López Obrador y Chávez contra Estados Unidos
Carlos Alberto Montaner
Dick Morris, el ex asesor
presidencial de Bill Clinton, teme que los mexicanos elijan a Andrés Manuel
López Obrador como próximo presidente de México en las elecciones del 2 de
julio. AMLO es un neopopulista de izquierda, visceralmente
antinorteamericano, y encabeza todas las encuestas en su país, no obstante
su mediocre desempeño como gobernador del Distrito Federal. A Morris le
preocupa que haga causa común con Hugo Chávez y entre ambos pongan de
rodillas a Estados Unidos en materia energética. México y Venezuela envían
cerca de un tercio del petróleo que Estados Unidos necesita importar
diariamente.
En mala hora. Aumenta el
riesgo de una gran catástrofe en el Medio Oriente, provocada por el espasmo
belicista de Irán y su agresivo antisemitismo, y nadie puede garantizar que,
si estallara ese conflicto, el petróleo saudí podrá seguir fluyendo hacia
las costas americanas. En medio de este ominoso panorama, una alianza entre
Hugo Chávez y López Obrador sería terriblemente peligrosa, sea quien fuere
el ocupante de la Casa Blanca. Por lo pronto, la prensa mexicana está llena
de denuncias sobre la copiosa ayuda de Chávez a la candidatura de López
Obrador, como si entre los planes del venezolano estuviera incluir a México
dentro de su delirante proyecto revolucionario bolivariano.
El sentido común debería
indicarle a cualquier presidente mexicano que su más importante prioridad
consiste en llevarse bien con Estados Unidos, su poderosísimo vecino,
principal socio comercial y destino de varias decenas de millones de
mexicanos, pero la ideología suele ser una mala consejera que distorsiona
las percepciones. Al fin y al cabo, a Hugo Chávez también debería
interesarle mantener unas buenas relaciones con Estados Unidos, país
comprador del ochenta por ciento del petróleo que Venezuela exporta, pero el
teniente coronel se dedica sistemáticamente a intentar provocar una crisis
entre las dos naciones y no vacila en calificar a George W. Bush de ``asesino,
cobarde, genocida y borracho''.
¿Qué papel juega México en
las afiebradas fantasías de Hugo Chávez? Tratándose, como es el caso, de una
persona mesiánica decidida a reconstruir la historia y la geografía
bolivarianas del siglo XIX, lo predecible es que sueñe con recuperar para
México los territorios del sur de Estados Unidos arrebatados tras la guerra
de 1846. Si Arthur Zimmermann, el ministro de Relaciones Exteriores de
Alemania, le ofreció al presidente Venustiano Carranza la devolución de esos
territorios en 1917 a cambio de atacar a Estados Unidos por el sur y entrar
en la Primera Guerra Mundial del lado alemán, lo que precipitó la decisión
de Wilson de solicitar al Congreso la declaración formal de hostilidades
contra Berlín, nadie debe tener la menor duda de que Hugo Chávez razona de
manera similar. Convencido, como está, de que Estados Unidos es un poder en
decadencia que caerá por el empuje revolucionario del tercer mundo, ahora
bajo su liderazgo, la idea de un México revuelto e insurgido contra
Washington, por loca que sea, le provoca el entusiasmo más incontrolable.
Es curiosa la similitud que
existe entre la primera parte del siglo XX y los tiempos que vivimos. Tras
la caída del Muro de Berlín en 1989, la disolución de la URSS en 1991 y el
triunfo de Occidente en la guerra fría, parecía que entrábamos en una era de
tranquilidad sin riesgos, semejante a la que prevaleció en el mundo en 1918
tras la derrota del Kaiser y el fin de los imperios alemán, turco,
austrohúngaro y ruso. Pero entonces, de entre los escombros, surgieron con
fuerza las ideologías totalitarias, fascismo y comunismo --variantes del
mismo tronco socialista--, y en apenas una generación, de la mano de Hitler
y Stalin, aliados para invadir Polonia, volvió a estallar otra guerra
mundial, pero con mayor ferocidad y mucha más capacidad destructora que
veinte años antes.
Ahora, ¿se dejará llevar
México en la dirección que Chávez elucubra? Para contestar esa pregunta
suele haber dos respuestas. Hay quienes piensan que, en efecto, AMLO no
vacilaría en poner realmente en peligro las relaciones con Estados Unidos si
cree que ello le conviene a su imagen de hombre de izquierda. Esos son los
pesimistas. Los optimistas suponen que el león no es tan fiero como lo
pintan y se limitará a ser una especie de Luis Echevarría II, aquel
presidente del PRI (1970-1976), manirroto y corrupto, intensamente populista,
que practicaba cierto radicalismo oral en las tribunas internacionales,
compensado con fuertes medidas represivas contra esas mismas fuerzas en el
orden interno. Cualquiera de los dos comportamientos será desastroso.
Abril 9, 2006
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