Visita a Agustín Tamargo
Carlos Alberto
Montaner
Hace unos cuantos meses yo convalecía en un apartamento
de Key Biscayne que me había prestado mi amigo Mario Triay y su encantadora
mujer. Agustín Tamargo conoció el episodio y le pidió a Juan Manuel Cao --uno
de los grandes reporteros de la televisión hispana que pronto se dará a
conocer como un excelente novelista-- que lo llevara a verme, violentando en
alguna medida su legendario horror por las normas sociales convencionales.
Agustín, que es una persona pudorosa y más tímida de lo que parece, quería
testimoniarme su afecto, darme ánimo --esto lo deslizó amablemente en la
conversación-- y recordarme que estamos al final de la pesadilla castrista.
Aunque ''morirse es una costumbre que suele tener la gente'', como afirma la
milonga, no parecía una buena idea dar ese paso antes de contemplar ''el día
grande de soltar a los prisioneros'', como creo que escribió Andrés Eloy
Blanco.
Le agradecí mucho el gesto, la conversación grata y
extensa --revisamos desde la historia de la primera república hasta el
sionismo, dos pasiones que compartimos-- y estoy seguro de que, cuando se
marchó, yo me sentía mejor. Las penas, como en la canción de Sindo Garay, ya
no me mataban.
Quiero devolverle la visita a Tamargo, ahora que es él
quien ''cancanea'', pero deseo hacerlo a través del papel impreso. A fin de
cuentas, aunque nos conocemos y apreciamos desde hace más de cuarenta años,
y aunque le debo un centenar de gestos amables, el lugar en que más tiempo
hemos convivido y dialogado es esta plaza amable y soleada, no exenta de
discusiones, como debe ser, que todos los domingos Araceli Perdomo monta con
enorme rigor en las dos páginas de ''opiniones'' de El Nuevo Herald, y a la
que también suele concurrir Luis Aguilar León con su inacabable dosis de
ingenio y cultura.
Confieso que antes de releer mi propia columna --un
gesto de amor propio al que se someten todos los periodistas-- busco la de
Agustín. Siempre he admirado su prosa rápida y al grano, tal vez un reflejo
de la velocidad de su palabra, como puede constatar cualquiera de sus
millares de oyentes. Estilo que la radio anuncia con el título mismo de sus
editoriales: ''Al pan, pan, y al vino, vino''. Nada de eufemismos ni
circunloquios. Nada de dorar la píldora. ¿Por qué esa prisa? Porque Agustín
siempre tiene algo novedoso que decir, aunque el sempiterno tema sea la
dictadura cubana o alguna nueva fechoría del infatigable comandante.
Hace treinta años que me di cuenta del raro talento de
Agustín para encontrar el ángulo original que nadie había visto en el asunto
que todos habíamos visitado, y al que parecía imposible extraerle una gota
más de jugo. Por aquellas fechas circulaba entre los exiliados una antología
de los textos periodísticos de Tamargo publicada bajo el pendenciero título
de Furias e improperios, supongo que inspirado en el Contra esto y aquello
de Unamuno. Si uno leía los artículos sin reparar en los matices,
inevitablemente advertía la agilidad del lenguaje, la pasión del autor, el
contenido ético y la buena gramática, pero si afilaba cuidadosamente la
mirada siempre encontraba, además, argumentos sutiles, atinadas asociaciones
históricas y un punto de vista inteligente. Era imposible pedirle más a un
articulista.
Pero hay otra virtud aún más rara en este gran
exponente del mejor periodismo cubano: la cordialidad cívica. Tamargo es
siempre respetuoso, incluso con quienes le parecen equivocados. Eso se
agradece. Ni hace ni contesta ataques personales. No pierde el tiempo en el
intercambio de insultos, y puede cultivar un amplísimo abanico de amistades
diversas que van desde figuras formadas en el fragor de la ya casi borrosa
república, como Rolando Masferrer, Tony Varona o Rafael Díaz-Balart hasta
Rafael Rojas, Emilio Ichikawa y Ramón Colás, cubanos jóvenes y brillantes
criados a la teta marxista que tuvieron el coraje de pensar con sus cabezas,
enfrentarse a la dictadura y partir al destierro. Tamargo, que no conoce la
envidia ni la vanidad, sólo exige un requisito: el talento. Cuando hay
inteligencia detrás de la palabra, entrega su amistad sin condiciones.
¿Qué más decir de este hombre singular y bueno? Muchas
cosas, pero no hay espacio y lo más importante, Agustín, es devolverte la
observación que, con mucha elegancia, me hiciste recientemente: estamos al
final de un largo y doloroso proceso que tú conoces como nadie.
Debes llegar a Cuba, Agustín, con esa rica experiencia
tuya, hecha de muchos aciertos y unos cuantos yerros --como nos sucede a
todos--, a ponerle el hombro a la aventura de recoger los escombros,
recuperar la libertad y ayudar a las nuevas generaciones a que rehagan la
patria, consuelen a los desvalidos y empiecen una nueva andadura. Los que
lleguen, Agustín, y los que están, van a necesitar esa voz honrada e
insobornable que censura sin miedo lo que está mal o abraza con entusiasmo
la obra bien hecha. Siempre es útil, Agustín, quien le llama pan al pan y
vino al vino. Pero mucho más cuando lo hace pensando en Cuba ayer, en Cuba
hoy y en Cuba siempre.
Abril 18, 2004