima de persecuciones imaginarias.

Lo que no quiere decir que estos actores han hecho mal en salir a la calle a defender sus ideas a pecho descubierto. Por el contrario, es importante que los famosos animen el debate. Pero en la vida real, como en el cine, hay “buenos”, “malos” o “indiferentes”. Y el público tiene derecho a soñar con los que les parecen héroes o a detestar a quienes perciben como villanos.

 Mayo 11, 2003

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