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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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El espía que era experto en café y otras historias escalofriantes

Carlos Alberto Montaner

Hace exactamente un año, la escritora costarricense Marjorie Ross publicó un libro extraordinario sobre un capítulo desconocido de la Guerra Fría. La obra se titula ''El secreto encanto de la KGB'' y en ella se cuenta la asombrosa historia de Iósif R. Griguliévich, un agente soviético que formó parte de algunas de las intrigas más estremecedoras del siglo XX. Griguliévich estuvo entre los primeros conspiradores enviados por la URSS a desestabilizar Latinoamérica. En 1929 se relacionó con la célula estalinista que mató al carismático líder estudiantil cubano Julio Antonio Mella en México, secretamente acusado de trotskista por sus camaradas más ortodoxos. Además, participó en la Guerra Civil española, y en 1940 contribuyó de diversas maneras laterales al asesinato de León Trotski en México.

Hasta ese punto --aproximadamente la mitad del libro--, aunque aporta pocos detalles desconocidos, Ross hace una magnífica descripción de la forma, el ambiente y los personajes con los que Moscú construía su delirante utopía revolucionaria. Era un mundo siniestro en el que los métodos más crueles no tenían la menor importancia porque el grandioso fin de forjar un paraíso sobre la tierra lo justificaba todo. Por él desfilan las más vistosas figuras de la intelectualidad contemporánea latinoamericana e internacional mezcladas con espías y asesinos: Pablo Neruda, Diego Rivera, Frida Khalo, Ernest Hemingway y, claro, Ramón Mercader, el catalán hijo de una fanática cubana quien por órdenes de Stalin le destrozó a Trotski el cráneo con una piqueta de alpinista.

La segunda parte de la obra es la verdaderamente sorprendente. Es cuando el agente Griguliévich se construye una nueva identidad y se convierte en un pacífico y cultísimo costarricense radicado en Europa, experto en el comercio del café, que responde al nombre de Teodoro B. Castro. Su tarea consistirá en infiltrarse en el gobierno costarricense para hacerse imprescindible a quienes mandaban en San José y desde esa posición operar al servicio de Moscú.

Griguliévich lo consigue: engatusa a José Figueres y a sus colaboradores más cercanos. Era el año 1950 y Figueres se había convertido en el líder de una revolución socialdemócrata (y anticomunista) que había tomado el poder a tiros poco antes. Quería mejorar la situación económica de Costa Rica y cree que ese providencial compatriota puede buscar nuevos y mejores mercados para el café nacional. Figueres es un político lleno de buenas intenciones con fama de honrado. Hace a Castro embajador. Primero en el Vaticano, después lo traslada a Yugoslavia, a la tierra donde el mariscal Tito está inventando una dictadura comunista independiente de Moscú.

Stalin odia a Tito y ve una magnífica oportunidad de repetir la operación que una década antes le quitara de en medio a Trotski. Lo hará matar. La KGB tiene sobre el terreno a un hombre clave, Griguliévich, disfrazado de embajador costarricense. El disciplinado agente planea el crimen y plantea cuatro formas de liquidarlo. La más eficaz parece ser un gas silencioso y mortífero que no deja huellas, y cuyos efectos puede evitar el ''diplomático'' mediante el uso de ciertos antídotos. Pero entonces sucede lo inesperado: quien muere es Stalin de un masivo derrame cerebral. Teodoro B. Castro se desvanece, regresa a Moscú y asume su verdadera identidad: Iósif Griguliévich. A partir de entonces será un apacible académico dedicado al estudio de las cuestiones internacionales.

Hace un par de semanas los historiadores Christopher Andrew y Vasili Mitrokhin corroboraron todo lo que Marjorie Ross había adelantado. El nuevo libro The world was going our way (El mundo seguía nuestro rumbo), compilado con los archivos de la KGB, tocaba mil temas, pero contaba velozmente la historia de Griguliévich. Mas también decía algo inquietante: el José Figueres anticomunista de 1950, el revolucionario idealista, veinte años más tarde, en su segunda presidencia constitucional (1970-1974), recibía grandes sumas de la KGB y, por dinero, pactaba con los agentes del Kremlin campañas de desinformación que serían divulgadas por los medios de comunicación que él controlaba o poseía.

También por aquellos años, en 1972, el presidente Figueres aceptó dos millones de dólares del estafador y traficante de drogas Robert Vesco, prófugo de la justicia norteamericana, e hizo aprobar una ley por la que se impedía su extradición. ¿Qué había ocurrido? Había sucedido algo terrible: Figueres había evolucionado hacia el cinismo y la desfachatez. Se sentía por encima del bien y del mal, y ése es el camino más corto para acabar actuando como un canalla. Lo lamento. Cuando yo era joven lo admiré profundamente y disfruté hasta el último minuto de las dos o tres conversaciones que sostuvimos. Ahora su recuerdo me causa una infinita pena.

Octubre 9, 2005

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