El espía que era experto en café y otras
historias escalofriantes
Carlos Alberto Montaner
Hace exactamente un año, la escritora costarricense
Marjorie Ross publicó un libro extraordinario sobre un capítulo desconocido
de la Guerra Fría. La obra se titula ''El secreto encanto de la KGB'' y en
ella se cuenta la asombrosa historia de Iósif R. Griguliévich, un agente
soviético que formó parte de algunas de las intrigas más estremecedoras del
siglo XX. Griguliévich estuvo entre los primeros conspiradores enviados por
la URSS a desestabilizar Latinoamérica. En 1929 se relacionó con la célula
estalinista que mató al carismático líder estudiantil cubano Julio Antonio
Mella en México, secretamente acusado de trotskista por sus camaradas más
ortodoxos. Además, participó en la Guerra Civil española, y en 1940
contribuyó de diversas maneras laterales al asesinato de León Trotski en
México.
Hasta ese punto --aproximadamente la mitad del libro--,
aunque aporta pocos detalles desconocidos, Ross hace una magnífica
descripción de la forma, el ambiente y los personajes con los que Moscú
construía su delirante utopía revolucionaria. Era un mundo siniestro en el
que los métodos más crueles no tenían la menor importancia porque el
grandioso fin de forjar un paraíso sobre la tierra lo justificaba todo. Por
él desfilan las más vistosas figuras de la intelectualidad contemporánea
latinoamericana e internacional mezcladas con espías y asesinos: Pablo
Neruda, Diego Rivera, Frida Khalo, Ernest Hemingway y, claro, Ramón
Mercader, el catalán hijo de una fanática cubana quien por órdenes de Stalin
le destrozó a Trotski el cráneo con una piqueta de alpinista.
La segunda parte de la obra es la verdaderamente
sorprendente. Es cuando el agente Griguliévich se construye una nueva
identidad y se convierte en un pacífico y cultísimo costarricense radicado
en Europa, experto en el comercio del café, que responde al nombre de
Teodoro B. Castro. Su tarea consistirá en infiltrarse en el gobierno
costarricense para hacerse imprescindible a quienes mandaban en San José y
desde esa posición operar al servicio de Moscú.
Griguliévich lo consigue: engatusa a José Figueres y a
sus colaboradores más cercanos. Era el año 1950 y Figueres se había
convertido en el líder de una revolución socialdemócrata (y anticomunista)
que había tomado el poder a tiros poco antes. Quería mejorar la situación
económica de Costa Rica y cree que ese providencial compatriota puede buscar
nuevos y mejores mercados para el café nacional. Figueres es un político
lleno de buenas intenciones con fama de honrado. Hace a Castro embajador.
Primero en el Vaticano, después lo traslada a Yugoslavia, a la tierra donde
el mariscal Tito está inventando una dictadura comunista independiente de
Moscú.
Stalin odia a Tito y ve una magnífica oportunidad de
repetir la operación que una década antes le quitara de en medio a Trotski.
Lo hará matar. La KGB tiene sobre el terreno a un hombre clave, Griguliévich,
disfrazado de embajador costarricense. El disciplinado agente planea el
crimen y plantea cuatro formas de liquidarlo. La más eficaz parece ser un
gas silencioso y mortífero que no deja huellas, y cuyos efectos puede evitar
el ''diplomático'' mediante el uso de ciertos antídotos. Pero entonces
sucede lo inesperado: quien muere es Stalin de un masivo derrame cerebral.
Teodoro B. Castro se desvanece, regresa a Moscú y asume su verdadera
identidad: Iósif Griguliévich. A partir de entonces será un apacible
académico dedicado al estudio de las cuestiones internacionales.
Hace
un par de semanas los historiadores Christopher Andrew y Vasili Mitrokhin
corroboraron todo lo que Marjorie Ross había adelantado. El nuevo libro
The world was going our way (El mundo seguía nuestro rumbo), compilado
con los archivos de la KGB, tocaba mil temas, pero contaba velozmente la
historia de Griguliévich. Mas también decía algo inquietante: el José
Figueres anticomunista de 1950, el revolucionario idealista, veinte años más
tarde, en su segunda presidencia constitucional (1970-1974), recibía grandes
sumas de la KGB y, por dinero, pactaba con los agentes del Kremlin campañas
de desinformación que serían divulgadas por los medios de comunicación que
él controlaba o poseía.
También por aquellos años, en 1972, el presidente
Figueres aceptó dos millones de dólares del estafador y traficante de drogas
Robert Vesco, prófugo de la justicia norteamericana, e hizo aprobar una ley
por la que se impedía su extradición. ¿Qué había ocurrido? Había sucedido
algo terrible: Figueres había evolucionado hacia el cinismo y la
desfachatez. Se sentía por encima del bien y del mal, y ése es el camino más
corto para acabar actuando como un canalla. Lo lamento. Cuando yo era joven
lo admiré profundamente y disfruté hasta el último minuto de las dos o tres
conversaciones que sostuvimos. Ahora su recuerdo me causa una
infinita pena.
Octubre 9, 2005
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