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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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Visita a Agustín Tamargo

Carlos Alberto Montaner

Hace unos cuantos meses yo convalecía en un apartamento de Key Biscayne que me había prestado mi amigo Mario Triay y su encantadora mujer. Agustín Tamargo conoció el episodio y le pidió a Juan Manuel Cao --uno de los grandes reporteros de la televisión hispana que pronto se dará a conocer como un excelente novelista-- que lo llevara a verme, violentando en alguna medida su legendario horror por las normas sociales convencionales. Agustín, que es una persona pudorosa y más tímida de lo que parece, quería testimoniarme su afecto, darme ánimo --esto lo deslizó amablemente en la conversación-- y recordarme que estamos al final de la pesadilla castrista. Aunque ''morirse es una costumbre que suele tener la gente'', como afirma la milonga, no parecía una buena idea dar ese paso antes de contemplar ''el día grande de soltar a los prisioneros'', como creo que escribió Andrés Eloy Blanco.

Le agradecí mucho el gesto, la conversación grata y extensa --revisamos desde la historia de la primera república hasta el sionismo, dos pasiones que compartimos-- y estoy seguro de que, cuando se marchó, yo me sentía mejor. Las penas, como en la canción de Sindo Garay, ya no me mataban.

Quiero devolverle la visita a Tamargo, ahora que es él quien ''cancanea'', pero deseo hacerlo a través del papel impreso. A fin de cuentas, aunque nos conocemos y apreciamos desde hace más de cuarenta años, y aunque le debo un centenar de gestos amables, el lugar en que más tiempo hemos convivido y dialogado es esta plaza amable y soleada, no exenta de discusiones, como debe ser, que todos los domingos Araceli Perdomo monta con enorme rigor en las dos páginas de ''opiniones'' de El Nuevo Herald, y a la que también suele concurrir Luis Aguilar León con su inacabable dosis de ingenio y cultura.

Confieso que antes de releer mi propia columna --un gesto de amor propio al que se someten todos los periodistas-- busco la de Agustín. Siempre he admirado su prosa rápida y al grano, tal vez un reflejo de la velocidad de su palabra, como puede constatar cualquiera de sus millares de oyentes. Estilo que la radio anuncia con el título mismo de sus editoriales: ''Al pan, pan, y al vino, vino''. Nada de eufemismos ni circunloquios. Nada de dorar la píldora. ¿Por qué esa prisa? Porque Agustín siempre tiene algo novedoso que decir, aunque el sempiterno tema sea la dictadura cubana o alguna nueva fechoría del infatigable comandante.

Hace treinta años que me di cuenta del raro talento de Agustín para encontrar el ángulo original que nadie había visto en el asunto que todos habíamos visitado, y al que parecía imposible extraerle una gota más de jugo. Por aquellas fechas circulaba entre los exiliados una antología de los textos periodísticos de Tamargo publicada bajo el pendenciero título de Furias e improperios, supongo que inspirado en el Contra esto y aquello de Unamuno. Si uno leía los artículos sin reparar en los matices, inevitablemente advertía la agilidad del lenguaje, la pasión del autor, el contenido ético y la buena gramática, pero si afilaba cuidadosamente la mirada siempre encontraba, además, argumentos sutiles, atinadas asociaciones históricas y un punto de vista inteligente. Era imposible pedirle más a un articulista.

Pero hay otra virtud aún más rara en este gran exponente del mejor periodismo cubano: la cordialidad cívica. Tamargo es siempre respetuoso, incluso con quienes le parecen equivocados. Eso se agradece. Ni hace ni contesta ataques personales. No pierde el tiempo en el intercambio de insultos, y puede cultivar un amplísimo abanico de amistades diversas que van desde figuras formadas en el fragor de la ya casi borrosa república, como Rolando Masferrer, Tony Varona o Rafael Díaz-Balart hasta Rafael Rojas, Emilio Ichikawa y Ramón Colás, cubanos jóvenes y brillantes criados a la teta marxista que tuvieron el coraje de pensar con sus cabezas, enfrentarse a la dictadura y partir al destierro. Tamargo, que no conoce la envidia ni la vanidad, sólo exige un requisito: el talento. Cuando hay inteligencia detrás de la palabra, entrega su amistad sin condiciones.

¿Qué más decir de este hombre singular y bueno? Muchas cosas, pero no hay espacio y lo más importante, Agustín, es devolverte la observación que, con mucha elegancia, me hiciste recientemente: estamos al final de un largo y doloroso proceso que tú conoces como nadie.

Debes llegar a Cuba, Agustín, con esa rica experiencia tuya, hecha de muchos aciertos y unos cuantos yerros --como nos sucede a todos--, a ponerle el hombro a la aventura de recoger los escombros, recuperar la libertad y ayudar a las nuevas generaciones a que rehagan la patria, consuelen a los desvalidos y empiecen una nueva andadura. Los que lleguen, Agustín, y los que están, van a necesitar esa voz honrada e insobornable que censura sin miedo lo que está mal o abraza con entusiasmo la obra bien hecha. Siempre es útil, Agustín, quien le llama pan al pan y vino al vino. Pero mucho más cuando lo hace pensando en Cuba ayer, en Cuba hoy y en Cuba siempre.

Abril 18, 2004

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