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América latina: en clave liberal
En su nuevo
libro "La libertad y sus enemigos" (Sudamericana), el ensayista
cubano Carlos Alberto Montaner explica las causas del subdesarrollo
latinoamericano y dice quiénes son los responsables de nuestro
fracaso
La Nación de
Buenos Aires
Junio 5, 2005
¿Por qué América latina es la porción más pobre, convulsa
y subdesarrollada de Occidente? Si hay algo que siempre resulta incómodo
es encontrar responsables. ¿Hay culpables directos de nuestro fracaso
relativo? Una posible, aunque parcial respuesta, es la siguiente: las
elites, los grupos que orientan y dirigen cada estamento de la sociedad,
quienes actúan desde cierta estructura de valores o desde ciertos
presupuestos intelectuales que no son los más adecuados para propiciar
la prosperidad colectiva. No hay, pues, un culpable. Grosso modo, los
responsables son la mayor parte de quienes ocupan las posiciones de
liderazgo en las instituciones y estructuras sociales. Ellos, hijos de
una cierta historia, con su visión limitada, sus creencias equivocadas y
con su conducta impropia alimentan un clima que propende a perpetuar la
pobreza.
Los políticos
[...] La escandalosa corrupción latinoamericana se
expresa de por lo menos tres maneras nefastas: la clásica, que consiste
en cobrar comisiones y sobornos por cada obra que se asigna o cada regla
que se viola en beneficio de alguien. La indirecta, que es la corrupción
que se permite para beneficiar a un aliado circunstancial. [...] Y la
tercera corrupción, la más costosa: el clientelismo. La utilización
frívola de los dineros públicos para comprar a grandes grupos de
electores con prebendas y privilegios injustificables. [...]
No sería justo, sin embargo, cargar las tintas sobre los
políticos. [...] La verdad es que una parte sustancial de los
latinoamericanos alimenta o tolera un tipo de relación en el que la
lealtad personal se expresa en la entrega de privilegios y en el peso
relativamente escaso que se les concede a los méritos personales. El
establecimiento de verdaderas "meritocracias", lamentablemente, forma
parte de la retórica política y no del comportamiento real. Más aún: en
una cultura como la latinoamericana, en la que el ámbito fundamental de
la lealtad es el círculo de los amigos y de la familia, porque se
desconfía profundamente del sector público y, en la que la noción del
bien común suele ser muy débil, es predecible que los políticos más
exitosos sean aquellos que establecen una forma de recompensa para sus
allegados y simpatizantes.
Los militares
Si los políticos corruptos son y han sido responsables de
numerosos males de América latina, algo similar puede decirse de los
militares. En nuestros días, mientras en el mundo democrático
desarrollado se presume que el papel de los militares es proteger a las
naciones de los peligros exteriores, en América latina estos cuerpos de
ejército se han autoasignado la tarea de salvar la patria de los
desmanes de los civiles, imponer por la fuerza alguna versión cuartelera
de la justicia social o, simplemente, mantener el orden público ocupando
la casa de gobierno, actitudes que, de facto, los han convertido en
verdaderas "tropas de ocupación" en sus propios países. [...]
La idea básica, siempre desmentida por la práctica, era
que en naciones como las latinoamericanas, en donde las instituciones
eran débiles y los hábitos desordenados, sólo las fuerzas armadas tenían
el tamaño, la tradición y la disciplina para llevar a cabo la tarea de
crear grandes empresas modernas capaces de competir en el complejo mundo
industrial del siglo XX.
Esa injerencia de las élites militares en la gestión
económica de América latina ha sido nefasta para el desarrollo de la
región. Primero, porque también y, en gran medida, fueron presa de la
corrupción pero, sobre todo, porque distorsionaron el mercado con
empresas protegidas, tendientes al gigantismo y a la obesidad de las
plantillas, convirtiéndose, cada una de ellas, en un coto privado
dedicado a darles empleo a los simpatizantes del aparato militar, lo que
significó una enorme pérdida de recursos para toda la sociedad. Al mismo
tiempo, esas empresas, a salvo de la competencia en nombre de una
supuesta importancia estratégica que las convertía en otra expresión del
patriotismo, generalmente evolucionaban hacia la ineficiencia y el
atraso. [...]
Los empresarios
Una de las mayores ironías políticas de América latina es
la frecuente acusación contra el "capitalismo salvaje", al que se le
atribuye la miseria de ese 50 por ciento de latinoamericanos penosamente
pobres que subsisten en casuchas de piso de tierra y techo de latón. La
verdadera tragedia en América latina es que hay pocos capitales y una
buena parte de esos recursos no está en manos de verdaderos empresarios
dados al riesgo y a la innovación, sino en las de cautos especuladores
que prefieren invertir su dinero en bienes raíces, a la espera de que el
crecimiento vegetativo de la nación revalorice sus propiedades. Estos no
son, realmente, modernos capitalistas, sino meros terratenientes, que
parecen sacados de épocas feudales.
Pero aun peor que ese tipo de pasivo inversionista en
bienes inmuebles es el empresario "mercantilista", ese que busca su
beneficio en la relación con el poder político y no en la competencia y
el mercado. Este tipo de empresario, naturalmente, para poder obtener
privilegios que lo enriquezcan, tiene que repartir una parte de sus
beneficios con los políticos que hacen las reglas, creándose con esta
práctica un círculo vicioso en todos los sentidos de la palabra y de la
metáfora. [...]
Se dirá, no sin razón, que esas prácticas nocivas no son
exclusivas de los latinoamericanos, pero lo grave es la frecuencia y la
intensidad con que eso sucede en América latina y -sobre todo- la
indiferencia y la impunidad con que ocurre. [...]
Los curas
Es doloroso tener que incluir a los sacerdotes entre las
élites que provocan la miseria de las muchedumbres en América latina,
pero no queda otro remedio. Es doloroso, primero, porque no son todos
los sacerdotes, sino sólo quienes mantienen una prédica constante contra
la economía de mercado, y quienes justifican la antidemocrática
vulneración del Estado de Derecho. Y, segundo, porque aun los sacerdotes
que adoptan estas actitudes lo hacen imbuidos de las mejores
intenciones. Lo hacen convencidos de que defienden una forma de justicia
social, cuando, en realidad, están condenando a los pobres a no poder
superar jamás la miseria en que viven. [...]
Lo que los obispos y los llamados "teólogos de la
liberación" llaman "neoliberalismo salvaje" no es otra cosa que un
conjunto de medidas de ajuste con que se intenta paliar la crisis
económica de la región: disminución del gasto público, recorte de la
plantilla oficial, privatización de las empresas estatales, equilibrio
presupuestario y control riguroso de la emisión de moneda. [...]
Al margen de esta incomprensión de lo que es un marco
macroeconómico saludable, hay un daño aun más devastador que estos
religiosos les infligen a los pobres: el anatema contra el espíritu de
lucro, la condena de la competencia y de lo que ellos llaman el
"consumismo". Se apiadan de la pobreza que estas personas sufren, pero
de una manera confusa les dicen que poseer bienes es pecaminoso y les
advierten que hay algo censurable en la psicología y en la conducta de
quienes se esfuerzan denodadamente por triunfar en el mundo económico.
Es decir, predican las actitudes exactamente contrarias a la psicología
del éxito. [...]
Los intelectuales
[...] Si los intelectuales se convierten, como es
frecuente en América latina, en los tenaces heraldos de una atemorizante
alborada revolucionaria, ¿cómo sorprendernos de que los ahorros emigren
a otras latitudes o de que nuestras sociedades vivan en un permanente
sobresalto, convencidas de la provisionalidad del sistema económico y
político en que vivimos?
Y lo que numerosos intelectuales anuncian desde los
periódicos, los libros y revistas, la radio y la televisión, se repite
en la mayor parte de los centros universitarios de América latina. La
universidad latinoamericana, la pública y muchas privadas, con algunas
excepciones, es una especie de arcaico depósito de viejas ideas
marxistas sobre la sociedad y la economía. En ellas se continúa
insistiendo en el carácter dañino de las inversiones multinacionales, en
los destrozos causados por la globalización y en la intrínseca
perversidad de un modelo económico que deja la asignación de recursos a
las demoníacas fuerzas del mercado. Mensaje que explica la estrecha
relación que existe entre las lecciones que los jóvenes universitarios
recibieron en las universidades y su vinculación con grupos subversivos.
[...]
Las izquierdas
Por último, otras dos élites latinoamericanas han sido un
permanente obstáculo para el desarrollo económico de la región: los
sindicalistas enemigos del mercado y de la propiedad privada y esa
categoría latinoamericana tan especial constituida por los llamados
"revolucionarios".
Claro que hay un sindicalismo sensato, encaminado a
defender los legítimos intereses y derechos de los trabajadores pero,
desgraciadamente, no es éste el que parece prevalecer en el panorama
laboral de América latina. Los sindicalistas que consiguen arrastrar a
las masas son los que se oponen a la privatización de los bienes del
Estado, aunque se trate de empresas que llevan décadas perdiendo
millones de dólares y aunque los servicios que deban prestar sean
terriblemente defectuosos o sencillamente inexistentes. O son esos
maestros que llevan a cabo huelgas salvajes porque se niegan a que la
sociedad, que les paga sus salarios, les mida sus conocimientos en
pruebas estandarizadas. O son esas aristocracias sindicales,
frecuentemente corruptas, que administran y saquean las cajas de
jubilaciones de sus asociados o los sistemas de salud por ellas
administrados.
Los revolucionarios
[...] ¿Cuánto les han costado a las naciones
latinoamericanas las acciones de esta indómita tribu de revolucionarios?
La suma es incalculable, pero deben de ser una de las mayores causas del
subdesarrollo de la región, no sólo por la destrucción directa de las
riquezas existentes, sino por haber impedido la creación de nuevas
riquezas e interrumpido ese largo y frágil ciclo de ahorro, inversión,
obtención de beneficios y nuevas inversiones en que inevitablemente
descansa la prosperidad de los pueblos.
Seguramente, con las elites mencionadas no concluye la
lista de quienes mantienen a los latinoamericanos en la miseria, pero no
hay duda de que se han ganado a pulso su participación en esta triste
nómina. Ojalá que identificarlas, denunciar su comportamiento y rebatir
sus falaces argumentos contribuya a mejorar la situación de los
desposeídos en ese continente.
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