Un a cumbre inútil para un continente indefenso
Carlos Alberto Montaner
Una de
las consecuencias perversas de las Cumbres Iberoamericanas es que
contribuyen a estimular a los enemigos de España y de la Hispanidad. En
América Latina estos costosos saraos suelen animarse con las protestas de
grupos indigenistas manipulados por los comunistas “en contra del oprobioso
genocidio de los aborígenes a manos de los españoles”. La señorita Rigoberta
Menchú -machacada
por sus compatriotas, no por los españoles, dicho sea de paso-
ha hecho una bonita carrera con estos peculiares lamentos. En Salamanca ha
ocurrido exactamente lo mismo: el entusiasta y bullicioso comité de
recepción de Fidel Castro y de Hugo Chávez lo integran Batasuna, el entorno
etarra, independentistas radicales de toda laya, más la furibunda patulea de
enemigos del mercado, de la monarquía, de la Unión Europea, de la OTAN y de
cualquier elemento que le confiere sentido y forma a la democracia
occidental. Aquello parece la fiesta de cumpleaños de Stalin. A Castro y a
Chávez lo aman, precisamente, quienes detestan a España.
Pero este año la cita
iberoamericana coincide con otro hecho alarmante. Estados Unidos desplazó
hacia el Medio Oriente a la mitad de los asesores militares destacados en
Colombia. Es todo un síntoma de la benigna negligencia con que Washington se
relaciona con la región pese a la cálida retórica de sus diplomáticos.
Eventualmente, acabará desentendiéndose del conflicto. La compleja y difusa
estructura del poder en Estados Unidos impide el establecimiento de
compromisos de largo alcance. El check and balance conlleva ese
efecto pernicioso: Estados Unidos no es un aliado fiable. Su diseño
institucional se lo impide. Basta una alteración en el signo de la opinión
pública o en la aritmética parlamentaria para que se debiliten o refuercen
los nexos exteriores. Pero también se entiende la fatiga norteamericana.
América Latina no es África. Si los latinoamericanos no son capaces de
prosperar y mantener la democracia y el orden interno, pese a contar más de
dos siglos de independencia, con universidades que poseen cuatrocientos años
de fundadas, provistos de élites cultas y educadas, es muy poco lo que
Estados Unidos puede hacer.
El asunto es muy grave, porque
llega en mal momento. Es una lástima que las Cumbres Iberoamericanas que se
reúnen periódicamente no sirvan para examinar seriamente los problemas de
la región. El mayor peligro que hoy amenaza a todas las naciones
latinoamericanas es la evidente formación de un eje Castro-Chávez encaminado
a desestabilizar a todos los países de la zona. Esta pareja de hecho (y
pronto de derecho si se constituye la federación cubano-venezolana de que
tanto se habla), tras un sesudo análisis de las condiciones objetivas de la
historia, como dicen en esa secta incurablemente palabrera, ha arribado a
cuatro conclusiones espeluznantes.
La primera consiste en la certeza
de que el colectivismo marxista ha revivido mágicamente tras los quince años
de letargo producidos por la desaparición de la URSS. La segunda y tercera
conclusiones es un cambio de escenario: esfumada la referencia moscovita, la
revolución ya no es un objetivo alcanzable en las naciones europeas, pero sí
en América Latina. En vista de ello, la capital de la revolución planetaria
se ha mudado al Caribe, entre La Habana y Caracas, y hoy esas dos ciudades
desempeñan el papel que hasta 1991 representaba Moscú. Cuarta y última: esa
América Latina revolucionaria enterrará a Estados Unidos y al capitalismo.
Tomará décadas de sangre, sudor y lágrimas, pero tras la lucha final el
mundo será justo e igualitario, como lo soñaron Lenin, Che Guevara, Pol Pot
y otros personajes de la misma fauna depredadora.
Naturalmente, estamos ante un
intenso ataque de mesianismo, pero el hecho de que Chávez y Castro sean dos
loquitos parlanchines borrachos de gloria no les resta peligrosidad. Hitler
también era un loquito parlanchín borracho de gloria. Por el contrario:
mientras más delirantes se vuelven estos tipos, más riesgos corren sus
vecinos. Mientras más convencidos estén de que el destino los ha elegido
para salvar a la Humanidad, más cerca nos encontramos de que desaten mil
catástrofes irreparables.
Fidel Castro, que nunca ha
abandonado la tarea de transformar el mundo, en la segunda mitad del siglo
XX provocó o alentó un baño de sangre que todavía persiste en lugares como
Colombia o la propia España. Durante décadas, Cuba se convirtió en el
santuario y campo de adiestramiento de miles de terroristas y guerrilleros
de medio centenar de países, entre los que había etarras, palestinos y
narcotraficantes colombianos. Ese “proyecto de conquista revolucionaria” se
hundió con la URSS, pero ahora reverdece por otros métodos con el respaldo
de los petrodólares venezolanos.
¿Qué van a hacer las frágiles
democracias iberoamericanas reunidas en Salamanca ante este nuevo vendaval
que se les viene encima? Seguramente, nada. No saben calibrar los riesgos.
No son capaces de formular una estrategia defensiva, y carecen de una
política exterior coherente. Argentina examina la posibilidad de venderle a
Chávez un reactor nuclear. Ya la irresponsable España de Zapatero le facturó
cuatro fragatas armadas con poderosos cohetes antiaéreos, y al señor Lula
parece que le hace mucha gracia que su vecino fronterizo reclute una milicia
de millón y medio de soldados, seis veces mayor que el ejército brasilero.
El acto final de esta tragedia es, pues, muy fácil de predecir: antes de que
el castro-chavismo se hunda y desaparezca, cosa que sucederá sin remedio en
los próximos años, América Latina retomará el ciclo de horror y
autoritarismo que parecía superado. Ése debió ser el gran tema de la Cumbre,
dado que es inútil esperar que Washington nos saque las castañas del fuego.
En Washington son cada vez más quienes piensan que es inútil o imposible
tratar de rescatar a los latinoamericanos de ellos mismos. La manera en que
se pierde el tiempo en estas Cumbres parece darles la razón.
Octubre 16, 2005
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