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Conflictos y armonías de la
democracia cubana
Carlos
Alberto Montaner
El Nuevo Herald, 20 de mayo de 2003
Cuba, como todo
Occidente, es hija de la Ilustración. ¿Qué quiere decir eso? Que, como en el
resto de América Latina, las modernas percepciones políticas y sociales de los
cubanos instruidos se forjaron en la segunda mitad del siglo XVIII al calor de
las influencias de las revoluciones americana y francesa, sumadas a las
lecturas de los enciclopedistas y a cierta tradición, aún más antigua, que
provenía de la Escuela de Salamanca impulsada por curas intelectualmente
audaces como Mariana, Vitoria o Francisco Suárez.
En esa época, cuando
Europa temblaba por el fin de la monarquía francesa, Cuba era un rincón de
España, y, como en la Península, existía un cierto debate intelectual entre la
Europa del “antiguo régimen” que agonizaba lentamente y la nueva era liberal
que pugnaba por sustituirla. En el terreno económico eso significaba que
comenzaban a flaquear las certezas en el mercantilismo. Lo antiguo y
desacreditado consistía en defender los monopolios estatales y los mercados
protegidos en beneficio de los privilegiados de la Corona. Lo moderno era
proponer el libre comercio y la competencia. El escocés Adam Smith fue
traducido muy rápidamente, pero antes de que eso ocurriera, sus ideas, que
eran las de la época, se anticiparon en Cuba, probablemente cuando en 1723
-precisamente
el año en que nació el autor de La riqueza de las naciones-
un puñado de tabaqueros fue ejecutado por defender la libertad de comercio.
Quien entonces mejor
encarnaba ese espíritu abierto y “librecambista”, enamorado de la ciencia y la
técnica, fue un joven abogado cubano, Francisco Arango y Parreño (1765-1837),
experto en agricultura y en temas fiscales, dotado de una cabeza excepcional
para el análisis de los problemas sociales. Miembro de la burguesía criolla,
Arango tuvo la fortuna de comenzar su vida de funcionario público bajo el
mandato del gobernador Luis de las Casas (1790-1796), un militar vasco, con
fama de gran estratega, que llegó a la Isla decidido a trazar caminos,
inaugurar escuelas, proteger a los más desdichados, reformar la enseñanza y
traer la modernidad a la rica colonia caribeña. Propósito que demostró en dos
realizaciones muy importantes que cambiaron el clima intelectual del país: la
creación del Papel Periódico y de la Sociedad Económica de Amigos del País,
instituciones aparecidas en 1793 a las que estuvo ligado Arango a lo largo de
su fecunda vida.
Dos curas
Uno de los campos de
batalla de aquel momento crucial fue la universidad, entonces en manos de la
Iglesia. La discusión tenía dos vertientes: qué se enseñaba y para qué se
enseñaba. Para los tradicionalistas de la época era obvio que sólo debían
enseñarse las disciplinas que confirmaban las verdades reveladas. De donde se
desprendía una conclusión obvia: el objeto de los conocimientos era servir a
un poder inmóvil que no debía ser adversado ni desmentido desde las cátedras.
La universidad era para repetir, no para cambiar. Eso era el escolasticismo,
una corriente pedagógica que hundía sus raíces en el medievo y que había hecho
escribir a los docentes de la universidad catalana de Cervera una frase tan
humilde como estúpida: “lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir”.
Los criollos y
españoles ilustrados, en cambio, tenían una idea diferente de la enseñanza.
Querían “discurrir”. No temían a las “novedades”. Había que experimentar.
Había que disentir de la visión del mundo propuesta por Aristóteles y
transmitida por la Iglesia. Las cosas y los fenómenos naturales no eran lo que
decían los libros sagrados sino lo que se podía observar y demostrar
experimentalmente. Era posible y conveniente conciliar la razón y la fe sin
temores. Y este fue el legado, primero de padre José Agustín Caballero
(1762-1835) y luego de su discípulo, el también sacerdote Félix Varela
(1787-1853).
Pero además de la
física experimental, los laboratorios, la astronomía y las matemáticas,
Caballero y Varela se adentraron en un camino más peligroso: el
constitucionalismo. Los dos habían leído a Locke con cuidado, y el inglés
resumía mejor que nadie las ventajas de someter los poderes públicos, incluido
el Monarca, al imperio de una ley justa y universal, dado que la soberanía
residía, realmente, en el pueblo, y ni siquiera el rey podía colocarse al
margen de la Constitución.
A partir de esa
convicción comenzó el calvario de Varela. Su propuesta era muy simple: los
cubanos debían acceder al autogobierno dentro de un marco constitucional que
protegiera sus derechos frente a la Corona española. Fue a España a defender
esa propuesta en el trienio liberal
-un
chispazo de libertad que hubo en la Metrópoli entre 1820 y 1823-,
y acabó condenado a muerte por un rey absolutista, Fernando VII, quien, tan
pronto recuperó el control del país decidió liquidar a todo aquel que
propusiera frenar su poder omnímodo.
Varela huyó y
comenzó su vida de cura desterrado. Poco a poco se fue convenciendo: la
independencia de la Isla era inevitable. España no dejaba otra opción si los
cubanos querían vivir con derechos y libertades amparados por una constitución
justa. Otros criollos opinaban lo mismo. En 1823 ya hay una conspiración en
toda la regla, llamada, muy románticamente, “Rayos y soles de Bolívar”,
cocinada en las logias masónicas y en las academias literarias e inspirada en
la gesta hispanoamericana. La conspiración fue descubierta y alguno de sus
cabecillas, como el poeta José María Heredia, fue condenado a destierro
perpetuo.
En blanco y negro
A partir de ese
momento, y a lo largo de todo el siglo XIX, los criollos cubanos se dividieron
en tres tendencias democráticas y liberales que pedían autogobierno
representativo, constitucionalismo, derechos individuales y libre comercio,
pero no se ponían de acuerdo en torno a un punto crucial: dentro de cuál
Estado pretendían alcanzar esas aspiraciones. Los había decididos a luchar por
lograr estos objetivos dentro de la nación española, quienes, en su momento,
se llamaron “reformistas” y luego “autonomistas”; los había persuadidos de que
sólo podrían realizarlos incorporándose a la federación estadounidense, como
una estrella más de esa bandera, los “anexionistas”; y, por último, los había
convencidos de que sólo constituyendo una república independiente era posible
que los cubanos alcanzaran una total armonía social.
Sobre los tres
grupos, y sobre los españoles “integristas” (los que pretendían que Cuba fuera
una colonia gobernada con mano dura por la Metrópoli), gravitaba un fenómeno
que enrarecía el debate y, de alguna manera, lo distorsionaba: la esclavitud
negra. ¿Qué hacer con esa institución y con la enorme masa humana sometida a
servidumbre? Por un tiempo, los criollos ilustrados, como Arango, pidieron más
cautivos para alimentar la máquina económica, y especialmente la industria
azucarera. Pero cuando se produjo la rebelión de los esclavos en el vecino
Haití, el país más próximo a Cuba, y llegaron miles de refugiados que contaban
historias atroces, los criollos
-Arango
entre ellos-
comenzaron a presentir el filo de los machetes africanos sobre sus cuellos
blancos. Fue entonces cuando se hizo obvio que aumentar el comercio de
esclavos generaba un riesgo tremendo para la clase dirigente española y para
la criolla que se proponía sustituirla. Detener “la trata” de esclavos, parar
en seco ese tráfico infame, pasó a ser la consigna general.
Las claves del
debate
En torno a esos dos
temas -autonomía,
anexión o independencia, y qué hacer con la esclavitud-
se trenzaron las querellas de los criollos y brillaron algunos de los cubanos
más destacados de la época: José Antonio Saco (1797-1879), José de la Luz y
Caballero (1800-1862), Domingo del Monte (1804-1853), Cirilo Villaverde
(1812-1894), Rafael María Mendive (1821-1886) o Juan Clemente Zenea
(1832-1871), por solo mencionar cinco nombres del medio centenar que pudieran
citarse.
A mediados del siglo
XIX comenzó a insinuarse el desenlace de estos núcleos de tensión. El general
Narciso López (1798-1851) llevó expediciones militares a la Isla y fue
ejecutado por las autoridades españolas. Entre 1861 y 1865 tuvo lugar la
Guerra Civil norteamericana y la esclavitud resultó abolida en ese país,
medida que presagiaba lo que algo más tarde sucedería en Cuba. Los reformistas
trataron sin éxito de convencer a la Corona de que otorgase libertades y
autogobierno a la “siempre fiel Isla de Cuba”. No tuvieron éxito. La
independencia parecía ser la única salida disponible.
En efecto, en 1868
comienza la primera guerra de independencia. Los criollos cubanos se saben
parte de una nación, pero todavía no han resuelto si quieren constituir un
Estado independiente. Entre los primeros alzados en armas parece predominar la
tendencia anexionista. Hay que entender la época antes de hacer juicios
anacrónicos absurdos: en 1868 Estados Unidos era el país del progreso y la
modernidad. Con el triunfo del Norte se había liquidado la esclavitud. La
Unión Americana era o parecía ser eso: una federación de estados libres que se
autogobernaban y tenían su propia constitución, sus propios legisladores y sus
propias leyes. Los cubanos anexionistas, como Ignacio Agramonte, por ejemplo,
podían conciliar perfectamente el patriotismo y la anexión a Estados Unidos.
Tres décadas y un
río de sangre más tarde, cuando fulgura el nombre de José Martí (1853-1895),
España, finalmente, fue derrotada por Estados Unidos, y, cuatro años después,
en 1902, finalmente los cubanos accedieron a la independencia. Súbitamente se
extinguieron los debates sobre el modelo de estado y, naturalmente, sobre “la
cuestión negra”, puesto que la esclavitud había sido abolida mucho antes. ¿Cuáles
eran entonces las claves del reñidero político? En general, la forma de
administrar el Estado organizado por la ocupación norteamericana, el impulso
racista por importar inmigrantes españoles para “blanquear” a la población
cubana -empeño
al que se dedicaron enérgica y exitosamente los cuatro primeros presidentes de
la República-,
paradójicamente, la irritación que causaba la creciente presencia española en
la Isla, y las relaciones con Estados Unidos, país al que se acusaba, con
razón, de injerencista, aunque los políticos cubanos no dejaban de llamar a
las puertas de Washington para arrastrar en su propio beneficio el peso del
gigantesco vecino.
Se complica el
debate
Como en el resto del
mundo occidental, el conflicto ideológico entre fascistas y comunistas llegó a
Cuba a mediados de la década de los veinte, de una manera muy clara durante el
gobierno de Machado, y se adaptó a los códigos políticos nacionales,
arrinconando las tendencias liberales sobre las que se habían constituido
primero la nación y luego la república. Es entonces cuando cobra fuerza la
“convicción revolucionaria”. ¿En qué consiste? Es la idea, un tanto mesiánica,
de que a la república vendrán a salvarlas unas personas dotadas de la buena
voluntad y del coraje que se necesita para terminar fulminantemente con las
injusticias, con la pobreza y con la corrupción. Ya nadie defiende las
instituciones y la ley para solucionar los conflictos: eso lo arreglará “la
revolución”.
Es en esa atmósfera
revuelta en la que comparecen, a veces mortalmente encontrados, los nombres
míticos de Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, Ramón Grau, Carlos Prío,
Fulgencio Batista y Eduardo Chibás. Todos invocan el sagrado nombre de la
revolución. Todos se declaran descendientes directos de los mambises. Todos
dicen continuar una revolución pendiente que tiene como referencia moral a
José Martí. En 1940, sin embargo, el país parece optar de nuevo por la
constitucionalidad republicana. Fue una ilusión. El sueño se desvanece doce
años más tarde, cuando Batista vuelve al poder mediante un golpe militar. La
mesa está servida para la aventura totalitaria de Fidel Castro. Llegará al
poder tras una insurrección corta, popular y no demasiado cruenta.
¿Alguna lección
provechosa?
Últimamente los
cubanos han vuelto a rescatar la figura del padre Varela. Es un dato
auspicioso. En Varela están las claves de la única forma de organizar
exitosamente una república: constitución, separación de poderes, derechos
individuales, tolerancia para la diversidad y sujeción al imperio de la ley.
La “convicción revolucionaria” es contraria a la arquitectura institucional
republicana, y, en consecuencia, a la convivencia armónica de las personas.
Los “varelianos”, a lo largo de la historia cubana, fueron acallados por otras
fuerzas políticas. Ahora vuelven. Ya era hora.
Mayo 20, 2003
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