España y el antiamericanismo
Carlos Alberto Montaner
De
acuerdo con las encuestas, España es el país más antiamericano de Europa. En
consecuencia, la estrategia electoral de los socialistas españoles durante
los recientes comicios al Parlamento Europeo se basó en tratar de demostrar
que sus adversarios conservadores eran pronorteamericanos. Ellos, en cambio,
se presentaban como los campeones de un paneuropeísmo hostil a Washington,
supuestamente encabezado por Francia y Alemania.
El
origen de esta percepción negativa está en la intensa campaña desatada por
la derecha española en el siglo XIX, cuando se identificaba a Estados Unidos
como un país protestante, malvado heredero de la ''pérfida Albión'',
materialista, masón, inculto, dominado por los ''salchicheros de Chicago'' o
por la ''banca judía''. A ese ridículo estereotipo, reforzado tras la guerra
de 1898 y parcialmente vigente hasta hoy, a partir de la revolución
bolchevique de 1917 se sumó la visión marxista, y comenzó a describirse a
Estados Unidos como un desalmado conjunto imperial de empresas
multinacionales dedicadas a la explotación de los países débiles y al saqueo
de los trabajadores.
Una
elocuente muestra de esa operación de pinzas antiamericana se dio en 1952,
cuando dos talentosos cineastas españoles, Luis G. Berlanga y Juan Antonio
Bardem, coescribieron y codirigieron una graciosa sátira contra Estados
Unidos titulada Bienvenido Mr. Marshall, exhibida con mucho éxito en
el Festival de Cannes de ese año ante los sorprendidos ojos de Edward G.
Robinson, jurado en el certamen. Berlanga había sido un soldado voluntario
en la División Azul que la España de Franco envió a pelear junto a los nazis
y contra los soviéticos en el frente ruso, mientras Bardem era un joven
comunista de la cuerda de Stalin. Tenían dos ideologías divergentes,
pero se unían en el rechazo a Estados Unidos.
En la
película se criticaba que Estados Unidos no ayudara a la España de Franco,
pero poco después la izquierda española censuraba al gobierno de Eisenhower
que, por aquellas fechas, presionado por la guerra fría, ponía fin al
bloqueo internacional impuesto a España tras la Segunda Guerra, le
franqueaba el ingreso a Naciones Unidas --hasta entonces vedado-- y
establecía acuerdos con Madrid para crear bases militares de ocupación
conjunta desde las que se defendía el Mediterráneo occidental.
La
verdad es que, contrario a la opinión de la izquierda, el acercamiento entre
los norteamericanos y el franquismo contribuyó decisivamente a la posterior
democratización y desarrollo de España. Los militares españoles, vencedores
de la guerra civil, mayoritariamente adscritos al fascismo, recibieron la
influencia de los militares norteamericanos, formados en el culto por los
valores democráticos, lo que se convirtió en un ensayo general para la
posterior entrada de España en la OTAN. Por otra parte, los economistas y
funcionarios del franquismo, entonces sumergidos en los mitos fascistas del
nacionalismo económico, la autarquía y la economía estatista y planificada,
como ordenaba la ideología propia del socialismo de derecha, tuvieron acceso
a la perspectiva norteamericana basada en el libre mercado y la apertura al
exterior.
Finalmente, en 1959, de la mano de John David Lodge, embajador
norteamericano en Madrid, España entró en el Fondo Monetario Internacional
(FMI) y en el Banco Mundial, y, guiados por los expertos del FMI,
abandonaron las viejas teorías fascistas e iniciaron una apertura económica
capitalista a la que llamaron ''plan de estabilización'', cambio que en poco
tiempo provocó lo que casi enseguida comenzó a llamarse el ''milagro
español''. Simultáneamente, las universidades norteamericanas instaladas en
España les abrieron sus puertas a intelectuales antifranquistas expulsados o
excluidos de sus cátedras, como los filósofos Julián Marías y José Luis
Aranguren o el político socialista Enrique Tierno Galván.
Es
injusto, pues, atribuirle a Estados Unidos un tipo de complicidad con el
franquismo que supuestamente retardó el establecimiento de la democracia.
Por el contrario, es muy probable que la vocación democrática del rey Juan
Carlos, vital durante la transición, haya sido reforzada por su personal
actitud muy pronorteamericana. Y es seguro que, tras la muerte de Franco,
cada vez que Washington tuvo la oportunidad de hacer sentir su peso lo hizo
en la dirección de propiciar la incorporación de España a los mecanismos
internacionales integrados por naciones democráticas, ya fuere la Unión
Europea o la OTAN, dado que los diplomáticos norteamericanos vivían
convencidos de que Ortega y Gasset tenía razón cuando afirmaba que ``España
era el problema y Europa la solución''.
Es un demagógico error de los
socialistas insistir en el antiamericanismo como fórmula de atraer
electores. De la misma manera que los políticos conservadores --al menos la
cúpula dirigente-- enterraron sus viejas fobias contra Washington, la
izquierda democrática española debería reconocer que es absurdo continuar
atacando a un aliado vital en todos los terrenos. Es hora de que entiendan
que vivimos en un espacio económico y cultural absolutamente
interrelacionado, en el que a todos nos favorecen los éxitos del otro y nos
perjudican sus fracasos. Deben comprender que ser antiamericano es también
una forma de ser antiespañol, como ser antieuropeo es una tonta manera de
ser antiamericano.
Junio 13, 2004.