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Chávez no cumplirá lo pactado
Carlos
Alberto Montaner
Hugo Chávez, si le conviene, firma cualquier papel que le
pongan delante. Es una vieja e inveterada costumbre. En 1992, cuando era
teniente coronel del ejército, pese a su juramento de defender las leyes
vigentes y someterse a la autoridad de la institución a la que pertenecía,
asaltó la casa presidencial y dejó decenas de cadáveres en las calles de la
capital. Ese acto terrible, al margen de la sangrienta insubordinación,
revelaba una faceta siniestra de su carácter: la mínima importancia que Chávez
les concede a los compromisos adquiridos. Las únicas lealtades que reconoce
son las establecidas con su proyecto político personal y con su peligrosísima
urgencia mesiánica. A todo eso, claro, le llama ''la historia'', como suele
suceder con los caudillos enfermos de narcisismo que no han recibido
tratamiento psiquiátrico adecuado.
Hace pocas fechas Chávez aceptó someterse al referéndum
revocatorio contemplado por la constitución venezolana, la ''bicha'' que él
mismo concibió e impuso, pero sin intenciones reales de cumplir lo pactado.
Firmó presionado por César Gaviria, Jimmy Carter y el resto de los ''amigos''
que median en el conflicto que estremece al país desde hace más de dos años.
Si se hubiera negado habría disminuido su ya mínima cuota de legitimidad
democrática. También firmó para ganar tiempo, formar cuadros y esperar el
momento de pasar a la acción.
Poco después de signar el acuerdo con la oposición le
tocó el turno al ''Grupo de Río''. Junto a otros presidentes, reunidos en
Cusco, Perú, puso su nombre al pie de un documento en el que conminaban a las
narcoguerrillas colombianas a desarmarse y se comprometían a defender
colectivamente la democracia. Pero pocas horas más tarde se desdijo,
utilizando para ello su tribuna favorita, Aló, presidente, un circo radial y
televisado cuya carpa monta semanalmente desde Caracas.
La expresión que Chávez utilizó para cancelar su
compromiso con los países del Grupo de Río es muy gráfica. Aceptó haber
firmado con ''reserva estratégica total''. ¿Qué quiere decir eso? La frase
significaba que había suscrito el texto por puro compromiso, sin la menor
intención de cumplir su contenido. Actitud, por cierto, que descubre otro
rasgo de su sicología: Chávez carece de firmeza. Prefiere engañar a discrepar.
Rehuye el enfrentamiento personal. Podía haberse negado a calzar el documento
con su nombre, pero esa posición lo hubiera llevado a un encontronazo con Lago,
Uribe o Fox, así que optó por mentir: rubricó la declaración y luego, una vez
en Venezuela, retiró su firma.
Chávez sólo va a someterse al referéndum revocatorio si
la presión internacional y nacional es de tal naturaleza que se le hace
evidente que será inexorablemente derrocado si no cumple la ley. Para evitar
que los venezolanos sean contados hará cualquier cosa. Intentará subterfugios
legales. Recurrirá a la violencia selectiva. Generará todo tipo de desórdenes
que justifiquen la declaración de ''estado de excepción'' y la suspensión
parcial o total de la constitución. ¿Por qué? Porque sabe que sería fácilmente
barrido en las urnas. El 70% de los venezolanos desea que termine la pesadilla
del peor gobierno que ha conocido el país. La devaluación de la moneda, el
desempleo y el desabastecimiento han crecido de forma asombrosa. La corrupción
y la incompetencia han llegado a cotas nunca vistas. La violencia se ha
multiplicado hasta convertir a Caracas en una de las ciudades más peligrosas
del mundo. A Chávez hoy lo rechazan los pocos ricos que quedan en la nación,
la golpeada clase media y una buena parte de los sectores más pobres. Como
consecuencia de ello, dos sentimientos dominan obsesivamente a los venezolanos:
la desesperanza y el deseo de huir.
El escritor cubano Fernando Velázquez, autor de la
formidable novela La última rumba en La Habana, recordaba recientemente la
tremenda frase de Bolívar: ''La única cosa que se puede hacer en América es
emigrar''. ¿Es eso cierto en el caso venezolano? No... todavía. Chávez, no hay
duda, pretende continuar desmantelando paulatinamente el estado de derecho,
mientras deliberadamente arruina al sector empresarial --es así como
desarrolla su proyecto revolucionario--, pero es posible que ese peculiar
camino no conduzca hacia una variante de la dictadura comunista, como sueña el
antiguo golpista, sino a un caos generalizado en el que la república
prácticamente se paralice como consecuencia de la desobediencia casi total de
las instituciones públicas, incluidas las fuerzas armadas.
Cuando se llegue a ese punto, y ante el riesgo de perder
el poder, Chávez y la línea dura de su movimiento armarán y encuadrarán a sus
partidarios en brigadas especiales, y, unidos a la facción militar más radical
--la que está más cerca de Castro, cuidadosamente cultivada por los servicios
cubanos--, intentarán la revolución total mediante actos de represión masivos
encaminados a intimidar y someter a la sociedad a cualquier precio. Chávez lo
advirtió en su entusiasmada carta de marzo de 1999 al terrorista Ilich Ramírez
Sánchez, el Chacal, preso en París acusado de decenas de crímenes: ``Todo
tiene su tiempo: de amontonar piedras o de lanzarlas''.
Chávez las está amontonando. Cuando llegue el momento las
lanzará todas sin ninguna compasión.
Junio 8, 2003
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