América Latina y el Big Bang Occidental
Carlos Alberto Montaner
Publicado en la revista LETRAS LIBRES,
Madrid-México, abril de 2006.
Iniciemos estos papeles con un
hurto. Robémosle una palabra a la astrofísica y llamémosle big-bang.
Ahora, arbitrariamente, con el objeto de entendernos, califiquemos ese
fenómeno como “occidental”, palabra siempre sospechosa cuando sabemos que
estamos precariamente instalados sobre una esfera que gira vertiginosamente.
En todo caso, hace varios millares de años, en la llamada Mesopotamia
asiática, en un entorno cultural semítico, aproximadamente entre el Tigris y
el Eufrates, donde la Biblia sitúa el Paraíso, se produjo una singular
explosión cultural que puso en marcha una todavía inacabada onda expansiva:
fue el confuso inicio del big-bang occidental.
De manera espontánea, y sin que
nadie lo programara o advirtiera, el destino de diferentes pueblos, más o
menos vecinos, comenzó a encadenarse en direcciones paralelas. A lo largo
del tiempo, de mucho tiempo, sumerios, caldeos, acadios, judíos, árabes,
fenicios, egipcios, griegos, etruscos, romanos, y otra buena docena de
etnias y civilizaciones, fueron mezclando mitos e informaciones, hallazgos y
descubrimientos, formas de hacer la guerra, teogonías y teodiceas, éticas y
estéticas, comportamientos y valores, hasta constituir de forma imprecisa el
núcleo fundacional de eso a lo que hoy llamamos Occidente y en el pasado
denominamos Hélade, Roma o Cristiandad, porque la definición cambiaba de
contorno y sucesivamente podía afincarse en expresiones culturales de
diversa entidad que iban sintetizándose y subsumiéndose en un riquísimo
proceso de asimilación y mezcla.
En su momento, posteriormente, los
pueblos celtas, germanos y eslavos fueron atrapados y agregados a la onda
expansiva que a cámara lenta barría y, de alguna manera, unificaba el
espacio europeo y buena parte de Asia menor y África, pero el rasgo esencial
de la cultura que se estaba gestando mantenía como signo básico de identidad
ese carácter proteico y mestizo. Incluía a la Crónica de Gilgamesh y a
Homero, al Zigurat y al Partenón, a la Biblia, al Libro de los muertos
y a las sagas nórdicas. Todo era asumible y provechoso. Los jeroglíficos
egipcios acababan pariendo el alfabeto grecolatino por intermediación de los
fenicios. Los signos hindúes, siglos más tarde, eran traídos de contrabando
por los árabes para forjar un nuevo sistema de numeración. Las
disquisiciones de los estoicos teñían el judeocristianismo con una nueva
dimensión ética. Aristóteles y Platón, siglo tras siglo, morían y renacían
con cada generación que se asomaba a sus escritos desde cualquier lengua
indoeuropea. En algún momento, comparecieron Santo Tomás de Aquino, Erasmo y
Descartes, heraldos que anunciaban a Kant, Husserl o a Ortega y Gasset.
Copérnico y Galileo se prolongaron en Newton y en Einstein. Giotto, Leonardo
y Caravaggio, tras detenerse en Velásquez y Manet devinieron en Picasso. Es
fácil descubrir los antecedentes de Locke: están en el judío Zenón que
predicaba en Atenas la doctrina de los derechos naturales o en los romanos
que grabaron en bronce sus leyes siglos antes del nacimiento de Cristo,
prefigurando el moderno constitucionalismo. Occidente es siempre filiación,
tradición y continuidad. Cambia, a veces vertiginosamente, para permanecer
fiel a sus orígenes.
“Europa” no es el inicio del
big-bang sino una de sus etapas más significativas. Alguna vez el
corazón de la onda expansiva estuvo en Ur, donde acaso surgió el fenómeno.
Eventualmente, se trasladó al Egipto de los faraones, a Atenas, a Cartago, a
Roma, a Constantinopla o a la Aquisgrán de Carlomagno. En cierto instante de
fines del siglo XV, el azar histórico y la evolución de la cartografía en el
Mediterráneo, más las técnicas de navegación perfeccionadas por los
portugueses, colocaron sobre el océano Atlántico, entonces desconocido, tres
frágiles barquichuelos comandados por un marino visionario y terco nacido en
Génova. Se llamaba Cristóbal Colón y, apoderado por la reina castellana, se
empeñaba en llegar a las islas de las especias, en las cercanías de China,
para enriquecerse con un cargamento de estos apreciados condimentos,
entonces tenidos por medicinales, o acaso con pepitas de oro, si se lo
deparaba la suerte y conseguía regresar vivo a Europa con su apreciada
mercancía.
Aparece América
Lo que entonces ocurrió lo
conocemos todos: de improviso apareció un continente, hasta ese momento
insospechado desde la perspectiva del viejo mundo, y el milenario big-bang,
como hacen los huracanes sobre el Atlántico, cobró un nuevo ímpetu al
chocar con tierras americanas. Casi inmediatamente, un diluvio antiguo e
inacabable de animales, plantas, artefactos y construcciones culturales cayó
de manera incesante sobre América. El cristianismo, los caballos, el
alfabeto, los libros, el románico, el gótico, el barroco, el trazado en
cuadrícula de las ciudades, las lenguas europeas, la pólvora, los cañones,
las catedrales y conventos, las universidades: todo llegó como un torrente
incontenible que a su paso fue barriendo el perfil de los pueblos
precolombinos hasta arrinconar a los supervivientes en una orilla
insignificante y melancólica de la historia. Les ocurrió a todos los pueblos
autóctonos: en el norte, a los comanches o a los apaches; más al sur, a
aztecas y mayas, a incas y guaraníes. Eran cientos de pueblos que hablaban
-dicen-
millares de idiomas y dialectos.
Fue un vasto e implacable
etnocidio, pero no se trataba de un fenómeno nuevo ni único: eso también
había ocurrido dentro de las propias y elásticas fronteras de Occidente. Del
primigenio mundo mesopotámico sólo quedaban vestigios arqueológicos y
algunos rastros lingüísticos. El panteón de los dioses paganos se había
extinguido bajo el peso del cristianismo sin dejar otra herencia que unas
cultas referencias en beneficio de poetas y filósofos. Ciertas culturas
gloriosas, como la fenicia o la egipcia, se disiparon en la bruma dejando
como homenaje a sí mismas algunos monumentos misteriosos. En el espacio
europeo, decenas de pueblos prerromanos desaparecieron al paso implacable de
las legiones. El big-bang era así: una fuerza irresistible y
ciega que con el mismo ímpetu con que derribaba pueblos y civilizaciones
facilitaba el liderazgo y encumbramiento de nuevos agentes históricos.
Como Occidente, pese a la palabra,
no es un concepto geográfico, sino un quehacer y una cosmovisión, la cúpula
no le estaba vedada a nadie: germanos y anglosajones sustituyeron
paulatinamente a los pueblos latinos como motor central de la historia. Pero
luego se abrieron paso los asiáticos, comensales tardíos a la mesa de la
revolución industrial. Primero los japoneses se incorporaron vigorosamente
al quehacer occidental. Más tarde los imitaron surcoreanos y singapurenses.
Luego, recientemente, llegaron los chinos, sabios y viejos, taiwaneses y
continentales, y hoy están instalados a la cabeza del mundo, o en su
proximidad, junto a europeos y norteamericanos, mientras los hindúes
comienzan a asomarse en el horizonte. Todos escalaron esas cimas esgrimiendo
las mismas armas desarrolladas por Occidente: racionalidad, ciencia,
tecnología, comercio furioso, colaboración, competencia y culto por el
progreso creciente. El proceso era obvio: primero se imitaba, luego se
innovaba, posteriormente, se creaba con originalidad. Así se explica la
historia de Roma, construida sobre peldaños etruscos y griegos. Así se
entiende la gloria de la Europa carolingia, edificaba cuando los pueblos
germánicos sustituyeron el liderazgo del debilitado mundo latino, abriéndole
la vía a la eventual irrupción de los anglosajones.
Este atropellado recuento no es
ocioso. Sirve para ilustrar el inmenso error que significa juzgar con un
estrecho criterio ético los efectos del big-bang cultural occidental
al otro lado del Atlántico, como suele escucharse entre los llamados
enemigos de Occidente, seres permanentemente agraviados por el atropello de
que fueron víctimas los pueblos precolombinos a partir de 1492. Consuela
recordarlo: toda hegemonía tenía y tiene un componente avasallador. Las
quejas de los indigenistas latinoamericanos poseen el mismo peso moral que
si los españoles y portugueses les reclamaran a Italia, humillados y
ofendidos, la extinción de las culturas prerrománicas. Por otra parte, el
big-bang occidental ni siquiera era un fenómeno único aunque haya
sido el más poderoso y duradero que recuerda la historia. En la propia
América, a la llegada de los europeos, a otra escala ocurría algo parecido.
Los aztecas, deudores de los olmecas y toltecas en Mesoamérica, y los incas
en Sudamérica, fagocitaban a otras etnias y culturas americanas
incorporándolas por la fuerza o la intimidación a un núcleo civilizado
superior en desarrollo y organización.
Lo que sucedió a los pobladores
autóctonos de América tras la llegada de los europeos no fue otra cosa que
una variante de esa misma tendencia centrípeta que se observa en la
permanente interacción entre los grupos humanos. Tradicionalmente, los que
poseen mayor complejidad social y una base material o intelectual más sólida,
imponen su modelo de civilización. Lo único acaso diferente en la
trayectoria del big-bang occidental es la ininterrumpida continuidad
en el tiempo, su exitosa implantación y el carácter planetario que posee,
dado que ya abarca todos los continentes, aunque con diferentes grados de
penetración, como podemos ver en ciertos espacios asiáticos o en África
subsahariana, zonas del mundo hasta ahora escasamente influenciada por
Occidente.
América como parte de
Occidente
Una vez hechas estas observaciones
preliminares miremos a la América latina contemporánea. ¿Qué vemos? Unas
sociedades que se comunican en idiomas europeos, mayoritariamente rezan a
Jesucristo, y con diversos grados de dificultad, al menos teóricamente,
organizan sus Estados de acuerdo al modelo republicano liberal concebido
durante la Ilustración en el siglo XVIII, luego mixturado y adulterado con
componentes tomados del autoritarismo fascista, el caudillismo
militarista y el colectivismo marxista. Casi todo lo que allí acontece –lo
bueno y lo malo-
nos remite siempre a las raíces europeas.
Las ciudades se trazaron con la
cuadrícula propuesta por Vitrubio. Los templos tienen planta románica,
gótica o barroca, especialmente barroca. Las ciudades modernas están llenas
de edificios construidos con el ojo del modernismo, de la Bahaus,
del funcionalismo hecho de altura, acero y cristal. La mentalidad social o
cosmovisión proviene del Viejo Continente. Incluso los excesos y
disparates tienen ese origen.
¿Qué es América Latina (como
Estados Unidos o Canadá) sino una deriva de Europa? ¿Qué son nuestros
populistas colectivistas sino rezagos extemporáneos de Marx? ¿Qué son (o
fueron) nuestros fantoches militares, o algunos civiles autoritarios,
convertidos en dictadores, sino herederos del fascismo europeo? ¿Dónde,
sino de una mala lectura de Keynes, tomaron nuestros políticos populistas
sus ideas inflacionistas y estatistas para justificar el abultado gasto
público? América Latina, pues, aun cuando en una orilla del Atlántico lo
nieguen los indigenistas, y en el Viejo Continente o en Estados Unidos lo
pongan en duda algunos escépticos, no es otra cosa que una de las zonas
más vastas de Occidente, aunque sea la más pobre, atrasada y convulsa.
El pariente pobre
Admitamos, pues, que América
Latina es el pariente pobre de Occidente. ¿Qué se hace con los parientes
pobres? El Primer ministro británico, Tony Blair, dijo recientemente algo
con relación a España e Irlanda que vale la pena tomar en cuenta.
Refiriéndose a los fondos de cohesión otorgados por la Unión Europea (UE) a
estas dos naciones, llegó a la conclusión de que se justificaban por los
espléndidos resultados obtenidos con el desarrollo de estos dos países.
Según sus datos, las transacciones anuales entre Gran Bretaña y España
alcanzaban ya los cuarenta mil millones de dólares. Blair se congratulaba
del éxito de España porque sabía que la prosperidad de una nación le
conviene al resto del planeta. Entendía, como toda persona inteligente e
informada, que a nosotros nos beneficia la riqueza del otro.
Ese razonamiento también es
válido con relación a América Latina. A la UE le conviene que desaparezca o
se reduzca sustancialmente la pavorosa cifra de doscientos millones de
pobres que pululan en América Latina. Si hoy China, de un plumazo, es capaz
de comprar 2000 autobuses a la Volvo sueca, o está a punto de efectuar en
Occidente la mayor compra de aviones comerciales de la historia, es porque
las reformas económicas en dirección del mercado y de la existencia de
propiedad privada han rescatado de la miseria a 300 o 400 millones de chinos
que hoy tienen formas de producción y hábitos de consumo parecidos a los de
Occidente.
Naturalmente, aunque fuera en
beneficio de todos, no sería sensato, realista ni factible esperar una
transferencia de recursos económicos desde la UE hacia América Latina para
conseguir el desarrollo de la región, pero abrir los mercados europeos y
hacer un esfuerzo para integrar a esta región en los circuitos económicos,
tecnológicos y, de alguna manera, políticos, parecería una decisión sabia y
universalmente conveniente a ambos lados del Atlántico, de la que se
beneficiarían cientos de millones de consumidores y miles de productores.
Es un error circunscribir Europa a
su exclusiva dimensión geográfica y circunscribir a ésta un justo trato
comercial. La distancia cultural que separa a un argentino o a un cubano de
un español o de un italiano tal vez es menor que la que separa a un danés
de un griego o de un rumano. Las diferencias que uno puede observar entre
los usos y costumbres de un británico y un portugués son claramente mayores
que las que se aprecian entre un portugués y un brasilero. Son sólo matices
una misma y vasta familia, variada y plural, que por el bien de todos debe
hacer un enérgico esfuerzo por fortalecer los vínculos que la unen.
En 1993, cuando las autoridades
europeas se dieron cita para fijar los requisitos mínimos que se les
exigiría a los próximos miembros de la UE, los que finalmente ingresaron en
el 2004, se determinaron unos rasgos básicos que pueden resumirse en
cuatro: comportamiento democrático plural, respeto por el Estado de Derecho
y los Derechos Humanos, incluido el rechazo a la tortura y a la pena de
muerte, modelo económico abierto al mercado y a la competencia, con control
de la inflación y del gasto público, a lo que se añadía una decisión clara
de asumir los compromisos y responsabilidades que en materia de defensa y
otros aspectos imponía la pertenencia al organismo supranacional.
A estas alturas de la historia
Europa era eso. No había en los Criterios de Copenhague, como se
llamó al acuerdo oficial, una referencia religiosa o geográfica. No se hacía
mención de requisitos idiomáticos ni de cánones culturales. Parecía poco,
pero no lo era. Esa Europa dibujada con trazos gruesos era la síntesis
última de una gran sociedad abierta y libre, basada en la racionalidad y la
libertad, que sin olvidar la defensa, renunciaba al uso agresivo de la
fuerza y reconocía la dignidad plena de todas las personas.
Pero esa Europa, que en la OTAN y
en otras instituciones, cuando invoca los lazos trasatlánticos ya agrega a
su horizonte histórico, cultural, económico y militar a Estados Unidos y a
Canadá, estará incompleta o mutilada si no integra de alguna manera
efectiva en ese circuito a la porción latinoamericana del planeta, así como
a Australia o Nueva Zelanda, otros dos retoños del tronco europeo desovados
en el Pacífico lejano.
Nada de esto tiene que ver con una
visión de conquista imperial. Parece obvio que el big-bang cultural
occidental, lejos de perder fuerza, continúa en expansión, como dicen que
sucede con los astros y galaxias en el espacio. Pero desde mediados del
siglo XX esa fuerza avasalladora ha adquirido un comportamiento
significativamente diferente: la conquista de nuevos territorios y la
subordinación de las sociedades a sus usos y costumbres ya no es por la
fuerza, sino por la necesidad de cooperación y por la convicción moral.
En realidad, nadie forzó a los
soviéticos, a Europa del Este o a los chinos a abandonar las supersticiones
marxistas o la forma leninista de organizar el Estado o las transacciones
económicas. Lo que los obligó a variar el rumbo fue el peso abrumador de los
resultados de una competencia global que habían perdido. Es verdad que los
ingleses le impusieron su sello cultural a la India milenaria, pero, tras
la independencia del país, lejos de contemplar un regreso a las tradiciones,
lo que observamos es una creciente y exitosa occidentalización en todos
los órdenes de la convivencia hindú. En la década de los veinte del siglo
pasado, nadie conminó a los turcos, bajo la mano dura de Attaturk, a
secularizar las relaciones entre la sociedad y el Estado, a cambiar el
alfabeto, y a adoptar las grafías latinas, para acercar su país a las
fuentes culturales europeas: fue la convicción de que ése era el camino para
vencer el evidente proceso de decadencia que afectaba a Turquía desde el
siglo XVIII. Si hoy casi todas las autoridades educativas del planeta, desde
Kasajastan hasta Burundi, se empeñan en que los estudiantes aprendan inglés
y dominen la computación, es porque hay una aceptación tácita de que esos
son instrumentos de la modernidad occidental, esenciales para la adquisición
de destrezas y conocimientos que les permitirán desenvolverse con mayores
posibilidades de éxito. Pero qué duda cabe de que con esos saberes,
paulatinamente, también vendrán la creciente necesidad de adoptar el
pluralismo, las libertades políticas y económicas, el respeto por los
derechos humanos y el resto de los rasgos característicos de la
democracia liberal.
Es posible, pues, que estemos
presenciando el triunfo definitivo del big-bang occidental, con una
especie humana cada vez más homogénea en sus quehaceres vitales y en sus
comportamientos civiles. Pero lo extraordinario de este fenómeno es que no
se trata del triunfo de una nación sobre otra, sino de la hegemonía de un
modo de hacer las cosas. Si hoy la China se perfila como la segunda potencia
planetaria, y quién sabe si dentro de medio siglo será la primera, ese cetro
no le correspondería de manera permanente, porque el relevo del
protagonismo principal está en la naturaleza misma del big-bang
occidental, lo que objetivamente abre la puerta a las esperanzas
latinoamericanas. Si hace cincuenta años China era más pobre y atrasada que
Bolivia o Ecuador, no hay razón alguna para suponer que nuestros países
estén inevitablemente condenados al fracaso. Todo depende de que hagan
bien su tarea durante un tiempo prolongado, y nada sería más sano que esa
tarea la llevara a cabo muy cerca de las raíces culturales a las que
indisolublemente pertenece.
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