Prólogo al libro sobre el Instituto Edison
Carlos Alberto Montaner
Este libro, extraordinariamente
revelador -muy
bien trenzado por el escritor Armando Añel-,
recoge por lo menos tres homenajes. Es un homenaje a los fundadores del
Instituto Edison, y muy especialmente a su directora y principal impulsora,
la Dra. Ana María Rodríguez de Gutiérrez. Es un homenaje a la enseñanza
privada: esas excelentes escuelas en las que decenas de miles de estudiantes
aprendieron y forjaron su carácter. Y es, también, un homenaje a la
república cubana, que en medio de los sobresaltos y las convulsiones
políticas dejaba espacio para que la energía y la iniciativa de los
ciudadanos más creativos llegaran a buen puerto. Leerlo es muy provechoso
para cualquier persona interesada en la historia de la educación en la Cuba
republicana, pero también para el que desee conocer el impetuoso desarrollo
empresarial de un país en el que la sociedad civil, en medio de los más
graves contratiempos políticos, a base de tesón y sometiéndose a una dura
ética de trabajo, conseguía remontar las dificultades y salir adelante.
En efecto, en 1931, cuando Cuba se
deshacía en los estertores del machadato, la joven pedagoga Ana María
Rodríguez tuvo la audaz idea de poner en marcha un nuevo colegio, pese a que
no contaba con otro capital que su entusiasmo y la colaboración sin límites
de la familia. Seguramente, si entonces la doctora Rodríguez hubiese
consultado a un experto, éste habría tratado de disuadirla. En aquellos
tiempos, golpeada la Isla por una brutal recesión planetaria, con el azúcar
a dos centavos la libra, y hundida la nación en un clima político salvaje,
no era el momento de inaugurar una escuela.
Pero casi tan mala idea como crear
una institución educativa en el centro del avispero, era ponerle el nombre
de Edison. Don Tomás, por supuesto, había sido un inventor genial y admirado,
y nadie dudaba que se trató de un hombre dotado de unas virtudes tremendas,
mas la Cuba de esa etapa crucial no parecía muy satisfecha con el vecino
americano. El reclamo nacional, al menos de la clase dirigente, desde
Machado hasta los comunistas, era que se pusiera fin a la Enmienda Platt.
Por aquellos años todo lo que olía a “americano” se convertía en una
inesperada fuente de provocación.
Afortunadamente, la joven
educadora prefirió seguir su instinto y no lo que suele llamarse el
sentido común convencional. Inauguró su escuela contra viento y
marea, y poco a poco el plantel fue creciendo en número de estudiantes, en
calidad y en diversas disciplinas hasta colocarse entre los mejores del país.
No descuidó absolutamente nada: el terreno académico, el deportivo, el
intenso dominio del inglés, la música, el aprendizaje práctico del comercio,
la banca y las finanzas, la radio, las artes plásticas. Había, naturalmente,
un método de enseñanza, y era el que preconizaba John Dewey: aprender
haciendo, no memorizando. Simultáneamente, se fomentaba un tipo de
disciplina fundada en la racionalidad y el respeto, y se valoraba el amor
por el trabajo bien realizado. Eso aumentaba el orgullo de los estudiantes y
su lealtad a la institución. Estudiar en el Edison imprimía carácter.
Generaba lo que los franceses llaman espíritu de cuerpo: una cálida
sensación de pertenencia y camaradería.
En 1959, cuando comenzó la
revolución, el Instituto Edison era un gran colegio y una gran empresa.
Tenía algo más de tres mil estudiantes, gozaba de un enorme prestigio
académico, estaba dotado de instalaciones valoradas en tres millones de
dólares, y rendía abundantes beneficios a sus dueños, quienes generosamente
reinvertían esos recursos en la institución, dado que se trataba de una
familia mucho más interesada en ser útil a la sociedad que en vivir de
manera opulenta. ¿Qué mayor gloria personal podían obtener la Dra. Ana María
Rodríguez y sus colaboradores inmediatos que la satisfacción de haber
triunfado como educadores? ¿Qué mayor riqueza podían atesorar que el orgullo
de haber servido sin descanso a los niños y jóvenes que les entregaban los
ilusionados padres para formarlos y convertirlos en hombres y mujeres de
bien, como entonces se decía?
A Goethe se le atribuye la
observación de que uno pertenece a la sociedad en la que ha pasado su
adolescencia. La aseveración probablemente es cierta, pero es posible
precisarla aún más: uno pertenece al sitio en el que transcurrió la
adolescencia, donde tuvo los primeros amigos y amigas juveniles, donde se
enamoró por primera vez y donde sufrió los primeros desengaños afectivos.
Esa es la escuela. Ahí, en la escuela, ocurre una suerte de imprinting
que se convierte en parte esencial de la identidad.
La identidad, como las muñecas
rusas, como las matriushkas, está formada de imágenes que se
superponen y subsumen: la patria, la ciudad, el barrio, la escuela. Aquellos
estudiantes eran cubanos, habaneros y del Instituto Edison. La escuela los
marcaba e identificaba. La escuela del álgebra y de la gramática, de
la historia y de la geografía, pero junto a esas disciplinas, la escuela del
primer beso y de las primeras rebeldías, la de las competencias deportivas,
la de estrenar las ilusiones y las frustraciones del adulto que ya asomaba
su cabeza.
Por eso este libro, sin
proponérselo, también está recorrido por la melancolía. Quienes participaron
y dieron sus testimonios, quienes contaron la historia del Instituto Edison,
estaban hablando de ellos mismos y de lo que un día desapareció cuando llegó
el vendaval totalitario. La muñeca rusa, la matriushka, fue
desarmándose. La patria, la ciudad, el barrio, la escuela, se desvanecieron
en el destierro. Cada uno de ellos perdió lo que tenía como posesión
familiar o personal, pero todos, además, perdieron el colegio en el que
habían crecido. A todos les dolió en el alma que un día llegaran unos
milicianos a robarse ese territorio emocional al que estaban fuertemente
vinculados por unos lazos secretos e indestructibles forjados con recuerdos
juveniles. Era como si injustamente les arrebataran un pedazo de sus vidas y
lo tiraran a la basura.
Mi contacto con el Instituto
Edison parte de mi entrañable amistad con Ariel y Henry Gutiérrez, dos de
los hijos de la Dra. Ana María Rodríguez. Yo no estudié en esa escuela, pero
para valorar lo que fue esa institución creo que me basta con haberlos
conocido de cerca y haber sido testigo del carácter y la decencia que han
sabido exhibir en las buenas y en las malas, en los momentos alegres y en
los amargos. Acompañarlos en este empeño me ha llenado de orgullo. Conocer
la historia del Instituto Edison me ha permitido, además, conocer una parte
notablemente importante de la historia de Cuba.
Febrero 3, 2006
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