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Bush y Kirchner enfrentan la crisis
Carlos
Alberto Montaner
El presidente Bush propuso y logró una disminución
sustancial de la tasa de impuestos que pagan los norteamericanos. ¿Por qué lo
hizo? La razón última es muy simple: dotar a la sociedad de recursos
extraordinarios para que compre, ahorre o invierta. Bush intenta sacudir la
pereza económica que se observa en el país y frenar la tendencia a la
destrucción de empleos, que ya se mueve en torno al 6% de la fuerza laboral.
¿Cómo sabe Bush que esa medida va a lograr los efectos
deseados? No lo ''sabe'' con la certeza con que se explican las reglas
matemáticas. Lo supone. No lo puede asegurar, pero la experiencia demuestra, y
cito aproximadamente sus palabras, que ''cuando en algún lugar alguien gasta o
invierte, en otro lugar se fortalece la economía y una persona encuentra un
empleo''. O sea: el Presidente de los Estados Unidos reconoce humildemente que
en una economía abierta como la americana, quienes logran el milagro del
crecimiento sostenido son los ciudadanos cuando actúan libremente en el
mercado y no los planificadores del gobierno.
Hace medio siglo, cuando el británico John Maynard Keynes
dominaba el pensamiento económico occidental, la receta para salir de la
crisis hubiera sido diferente. Se hubiera recurrido al gasto público, se
habría aumentado la presión fiscal, y los burócratas hubiesen utilizado el
presupuesto oficial para asignar esos recursos a distintos sectores de la
sociedad elegidos por los economistas al servicio de la maquinaria estatal. En
aquellos tiempos, la presunción más extendida, a medio camino entre la
arrogancia y el optimismo, consistía en suponer que los expertos eran capaces
de tomar decisiones que afectaban al conjunto de la economía con mucha más
eficacia que los individuos o las empresas.
La experiencia y el análisis académico desmintieron esos
supuestos. La verdad --como la estableció la ''escuela de elección pública'' o
Public Choice para gloria del premio Nobel James Buchanan-- es que los
políticos y los burócratas no toman las decisiones guiados por impulsos
generosos teñidos de altruismo, sino en defensa de sus propios intereses
personales o partidistas. La verdad es que, con frecuencia, la intervención
del estado en las actividades económicas suele transformarse en un foco de
corrupción, clientelismo e injustas reparticiones de dinero público. Cuando el
estado decide favorecer a Juan, inevitablemente lo hace perjudicando a Pedro y
distorsionando toda la ecuación económica en detrimento de la eficiencia
general del sistema.
Lo que aprendimos a lo largo del siglo XX fue a ser
humildes y a aceptar que el mercado, con sus ganadores y perdedores, es mucho
más eficiente que la burocracia para asignar recursos. Y la razón es
comprensible: en las sociedades complejas la economía de mercado es un
vastísimo y dinámico sistema de comunicación en el que cada consumidor o
productor dispone de cierta información única y está sujeto a gustos y
necesidades particulares, y ese infinito universo, absolutamente subjetivo y
cambiante, no puede ser abarcado por ningún grupo de burócratas o políticos
decidido a lograr la felicidad colectiva.
Mientras George W. Bush, al frente de la nación más rica
y exitosa del planeta aceptaba sus limitaciones melancólicamente, en
Argentina, en el otro extremo del hemisferio, el flamante presidente Néstor
Kirchner tomaba posesión de su cargo con un discurso y un gabinete concebidos
dentro del viejo estilo intervencionista y populista propio del peronismo más
rancio: el estado recupera el polvoriento discurso nacionalista, retoma la
dirección de las actividades económicas y utilizará el gasto público para
reactivar una economía devastada por la devaluación de la moneda en más de un
300% en los últimos tres años.
Naturalmente, si el señor Kirchner persiste en ese camino
empobrecerá aún más a los argentinos, eventualmente generará una espiral
inflacionaria y hundirá unos cuantos centímetros más a ese castigado país.
Pero lo que resulta sorprendente, y en cierta medida irracional, es comprobar
la cándida estupefacción con que cierto sector del peronismo (tal vez
mayoritario) y de la clase dirigente, con el aplauso de una buena parte de los
ciudadanos, ensaya incesantemente el mismo experimento, siempre a la espera de
que los resultados alguna vez sean diferentes. ¿No aprendieron en la escuela
que cada vez que alguien acerca una cerilla encendida a una botella de
gasolina se produce un incendio? Es un insondable misterio que la misma
sociedad --culta, crítica, llena de gentes brillantes y elocuentes-- que
desprecia a sus políticos, a quienes con bastante justicia tacha de corruptos
e incapaces, y que acusa a los burócratas de administrar el estado de una
manera torpe e injusta, periódicamente les otorgue más recursos y poderes a
unos y otros, ilusionada con la creencia de que esta vez sus infinitos males
van a ser aliviados por esos mismos políticos y burócratas que previamente la
han hundido en la miseria.
Lo único interesante de este nuevo remake del drama
argentino, tantas veces visto, es tratar de anticipar quiénes van a resultar
imputados tras los próximos fracasos. ¿El imperialismo norteamericano? ¿El
Fondo Monetario Internacional? ¿El proteccionismo europeo? Da igual. A fin de
cuentas es más fácil asignar culpas que recursos.
Junio 1, 2003
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