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Gabo y sus amistades peligrosas
Carlos
Alberto Montaner
El respaldo de Gabriel García Márquez a
Fidel Castro trae al novelista por la calle de la amargura. Se desató
una ola de reproches y denuncias al comandante, a cargo de los intelectuales
más importantes de Occidente, que ha terminado por anegar al premio Nobel de
literatura. Todo sucedió como consecuencia de los últimos fusilamientos de
tres jóvenes, ejecutados ''para evitar una invasión norteamericana'', como si
el ''máximo líder'' se hubiera convertido en un sacerdote azteca que conjura
el destino mediante sacrificios humanos.
Súbitamente, el motín se dirigió contra García Márquez,
padre prior de la literatura latinoamericana. ''¿Dónde está la firma de Gabo
frente a esta crueldad sin límite?'', se preguntaban todos. El colombiano
primero dijo repudiar la pena de muerte, pero luego dejó en claro su
inalterable afecto por el dictador. Los asesinos también tienen amigos, qué
diablos, y no estaba dispuesto, como José Saramago, a romper con el viejo
tirano, tan peculiar, tan pintoresco y tan hablador, sólo por un puñado de
nuevas víctimas y unas renovadas manchas de sangre fresca sobre el paredón.
Susan Sontag le reprochó con firmeza esa actitud al autor
de Cien años de soledad. Mario Vargas Llosa lo llamó ''cortesano''. Zoé
Valdés, apasionada como un volcán, lo injurió, pero luego, más tranquila,
retiró el exabrupto. Enrique Krauze, con la precisión de los historiadores,
escribió un formidable artículo en el que rescató una notable cantidad de
zalamerías y elogios absurdos vertidos por el colombiano en honor de Castro.
Sólo Bryce Echenique, pese a no tener simpatías castristas, salió en su
defensa, retomando un dudoso argumento antes esbozado por el propio García
Márquez: la amistad con el dictador le había servido a Gabo para salvar a
miles de cautivos o para lograr la expatriación de muchos cubanos secuestrados
en su propia patria.
Esa afirmación puso en marcha otra carta pública y otras
indignaciones. El también escritor Nicolás Pérez, cubano y ex preso político
durante muchísimos años, comenzó a recoger mil firmas entre sus compañeros de
presidio para atestiguar que Gabo y Bryce mentían sin recato. En todo caso, si
fuera cierto, ¿cómo se puede depositar afecto en un déspota que encarcela a
miles de personas y luego las libera sólo como un gesto de cordialidad al
amiguete de turno, o como una extraña cortesía con el último visitante que
llama a la puerta de su castillo? ¿Dónde está la justicia en esa república
estalinistamente bananera, en la que el caudillo mata o perdona según le da su
omnipotente gana? ¿Cómo es posible no sentir un profundo rechazo por un
gobernante que mantiene a sus compatriotas atrapados en el país contra su
voluntad?
Sin embargo, conozco dos casos, al menos dos, en los que,
efectivamente, García Márquez intervino para beneficiar a víctimas de la
dictadura. Uno fue un valioso líder sindical, preso durante más de quince años
en las peores cárceles de Cuba, y el otro, un escritor que había estado
vinculado a los órganos de seguridad del régimen, al que no le permitían
emigrar. En ambas oportunidades, Castro cedió al pedido de García Márquez, y
estas dos personas pudieron trasladarse al exilio. En otra circunstancia mucho
más dramática, sin embargo, de acuerdo con el testimonio de la familia, Gabo
no se empeñó con el fervor debido: cuando su amigo Tony de la Guardia, una
especie de James Bond cubano, en el verano de 1989 fue seleccionado por Castro
como chivo expiatorio para tratar de desmentir las informaciones de que el
gobierno de La Habana participaba en operaciones de narcotráfico. Es posible
que un enérgico requerimiento del colombiano le hubiera salvado la vida.
Aparentemente, no se atrevió a hacerlo y De la Guardia fue fusilado ante la
mirada indiferente de su amigo.
No es Gabo, empero, la única persona que, a veces, ha
salido de La Habana con un preso político debajo del brazo. Fidel Castro les
ha ''regalado'' prisioneros, como quien regala botellas de ron, a Felipe
González, a Fraga Iribarne, o a Jesse Jackson. Más aún: el comandante,
sibilinamente, ha perfeccionado esta ceremonia como una forma de lavar la
honra de quien se le acerca en un plano amistoso. ¿Cómo justificar en el
terreno ético la inmensa concesión moral de viajar a La Habana a respaldar o a
mostrarse afectuoso con el más antiguo de los verdugos latinoamericanos? Muy
sencillo: rescatando a uno o varios cautivos y, si es posible, regresando a
casa con ellos en la maleta para exhibirlos como un gran éxito diplomático.
La gloria literaria de Gabo sufre con estas amistades
peligrosas. Desde el siglo XVIII los intelectuales occidentales, generalmente,
se han colocado junto a la libertad y frente a la opresión. Esta es una
historia que comienza con Voltaire, con Rousseau o con Thomas Paine, y
adquiere categoría de tradición con Lord Byron, Víctor Hugo o Zola. Al propio
García Márquez, que firma manifiestos y tiene una intensa militancia cívica,
le gusta volcar su inmenso prestigio literario en favor de causas políticas
populares. Pero para ser efectivo es necesario mostrar cierta coherencia
moral. No es posible estar con Dios y con el diablo. Ni siquiera García
Márquez.
Mayo 18, 2003
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