La
resurrección de Guayaquíl
Carlos Alberto Montaner
Guayaquil, Ecuador, han instalado murales en los grandes pilares de
concreto que sostienen los elevados. La idea es hermosa, pero lo más
sorprendente no es eso, sino que no los han embarrado con grafitos o con
mensajes idiotas. ¿Por qué? Porque en esa ciudad está ocurriendo un rarísimo
fenómeno, muy poco frecuente en América Latina: ha surgido una especie de
orgullo citadino, un patriotismo urbano que lleva a los moradores a cuidar
el entorno como algo que les pertenece. Nadie pinta un letrero clandestino
en la pared de la casa propia.
Tal vez la única identidad posible es ésa: la polis que decían los
griegos. Se ama (o se odia) a New York y a Boston, a San Francisco y a París.
La nación es demasiado abstracta. Los habitantes de Praga y de Florencia
sienten unos secretos vínculos con esas bellísimas ciudades mucho más
fuertes que los que los atan a la República Checa o a Italia. Yo no puedo
pensar en Cuba. Pienso en La Habana de mi juventud, con sus fachadas
luminosas y sus zaguanes oscuros, y de pronto cierto olor a salitre me
taladra la memoria. Tampoco España me cabe en la cabeza: son los rincones de
Madrid, mi otra ciudad, lo que recuerdo.
Hace veinte años, cuando visité Guayaquil por primera vez, no me pareció
una ciudad bonita. La encontré sucia y desordenada. Sufría una sobrecogedora
pobreza, y me resultó increíble que una buena parte de los detritus humanos
o de las basuras se vertieran al Guayas, un caudaloso río que la incuria de
los políticos y la indolencia de la ciudadanía habían convertido en un
pestilente desaguadero, cuando era obvio que debía haber sido el punto focal
de la parte más noble de la ciudad, como el Sena en París o el Támesis en
Londres.
Ese panorama ha dado un vuelco asombroso. En las orillas del río hoy se
construye un bellísimo paseo. La parte antigua ha sido casi totalmente
restaurada. Los cables de la electricidad se colocaron bajo tierra, se
asfaltaron las calles y se limpiaron los lugares infectos. Crearon o
reconstruyeron parques y jardines. Rescataron barrios olvidados y
reinventaron otros. De lo que fue un popular mercado de alimentos se sacaron
nada menos que seis camiones de ratas muertas. Por millares, comenzaron a
trasladar a las familias más pobres desde sus tugurios de ladrillo y latón a
unas pequeñas casas prefabricadas con hormigón, dotadas de electricidad,
agua corriente y alcantarillado, vendidas a los nuevos e ilusionados
propietarios por unos seis mil dólares que pagarán a lo largo de 15 años con
intereses muy bajos. Tendrán, eso sí, que someterse a un acuerdo inflexible:
deberán cuidarlas y cuidar el entorno si desean mantenerlas.
¿Cómo se ha llevado a cabo esta metamorfosis, no sólo de la ciudad, sino
de la psicología de sus habitantes? Ha sido la obra de dos funcionarios
enérgicos y competentes, León Febres Cordero (1992-2000) --también ex
presidente del país--, y Jaime Nebot, alcalde desde hace cuatro años.
A lo largo de doce años consecutivos estos dos políticos reorganizaron
totalmente el funcionamiento de la ciudad, la libraron de un ejército de
burócratas ociosos, y privatizaron o concesionaron a empresas privadas
muchos de los servicios estatales, hasta cambiar radicalmente las
proporciones habituales del gasto público: un 85% iría a inversiones nuevas
o mantenimiento de las antiguas, y sólo un 15 a salarios y gastos corrientes.
¿Resultado? Nebot es el único alcalde latinoamericano que he visto con un
respaldo del 90% de los electores en el último año de su mandato. Lo
aplauden cuando pasea por las calles.
Adonde quiero llegar es a lo
siguiente: la asombrosa transformación de Guayaquil pudiera y debiera ser el
punto de partida de una regeneración similar en todo el mapa urbano
latinoamericano. Si lo hicieron los guayaquileños, ¿por qué no los otros? Es
muy complicado reformar una nación --su constitución, sus poderes
independientes, sus intereses contrapuestos--, pero revitalizar las ciudades,
modernizarlas, y convertirlas en lugares gratos para vivir es algo que está
al alcance de las autoridades locales si tienen las ideas claras, la energía
y el deseo de servir.
Es muy importante que eso se haga, porque el mayor problema político de
América Latina se deriva de la permanente irritación de los latinoamericanos
con el ineficiente estado en el que viven. Tal vez el punto de partida para
arreglar el país sea comenzar por poner la ciudad en orden. Acaso la
reconciliación de los latinoamericanos con el estado comienza por volverse a
enamorar de sus ciudades.
Agosto 15, 2004.