El error chino
Carlos Alberto Montaner
Madrid --
Ha sido asombroso. En el curso de apenas una década trescientos millones de
chinos han abandonado la pobreza gracias a la globalización. La
transferencia de tecnología, las inversiones extranjeras y el intenso
comercio exterior han realizado el milagro. La humanidad no había conocido
un fenómeno semejante en toda su historia. Nunca antes una masa humana de
esas proporciones había pasado de la indigencia a integrar los niveles
sociales medios en un periodo tan breve.
La bien pensada observación se la debemos al periodista
argentino Claudio Escribano. Sin embargo, ese espectacular desarrollo de los
chinos puede terminar en el mayor de los desastres si la cúpula dirigente,
al fin y al cabo formada dentro de la dogmática rigidez marxista, continúa
insistiendo en el inmenso error de producir como capitalistas modernos, pero
sin dejar de comportarse como comunistas viejos. Eso explica que desde hace
un tiempo algunos jerarcas del partido, en lugar de acudir al mercado, estén
dándole la vuelta al mundo con una chequera en la mano para ''asegurarse''
fuentes de abastecimiento de materias primas capaces de surtir a una inmensa
maquinaria económica que crece al ritmo anual del 10 por ciento, lo que
encarece artificialmente los precios. Y eso explica --y esto es mucho más
grave-- que sus presupuestos militares se eleven anualmente a noventa mil
millones de dólares dedicados a crear una peligrosa fuerza ofensiva repleta
de misiles intercontinentales y bombarderos de largo alcance.
Esta conducta revela que para los jerarcas del partido
las materias primas son percibidas como un botín que debe ser acaparado por
las naciones poderosas, mientras deja en claro que no han abandonado del
todo la guerra fría. Todavía sostienen una absurda relación adversaria en el
terreno militar contra Japón, Europa y Estados Unidos, obsesionados con
Taiwan, como si esa minúscula isla de apenas 36,000 kilómetros cuadrados, 23
millones de laboriosos habitantes y algo más de quinientos mil millones de
dólares de producción anual, pudiera ser una amenaza para China y no lo que
realmente es: una productiva fuente de capital y tecnología que beneficia
tremendamente al territorio continental.
Es como si la clase dirigente china no se diera cuenta de
que al renunciar al modelo comunista, abrazar la economía de mercado e
internarse decisivamente en el camino de la globalización dejó de tener
sentido la visión de conquista y destrucción de los ''enemigos
internacionales de clase'' identificados por Marx y Lenin en sus
escritos más agresivos y delirantes.
China no aprendió la lección de Japón, hoy la segunda
economía del planeta, cuyos dirigentes, después de 1945, comprendieron
perfectamente que el secreto del desarrollo sostenido era colaborar
pacíficamente en todos los órdenes con el primer mundo, mientras se competía
fieramente en el mercado abierto a base de talento, creatividad, precios y
calidad creciente, porque eso que llamaban ''mundo occidental'', al que se
adherían firmemente, no le cerraba las puertas a ninguna nación que
respetara las reglas de juego, como posteriormente comprobaron Singapur,
Corea del Sur, España, Irlanda y otra docena de países exitosos.
Según los expertos en asuntos militares, dentro de una
década China tendrá la capacidad de enfrentarse militarmente a Estados
Unidos y a la OTAN con algunas posibilidades de vencer en la batalla. Y en
los cálculos siniestros que hacen los estrategas, esa victoria podría
lograrla con ''apenas'' quinientos millones de muertos, cien ciudades
carbonizadas y ochocientos millones de supervivientes.
Lo
que no dicen los estrategas es qué ganaría China con reinar sobre una bola
llena de escombros radioactivos en que se convertiría la Tierra. ¿A quiénes
les van a comprar y vender? ¿Dónde van a estar los clusters
científicos para impulsar el progreso? ¿Es posible que la dirigencia china,
pese a su propia experiencia reciente, no haya advertido que la prosperidad,
el desarrollo y los avances científicos que pueden beneficiar a su pueblo
provienen de la colaboración y la interconexión internacional y no de la
destrucción de otras sociedades cargadas de creatividad y riqueza? ¿Es
posible que a estas alturas de su propia historia no perciba que el mejor
negocio para su superpoblado país --una quinta parte de la humanidad-- es
que las otras cuatro partes --incluido Taiwan-- sean socios ricos con los
cuales multiplicar todo tipo de transacciones? Cuando el modo de producción
de China era el comunismo, resultaba natural que los gobernantes en Pekín se
aferraran a los disparates de Marx. Pero si han abrazado el capitalismo, es
hora de que comiencen a leer seriamente a Adam Smith antes de que destrocen
inútilmente el planeta en que vivimos todos.
Julio 24, 2005
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