Miami o la provincia más próspera de Cuba
Publicado en la
edición española de LETRAS LIBRES, septiembre 2004, año III, número 36
Carlos Alberto Montaner
En mayo pasado el general Colin Powell,
a nombre del Departamento de Estado, le entregó al presidente Bush un
proyecto de 500 páginas en el que se describe cómo acelerar la caída de
Fidel Castro y qué hay que hacer para lograr una transición exitosa hacia la
democracia y la prosperidad. Evidentemente, estamos en un año electoral y el
objetivo de este documento era cortejar el voto cubano, fundamentalmente en
el estado de Florida. Entre las propuestas de Powell estaba limitar el
número de viajes que pueden realizar los cubano-americanos a la Isla o la
cantidad de dólares autorizados a remitir a sus familiares. La tónica
general del texto rezumaba firmeza y hostilidad frente al régimen de Castro.
Era pura “línea dura” dentro de lo que puede calificarse como “medidas de
aislamiento”.
En junio, John Kerry respondió. Comenzó
por reafirmar su rechazo a la dictadura cubana y su decisión de no
normalizar las relaciones diplomáticas con La Habana, y aclaró que pensaba
mantener el embargo comercial. No obstante, criticó las limitaciones a los
viajes de los cubano-americanos propuesta por Powell, o las reducciones a
las cuotas de envío de ayuda familiar. Según el candidato de los demócratas,
este tipo de contacto interpersonal debilita a la dictadura. Su
anticastrismo, pues, se inscribe en lo que en Washington llaman “engagement”.
Bush pretende acabar con Castro y cambiar el régimen cubano mediante un
empujón vigoroso. Kerry se propone alcanzar el mismo objetivo mediante un
abrazo asfixiante. Presumiblemente, Castro prefiere que lo abracen antes de
que lo empujen, aunque la elección sea más o menos como tener que escoger
entre el cáncer y la tuberculosis. El cáncer es peor, pero no hay nada grato
en la tuberculosis.
El voto cubano
Más allá de la discusión estratégica
sobre cómo enfrentarse a una dictadura que ha sobrevivido casi medio siglo y
ha visto pasar a una decena de diferentes inquilinos por la Casa Blanca,
resulta muy interesante la importancia que ambos candidatos conceden al voto
cubano. ¿Por qué? Porque en las elecciones del año 2000 la Florida ―el
cuarto estado de la nación― se decidió por 537 votos y le dio la presidencia
a los republicanos. Y este año, cuando el país vuelve a dividirse en mitades
idénticas, es muy probable que se repita una circunstancia parecida.
En realidad, el voto cubano es escaso.
Entre los exiliados y sus descendientes, los cubanos apenas exceden los dos
millones de personas, de las que sólo unas 800 000 votan en los comicios
generales. De esos electores, la mayor parte prefiere a los republicanos,
mas la proporción depende del candidato. Reagan en 1980 obtuvo el 93% del
voto cubano, pero George Bush (padre) en 1992 sólo el 60. Bush hijo, en
cambio, en el 2000 elevó ese porcentaje al 75. El objetivo de Kerry es
reducirlo al 60 y ganar Florida, un estado en el que gobierna Jeb, el
hermano del presidente, pero en el que republicanos y demócratas cuentan
aproximadamente con el mismo número de simpatizantes.
En todo caso, el peso político de los
cubanos es desproporcionadamente alto en Washington. Con cuatro congresistas
―tres republicanos en el sur de Florida y un importante demócrata en New
Jersey, tercero en la jerarquía de su partido en el Congreso―, a los que
acaso se sume un senador por Florida, Mel Martínez, quien sería el único
hispano en la cámara alta, los cubanos constituyen una de las más
influyentes minorías en la nación americana, fenómeno que hoy se hace
evidente en la formulación de la política norteamericana contra Castro, y
que, sin duda, también pesará cuando comience la transición en la Isla.
La provincia más rica de Cuba
La gran ironía es que Castro hizo una
revolución comunista para alejar totalmente a Cuba de su vecino
norteamericano, pero ha logrado exactamente lo opuesto. Hoy el 20% de la
población cubana vive en Estados Unidos, las remesas de los exiliados a sus
familiares se han convertido en la principal fuente de divisas que recibe la
Isla, las 20 000 visas de inmigrantes que anualmente concede Washington es
casi la única forma de alivio político a la desesperanza generalizada que
sufre la sociedad cubana, y los exportadores de alimentos norteamericanos
son los principales abastecedores de la pobre despensa cubana.
Los cubanos que permanecen en la Isla,
además, han aprendido una perversa lección: mientras ellos viven en medio de
miserias y carencias, marginados de los buenos hospitales, hoteles y
restaurantes, donde las transacciones sólo se realizan en dólares y con
extranjeros, los familiares que se fueron a Estados Unidos y ahora regresan
como turistas tienen todos los privilegios, incluido el de haberse
convertido en apetecidos y no tan oscuros objetos del deseo sexual de los
cubanos, dado que no hay nada más erótico para un súbdito de Castro que una
persona portadora de un pasaporte norteamericano, alfombra voladora capaz de
rescatarlo de la incuria en la que vive.
Naturalmente, cuando Castro y el
comunismo hayan desaparecido de la Isla, los lazos entre la comunidad
cubano-americana y la sociedad de donde proceden darán un giro de 180 grados
en la dirección de una mayor interrelación. Decenas de miles de
cubano-americanos tendrán en la Isla una segunda casa, y muchos crearán
pequeñas, medianas y hasta grandes empresas. El sur de la Florida será
entonces un espacio económico en gran medida cubano, en el que los recursos
y las necesidades de ambas zonas encontrarán diversas formas de
colaboración.
Cuba, por ejemplo, con casi 70 000
médicos y un buen nivel de desarrollo sanitario, tiene el potencial adecuado
para poder solucionar las necesidades de cientos de miles de floridanos que
no pueden pagar los altos costos de la medicina norteamericana, pero que
estarían dispuestos a viajar a noventa millas de Cayo Hueso a recibir
atención médica. Algo parecido a lo que sucedería con los jubilados del sur
de la Florida: una pensión mensual promedio de $900 dólares apenas alcanza
para subsistir en Florida, pero en Cuba se convertiría en un ingreso de
clase media alta, lo que permite asegurar que el país, una vez encaminado en
la dirección de la democracia y la estabilidad, contará con una enorme
población de “seniors citizens” que hablarán en español, pero cobrarán en
inglés.
¿Enmienda Platt o todo lo contrario?
Ante esta circunstancia ―creada,
insisto, por la irresponsabilidad minuciosa de Castro―, el gobierno de La
Habana amenaza a los cubanos con que, si termina el comunismo, la Isla sería
víctima de la anexión por parte de Estados Unidos, o Cuba se convertiría en
una especie de protectorado norteamericano, como ocurrió entre 1902 y 1934,
cuando Washington, en virtud de la llamada “Enmienda Platt”, impuesta a la
República en el momento de su creación, se reservaba el derecho de
intervenir militarmente en el país si peligraba el orden público.
Pero es al revés. Lo que hoy sucede no
es que Estados Unidos tiene y puede ejercer una influencia arrolladora sobre
Cuba, sino que los cubanos, por las características peculiares de la
democracia norteamericana, que dota a las minorías de poder, han alcanzado
un notable peso en la sociedad norteamericana. Si hoy Bush y Kerry se ven
obligados a someter su estrategia cubana a los electores cubano-americanos
es, precisamente, porque la Isla dejó de ser un elemento de la política
exterior de Estados Unidos y el Departamento de Estado no puede contemplar
lo que allí sucede con el ademán imperial con que se trata a los
protectorados.
Lo que estamos viendo, en cierta forma,
es otra expresión de la globalización, que no es privativa de los cubanos.
Los veinticinco millones de méxico-americanos ejercen cierto tipo de
influencia política y económica en Estados Unidos y en México. Algo parecido
a lo que sucede con los dominicanos, colombianos y puertorriqueños
avecindados en Estados Unidos con relación a sus países de origen.
Nada de esto, por supuesto, significa
que Estados Unidos desea “anexar” a los países latinoamericanos que poseen
grandes grupos de inmigrantes en territorio norteamericano. Si algo aterra a
la sociedad norteamericana a principios del siglo XXI es la pesadilla de
absorber otros territorios y otras sociedades. Por el contrario: Estados
Unidos, con cierto nerviosismo, también está aprendiendo a manejar una
situación que en alguna medida ha sorprendido al país y ha provocado
reacciones de temor como la expresada por el profesor Samuel Huntington. Hoy
la población hispana, calculada en treinta y ocho millones, alcanza al 12%
del censo, pero a mediados del siglo XXI llegará a los 100 millones de
personas, y uno de cada cuatro estadounidenses tendrá ese origen. En ese
momento los norteamericanos “blancos” ya no constituirán la mayoría y
deberán conformarse con ser la minoría más numerosa.
Para los cubanos, francamente, este
fenómeno es tremendamente auspicioso. Contar con una próspera “provincia
virtual” cubano-americana instalada en la nación más rica y poderosa de la
tierra, a sólo veinte minutos de vuelo desde La Habana, tiene muchas más
ventajas que inconvenientes. Se multiplicarán los lazos económicos,
comerciales, académicos, científicos y técnicos. Tener acceso al mercado
norteamericano o al TLC ―México y Canadá incluidos― será una bendición para
los exportadores y los importadores cubanos. Poseer relaciones políticas e
influencia en Washington será una garantía de que los intereses de los
cubanos no serán ignorados. Pero para que todo eso suceda, y para que las
relaciones entre Estados Unidos y Cuba den sus mejores frutos, primero
Castro tiene que pasar a mejor vida. Cuando eso ocurra, los cubanos también
pasarán a mejor vida. Sólo que de este lado de la barrera.