|
El bueno, el malo y el espónsor
Carlos Alberto
Montaner
Hay cierto revuelo
en Hollywood. Algunas estrellas de cine se opusieron pública y enérgicamente a
la guerra de Irak, y el resultado fulminante del conflicto las ha colocado en
una incómoda posición. Como el esfuerzo bélico americano tuvo el 75 por ciento
de apoyo popular, y la victoria militar llegó en medio de un acceso de euforia
colectiva, la percepción general es que no sólo perdió Sadam Husein, sino
también Sean Penn, Susan Sarandon y Martín Sheen. A la señora Sarandon, por
ejemplo, ya le cancelaron alguna aparición pública en una gala benéfica, y es
posible que Sheen, quien representa a un presidente demócrata en una serie de
televisión, pronto será reemplazado por un mandatario republicano en su Casa
Blanca virtual.
Ante estos hechos,
los actores perjudicados comienzan a hablar de “macartismo”, aludiendo al
senador Joseph MacCarthy, un político republicano conservador, afectado por
cierta paranoia y por una dosis aún mayor de demagogia, que hace medio siglo,
al frente del Comité de Actividades Antiamericanas, casi siempre injustamente,
persiguió en el terreno laboral a unas cuantas decenas de burócratas, actores
y gente del mundo del espectáculo a los que acusó de servir los intereses
soviéticos. Muy pronto
-fue
una locura fugaz-,
en 1954, sus compañeros del Senado lo excluyeron del Parlamento, y poco
después, todavía muy joven, murió con más pena que gloria, legando al lenguaje
político un adjetivo que es sinónimo de extremismo.
En realidad, no hay
una gota de “macartismo” en los quebrantos que hoy padecen los pacifistas de
Holywood. Sus problemas no son con el Congreso o el Senado, y mucho menos con
la Casa Blanca. Sus problemas son con la sociedad y con los medios de
comunicación que canalizan las opiniones populares. Casi nadie
-siempre
hay un descerebrado-
los acusa de traicionar a la patria o de estar al servicio de una potencia
extranjera, pero sí parece lógico que muchas instituciones o productoras de
películas no quieran vincularse a personas cuyas posiciones políticas son
rechazadas por el conjunto de la sociedad.
Ése es el riesgo que
corren los espónsors morales. El mecanismo psicológico que explica el fenómeno
del espónsor es muy sencillo, pero tiene sus reglas: debe tratarse de una
persona admirada que nos propone algo racionalmente relacionado con su parcela
de excelencia. Es predecible que las señoras compren una crema facial avalada
por Claudia Schiffer y los caballeros corran a refrescarse el cogote con una
colonia sugerida por Robert Redford. Una buena parte de la especie los tiene
como modelos físicos y la gente quiere parecerse a ellos, tener sus cualidades
y alcanzar el mismo éxito.
La cuestión comienza
a complicarse cuando el espónsor no tiene nada que ver con la mercancía que
nos ofrece y sólo sirve para llamar la atención sobre la cosa o el servicio
que propone. Brigitte Bardot, una señora francesa que hasta la década de los
sesenta y setenta desplegaba generosamente su estupenda anatomía en las
pantallas de cine, de pronto le dio por salvar a las focas, los perros y no
sé que otros animales más o menos simpáticos, y montó toda una campaña
publicitaria en la que ella actuaba como portavoz. Para mí era un enigma la
relación entre BB y los pingüinos australes, pero si predicaba la
inconveniencia de molerlos a palos o comérselos con tomate, todos
-y
yo entre ellos-
la obedecíamos ciegamente porque no nos proponía un dilema moral sobre el que
tuviéramos una idea diferente.
En realidad, Susan
Sarandon y Sean Penn -o
Charlon Heston por la otra punta del espectro político-
tienen la misma autoridad moral para juzgar la guerra de Irak que John Doe,
como en Estados Unidos llaman al ciudadano medio. Pero la ventaja innegable
que poseen estos actores, es que son muy famosos, y cuando ellos opinan,
independientemente de lo que dicen, sea sabio o estúpido, la prensa toma en
cuenta sus palabras. Esto lo saben los políticos, y por ello los reclutan para
librar sus campañas.
Naturalmente, es
justo que el privilegio de ser escuchado tenga un precio. Si el señor Martín
Sheen invierte su prestigio como actor en una causa moral conflictiva con el
objeto de atraer a la sociedad en esa dirección, lo lógico es que las personas
lo apoyen o lo rechacen. Y si el nivel de rechazo es muy alto, tampoco parece
irracional que mucha gente decida que no es conveniente vincularse a él. Lo
que resulta ingenuo es adoptar posturas polémicas y simultáneamente no querer
afrontar las consecuencias o presentarse como una víctima de persecuciones
imaginarias.
Lo que no quiere
decir que estos actores han hecho mal en salir a la calle a defender sus ideas
a pecho descubierto. Por el contrario, es importante que los famosos animen el
debate. Pero en la vida real, como en el cine, hay “buenos”, “malos” o “indiferentes”.
Y el público tiene derecho a soñar con los que les parecen héroes o a detestar
a quienes perciben como villanos.
Mayo
11, 2003
|