La llama se extingue
Carlos Alberto Montaner
En Ecuador, un brillante ingeniero ha formulado una
original hipótesis sobre el origen y funcionamiento del universo. Se llama
Antonio Mortensen, estudió en Notre Dame, en Estados Unidos, y ha dedicado
casi toda su ya larga vida a observar la naturaleza y a sacar sus propias
conclusiones. Tiene, pues, la frescura de los pensadores griegos que hace
veinticinco siglos se asomaron al mundo con una mezcla de curiosidad y
audacia intelectual cuyos efectos llegan hasta nuestros días y le dan forma
a nuestra manera de entender la realidad.
Pese a ser notables sus reflexiones físicas y
metafísicas --es un tema en el que materia y espíritu se mezclan--, lo más
trascendente de su obra no es, sin embargo, teórico, sino práctico:
Mortensen comenzó mirando las estrellas y acabó fundando una asombrosa
escuelita, a la que puso por nombre ''La llama del Valle''. ''Llama'',
porque en la naturaleza del fuego, de acuerdo con su teoría, se resume la
esencia del universo: una inmensa onda, un punto inicial, un punto final y
un eje que los une; del ''valle'' porque la pequeña institución está situada
en el Valle de Chillo a 17 kilómetros de Quito.
¿Qué sucede en ese mínimo plantel de enseñanza
elemental al que apenas concurren tres docenas de muchachas y muchachos?
Algo que debió suceder en la Atenas de Platón y Aristóteles: los jóvenes
sueltan su imaginación sin ningún límite. Mortensen les imparte su
explicación sencilla sobre la unidad íntima del universo y los deja razonar
y llegar a sus propias conclusiones. Su idea de la capacidad potencial de
los niños es la que le atribuyen a Salvador Dalí: ``Todos nacen genios,
pocos sobreviven a la escuela''.
El resultado de este método pedagógico es
extraordinario: los niños, antes de los 10 años, despejan ecuaciones
complejas, manejan logaritmos y son capaces de explicar conceptos de la
física que usualmente emplean estudiantes que les doblan la edad. ¿Cómo
puede suceder este ''milagro'' educativo? Porque el aprendizaje no está
basado en la memoria ni en la repetición, sino en el asombro y la
comprensión inteligente. Los niños se ''maravillan'' con lo que van
descubriendo y ese impacto psicológico deja en ellos una huella permanente.
Hay una inversión del proceso convencional educativo. Mientras,
tradicionalmente, los niños memorizan para aprender, en el método de
Mortensen los niños aprenden y esa experiencia se graba en la memoria de
manera automática y contribuye a facilitar otros razonamientos aledaños.
Es curioso que Ecuador, país cuyo sistema de educación
pública es muy deficiente, no preste atención a un fenómeno tan importante
que sucede dentro de sus propias fronteras. ¿No es obvio que la lucha contra
la pobreza y el alivio de los grandes males que aquejan a nuestras
sociedades comienzan con un gran esfuerzo educativo? Tal vez bastarían un
par de generaciones de muchachos salidos de las aulas escolares llenos de
creatividad y energía para cambiar radicalmente el pobre desempeño económico
y social de estos países.
Al fin y al cabo, uno de los hallazgos más interesantes
de la pedagogía moderna es que no hay nada más importante que los métodos de
enseñanza para obtener buenos o malos resultados. El número de estudiantes
por aula, la inversión por alumno o la calidad de los libros de texto son
factores que tienen algún peso, pero ninguno alcanza la trascendencia del
método empleado para transmitir los conocimientos y, claro, al dominio que
el maestro tenga del método que emplea. Esto se comprueba en países como
Corea del Sur o Taiwan, donde el nivel promedio que alcanzan los estudiantes
de matemáticas es muy superior al que se logra en Estados Unidos o Canadá,
pese a que estas naciones asiáticas sólo invierten la tercera parte per
cápita de lo que gastan las dos grandes potencias de América.
Es obvio, finalmente, que esta crónica tiene algo de
SOS. Yo no conozco personalmente al señor Mortensen, pero tuve noticias de
su obra, leí algunos de sus papeles, vi un breve reportaje sobre su pequeña
escuela y quedé muy impactado. Pregunté qué edad tenía y me respondieron que
mediaba los setenta. Entonces sentí cierta angustia. Era inevitable que en
pocos años ese exitoso experimento educativo desaparecería sin apenas dejar
huella. Primero se extinguiría la llama vital de Antonio Mortensen. Pocos
años más tarde, seguramente, se extinguiría ''La llama del Valle''. Y todos,
quien sabe si el universo completo, sin darnos cuenta, habríamos perdido
mucho.