Chávez tras la muerte de Castro
Carlos Alberto Montaner
Comienzo
por establecer mis fuentes sin mencionar sus nombres: se trata de personas
situadas por Castro en el entorno de Hugo Chávez. Tienen la función de
ayudar al coronel a construir lenta y pacientemente un Estado totalitario. A
estas alturas carecen de convicciones ideológicas, saben que lo que hacen es
moralmente injustificable y políticamente disparatado, pero se encuentran
atrapadas en ese opaco mundo afectivo en el que se dan cita las lealtades
humanas, los temores al futuro y la inercia vital. Tras toda una vida de
obediencia al Comandante en Jefe, les resulta muy difícil romper con la
costumbre. Han aprendido a vivir dócil y agónicamente en medio de la más
absoluta contradicción.
De acuerdo con ellos, por estos
días Hugo Chávez experimenta lo que los psiquiatras llaman “emociones
conflictivas”. La noticia de la mala salud de Fidel Castro, de quien cuentan
que padece un avanzado cáncer de próstata
-lo
que, de ser cierto, explicaría su delgadez y ese color pajizo que le colorea
la piel-
le preocupa a Chávez tremendamente, pero parece agradarle la idea de
convertirse en la cabeza visible de la izquierda latinoamericana. Es verdad
que, en gran medida, Chávez le debe su permanencia en el poder al respaldo
político y policiaco de Fidel Castro, su admirado sostén, pero la gratitud
es siempre un sentimiento muy complicado para las personalidades
narcisistas. La ayuda que ha necesitado y recibido de Castro es también una
prueba de su propia debilidad, y esas cosas no se perdonan fácilmente.
Es este trasfondo
-y una
imprudente confidencia del ministro cubano Pérez Roque-
lo que explica unos curiosos hechos recientes. Hace pocas fechas ambos
gobiernos, por medio de sus cancilleres respectivos, se apresuraron a firmar
numerosos convenios de colaboración, una extraña formalidad impropia de dos
estados caracterizados por la improvisación y el caos. ¿Por qué? Porque
Castro sabe que las relaciones entre los dos países no están fundadas en
lazos institucionales, sino en frágiles vínculos personales que pueden
debilitarse tras su muerte hasta desaparecer del todo.
Castro es el maestro que no respeta demasiado al alumno que
el destino le ha deparado, mientras Chávez, a su vez, es el discípulo
tortuosamente agradecido. Los dos se sienten y actúan como caudillos
iluminados que a nadie deben dar cuenta de sus actos porque nadie tiene la
capacidad de juzgarlos. Castro, por su propia voluntad, en una operación
coordinada por sus colaboradores más directos
-los
llamados “jóvenes talibanes”-
envía miles de médicos, dentistas, técnicos, policías y material de
propaganda a Venezuela
-un
aporte que disgusta a muchísima gente dentro de Cuba-,
mientras Chávez, por decisión personal inconsulta, remite diariamente a la
Isla entre 53 000 y 70 000 barriles de incobrable petróleo, compasiva
solidaridad revolucionaria que tampoco genera demasiada felicidad entre los
venezolanos.
En todo caso, ¿qué sucederá con
esos vínculos mutuamente ruinosos en el momento en que desaparezca Fidel
Castro? Es probable que quien herede el poder en Cuba tras la muerte del
Comandante, incluso si se trata de su hermano Raúl
-que
no padece la pulsión napoleónica que caracteriza a Fidel-
se concentre en mantener el control de los calabozos nacionales y se olvide
de las aventuras planetarias. Simultáneamente, en Venezuela lo predecible es
que Chávez, ya sin la presión moral de su mentor, se replantee el tema de
los subsidios a Cuba: ¿para qué continuar sosteniendo un régimen que ha
perdido su único capital político, ese enorme interés antropológico que
despierta Fidel Castro tras medio siglo de propaganda y fotogénicas
excentricidades?
Va a ser, sin duda, un velorio
interesante cuyas consecuencias se sentirán en toda la cuenca del Caribe. Ya
están preparando los ritos funerarios.
Octubre 24, 2004
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