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Palos dolorosos y zanahorias suculentas
Carlos
Alberto Montaner
Todavía no ha terminado la guerra de Irak. Washington
está ahora en la fase de los ajustes de cuenta. Quien respaldó a los Estados
Unidos recibe los beneficios de su postura. Quien le negó su apoyo resulta
castigado. Francia y Alemania --especialmente Francia-- son las bestias negras
de la administración de Bush, pero México y Chile también han visto enfriarse
las relaciones con el vecino americano. Fox dejó de ser el primer amigo
político del presidente tejano y pasó a convertirse en un gobernante que no
debe esperar ningún trato preferente. Chile verá cómo se retarda y obstaculiza
su alianza comercial con la economía más fuerte del planeta.
Por la punta de las gratitudes hay también grandes
beneficiados. España ha visto recompensada su solidaridad política con un
fortísimo apoyo en el terreno de la lucha contra el terrorismo. Estados Unidos,
lógicamente, no tiene recursos humanos para infiltrar a los grupos
separatistas vascos, pero es probable que la inmensa capacidad tecnológica de
su sistema de espionaje se coloque ahora al servicio de Madrid, mientras la
diplomacia del Departamento de Estado vuelca todo su peso contra los grupos
violentos que intentan destruir por la fuerza la integridad del estado español.
Para ciertos países de América Latina ha sido una
bendición el fortalecimiento de los vínculos con los Estados Unidos como
consecuencia de la solidaridad política mostrada durante el conflicto de Irak.
Este es el caso de El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Honduras y República
Dominicana, naciones que necesitan de Washington la concesión de créditos
blandos, acceso al mercado agrícola norteamericano, y, sobre todo, cierto
trato favorable a los inmigrantes ilegales avecindados en Estados Unidos,
cuyas remesas de dinero constituyen una de las mayores fuentes de ingreso de
estas débiles economías.
Pero quizás era Colombia el país al que resultaba más
perentoria la asociación con la Casa Blanca. El gobierno de Uribe está
empeñado en una lucha a muerte contra las narcoguerrillas comunistas y
anticomunistas, y Estados Unidos es el único aliado fiable capaz de
suministrar créditos, armas, adiestramiento e información militar, elementos
sin los cuales Bogotá no tiene posibilidades de ganar la batalla planteada. De
ahí la inmensa injusticia que cometían los colombianos que censuraron al
presidente Uribe cuando decidió formar parte de la gran coalición
internacional que respaldó a los Estados Unidos. En Irak no sólo se reñía la
guerra contra Saddam Hussein. En cierta medida, también estaba en juego la
batalla contra Tirofijo. Uribe entendió con gran realismo las reglas del
conflicto.
Al presidente Bush se le acusa de simplificar
excesivamente los temas internacionales. Seguramente eso es cierto, pero más
grave aún es que los cancilleres y los políticos de medio planeta,
supuestamente más refinados y complejos, no entendieran en toda su extensión
la declaración norteamericana, tras el 11 de septiembre, de ''a partir de
ahora se está a favor o en contra de los Estados Unidos''. Eso no sólo quería
decir que el mundo quedaba dividido y clasificado en aliados y adversarios,
sino que Estados Unidos utilizaría su enorme poder financiero, comercial y
militar para recompensar a quienes lo asistían o para penalizar a los que se
negaban a acompañarlo en las campañas desatadas contra sus enemigos.
En realidad, si hay algo profundamente arraigado en la
conciencia de la sociedad norteamericana es la idea de los premios y los
castigos. Probablemente tiene que ver con el intenso sentido de la
responsabilidad individual inscrito en los orígenes puritanos de la nación:
uno es responsable de sus actos. Y uno es premiado o castigado por el
resultado de sus acciones. Por eso nadie se escandaliza de que haya más de dos
millones de estadounidenses en las cárceles o de que la mayoría de los
ciudadanos respalde la aplicación de la pena de muerte ante crímenes
monstruosos. El que la hace, la paga. Desde la cuna, los norteamericanos
aprenden a admirar a los ''ganadores'' y a desdeñar a los ''perdedores''. Sus
padres, casi siempre sin saberlo, y sin haber leído una palabra de la obra de
Skinner, suelen ser ''conductistas'' que guían a los niños hacia la madurez
mediante un sistema de ''refuerzos positivos'' o ''negativos''. ¿Cómo
extrañarse, pues, de que el presidente Bush, ante un episodio crucial que
afecta la seguridad norteamericana, interprete la conducta de José María Aznar
o de Jacques Chirac dentro de las mismas claves con que aprendió a juzgar el
comportamiento ajeno y el propio? Es verdad que sus razonamientos son muy
simples. Pero también son totalmente coherentes. Al amigo, zanahorias. Al que
no lo es, palos.
Frente a esta diplomacia skinneriana puesta en práctica
por la administración de Bush, la comunidad internacional, naturalmente, puede
quejarse amargamente, pero no parece sensato ignorar sus consecuencias.
Estados Unidos, con menos del cuatro por ciento de la población mundial,
produce el veinte por ciento de los bienes y servicios generados por el
planeta, y más del cincuenta por ciento del desarrollo científico y
tecnológico. Es el cerebro y el músculo que mueve a la humanidad en una
dirección que se define dentro de su territorio. Es también el gran estómago
que consume una buena parte de la producción ajena. En consecuencia, los palos
que puede propinar duelen muchísimo. Las zanahorias, en cambio, son suculentas.
Es cuestión de elegir. Aunque sea incómodo.
Mayo 25, 2003
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