Madrid -- Desprecio las
teorías conspirativas de la historia, pero a veces hay que
rendirse ante la evidencia. Con abundantes pruebas en la mano,
el documentalista alemán Wilfried Huismann ha atribuido a Fidel
Castro la responsabilidad del asesinato del presidente
norteamericano John F. Kennedy ocurrido en Dallas el 22 de
noviembre de 1963. El documental, titulado
Cita con la muerte.
Castro y Kennedy, estrenado en la televisión pública alemana,
aporta diversos documentos y algunos testimonios novedosos, pero
los elementos más contundentes son un informe de la inteligencia
mexicana, clasificado como
Oswaldo-Kennedy, en el que se
afirma que en septiembre de 1963 Lee Harvey Oswald recibió en
México seis mil quinientos dólares de los servicios secretos
cubanos como ayuda para que llevara a cabo el crimen proyectado.
Por su parte, Oscar Marino, ex oficial del G-2 cubano, ya
anciano y exiliado, corroboró la pesquisa del cineasta alemán:
``Se ofreció para ejecutarlo, y nosotros lo utilizamos''.
No
es la primera vez que se maneja esa hipótesis. Jackie Kennedy y
Lyndon Johnson, sin duda dos de las personas más cercanas al
Presidente, lo creían firmemente, pero ocultaron esa certeza
para no provocar otro incidente con la URSS. Si en ese momento
revelaban sus fundadas sospechas, dada la indignación de la
sociedad norteamericana, era inevitable invadir Cuba y castigar
al culpable, pero la estremecida Casa Blanca no quería otra
peligrosa confrontación con el Kremlin semejante a la que en
octubre de 1962 había puesto al planeta al borde de una guerra
nuclear. Bobby Kennedy, entonces fiscal general de Estados
Unidos, seguramente también compartía la misma sospecha, pero
tampoco le convenía acusar a Castro. A fin de cuentas, parece
que el dictador cubano, como le advirtió al embajador brasilero
en La Habana pocos días antes del crimen, estaba respondiendo de
esa manera a los intentos de asesinato organizados por el
hermano del Presidente con la ayuda de la mafia.
A partir de esta censurable ocultación de información a la
sociedad norteamericana, tanto en Washington como en La Habana
se desarrollan dos estrategias para manipular a la opinión
pública. En Washington se frena y desvía de las pistas adecuadas
a los investigadores del FBI, especialmente de las fuentes
mexicanas, y se crea la Comisión Warren para persuadir al mundo
de que la muerte del Presidente de Estados Unidos había sido la
obra aislada y solitaria de un loco peculiar e incontrolable. En
La Habana, Fabián Escalante, precisamente el oficial de
inteligencia que viajó a Dallas el día del asesinato de Kennedy,
acaso para monitorear la operación, hoy general y ex jefe de
inteligencia, para borrar sus propias huellas elabora la teoría
de que hay otros tiradores que le disparan a Kennedy. Escalante
imputa el crimen a Herminio Díaz, un exiliado con antecedentes
violentos, ex compañero y amigo de Fidel Castro en la Unión
Insurreccional Cubana (UIR) a fines de los años cuarenta,
supuestamente acompañado en el magnicidio por Eladio del Valle,
otro exiliado también de inquietantes antecedentes. Naturalmente,
cuando apareció la coartada de Escalante, tanto Díaz como Del
Valle habían sido convenientemente liquidados por los servicios
cubanos, de manera que no podían defenderse de la acusación.
Sin embargo, queda suelto el cabo de Jack Ruby, asesino de
Oswald. ¿Por qué una persona de la baja catadura moral de Ruby,
que no es un fanático ni un patriota, pero sí parece ser un
mafioso disciplinado, se sacrifica y ajusticia a Oswald ante las
cámaras de la televisión americana? Para tratar de contestar la
pregunta es de rigor hacerse la clásica pregunta policíaca:
quién se beneficiaba directamente de la muerte de Oswald? Sin
duda, los mafiosos, Bobby Kennedy y Fidel Castro, personas que
hubieran debido enfrentarse a graves problemas si se descubrían
sus oscuras maquinaciones. En todo caso, lo que resulta
extraordinariamente vergonzoso es que, primero, el gobierno de
Bush, ante las nuevas evidencias aportadas por los alemanes, no
reabra las investigaciones para darle a la sociedad
norteamericana la verdad definitiva que se le ha escamoteado
durante tantos años; y, segundo, que el senador Ted Kennedy y el
resto de esa poderosa familia no digan de una vez por todas lo
que saben, creen o sospechan de la muerte de John, el miembro
más ilustre de la familia y el más admirado de los presidentes
norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Ese silencio
por parte de los Kennedy, a lo que se suma la amistosa visita a
Fidel Castro de algún miembro del clan de Boston, es casi tan
inexplicable y repugnante como esta vieja y cansada historia de
mentiras, ocultamientos y desinformación.