La
venezualización
de
Uruguay
Carlos Alberto Montaner
El próximo 31 de octubre la
mayoría de los uruguayos puede cometer un error fatal. En esa fecha, según
todas las encuestas, Tabaré Vázquez, un médico oncólogo de trato y sonrisa
amables, popular ex alcalde de Montevideo, debe ganar holgadamente la
primera vuelta. Es posible, incluso, que sobrepase el 50 por ciento de los
votos y sea declarado presidente sin más trámite.
¿Dónde está el peligro? El problema no
es Vázquez sino quienes lo rodean. Vázquez preside el Frente Amplio, una
coalición de grupos de izquierda en la que sobresalen los tupamaros, hoy una
organización política de corte marxista y fiero radicalismo oral. En los
años sesenta los tupamaros, alentados desde Cuba, recurrieron al terrorismo,
los secuestros y los asesinatos. Con bastante justicia, se les acusa de
haber provocado con sus acciones el golpe militar que a principios de los
setenta liquidó la ejemplar democracia uruguaya e instauró un repulsivo
régimen castrense caracterizado por los atropellos y los crímenes de Estado.
Ese atemorizante entorno de Vázquez, es
cierto, renunció a la violencia, pero no evolucionó, como el Partido
Socialista chileno tras la caída de Salvador Allende, hacia la moderación y
la firme defensa de las formas democráticas y la economía de mercado. Por el
contrario, se quedó instalado en el viejo y rencoroso discurso antimercado y
antioccidental de mediados del siglo XX, perdidamente populista, ahora
revitalizado por la antiglobalización, lleno de admiración por la Cuba de
Castro y por la Venezuela de Hugo Chávez.
Por qué los extremistas uruguayos se
identifican con el modelo venezolano del coronel Chávez y no con el Chile de
Ricardo Lagos es un misterio insondable que no se puede descifrar
racionalmente. Venezuela es un país caótico, devastado por la inflación, la
corrupción, el desempleo y la miseria, con un sesenta por ciento de sus
habitantes colocados bajo el umbral de la pobreza, pese a sus petrodólares,
males que se han agravado de manera alarmante en los cinco años de gobierno
chavista, mientras en Chile sucede exactamente lo contrario. La nación se ha
colocado a la cabeza de América Latina, con un Purchase Power Parity
anual de unos 10 000 dólares per cápita, lo que la coloca a las puertas del
grupo de países del primer mundo, destino que probablemente alcance en la
próxima década.
En efecto, en los últimos 14 años,
desde la instauración de la democracia, la pobreza chilena se ha reducido
del 42 al 18 por ciento, mientras todos los indicadores socioeconómicos
señalan un aumento de la cantidad y calidad de los servicios públicos que
recibe la población –educación, salud, asistencia alimentaria–, junto a un
enorme incremento del ahorro nacional, recogido en las AFP o cajas de
jubilación, paralelo a un bajísimo nivel de inflación. Chile, este año, aun
cuando el país carece de petróleo, registrará un crecimiento de un 5.5 por
ciento y una balanza comercial positiva de más de 7,000 millones de dólares,
sobre unas exportaciones generales cercanas a los 30,000 millones.
¿Cómo ha ocurrido ese “milagro
chileno”? Ha ocurrido con una fórmula que rechazan los llamados
“revolucionarios latinoamericanos”, esa cabecidura especie privada por la
naturaleza de la facultad de observar y sacar conclusiones razonables:
mediante un ciclo largo de trabajo duro, ahorro, inversión, respeto por la
ley, preponderancia de la sociedad civil en el terreno económico, libre
mercado, apertura al comercio, honradez en la administración del Estado,
educación, formación de capital social y humano e integración a las redes
financieras y comerciales del mundo desarrollado. Chile ha firmado acuerdos
de libre comercio con Estados Unidos, la Unión Europea y los gigantes
asiáticos. Se excluyó discretamente, eso sí, del Mercosur, porque advirtió
que el objetivo de ese acuerdo no era integrar al mundo a quienes
participaban, sino protegerlos de la competencia, a costa de perjudicar a
los consumidores locales.
Si los uruguayos, en fin, optan por la
venezuelización del país, como desea una buena parte de los
seguidores de Tabaré Vázquez, van a lograr algo parecido a lo que Chávez ha
conseguido en Venezuela: una sociedad dividida y crispada, con un alto
número de emigrantes, cada vez más pobre y desesperanzada. Naturalmente,
Uruguay podrá proclamar con fiero orgullo que está en medio de una profunda
revolución social. Y será verdad: así son las revoluciones. Que se lo
pregunten a los venezolanos.
Octubre 13, 2004
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