Venezuela o el Moscú del siglo XXI
Carlos Alberto Montaner
La secuencia tiene cierta importancia. El 18 y 19 de julio
se reunieron en Caracas los representantes de cincuenta partidos comunistas
del mundo. Llegaron al país para apoyar el experimento venezolano del señor
Hugo Chávez, esa cosa colectivista y autoritaria llamada ''socialismo del
siglo XXI'' con la que el teniente coronel quiere conquistar el planeta. Los
asistentes se sentían eufóricos. Marx y Lenin, finalmente, habían
resucitado. El trauma del derribo del Muro de Berlín y de la desaparición de
la URSS había sido superado. El eje Caracas-La Habana había reemplazado a
Moscú. Hugo Chávez se perfilaba como la cabeza, o más bien la chequera, del
nuevo imperio revolucionario que comenzaba a forjarse.
Un par de días más tarde el señor Hugo Chávez fue a Córdoba,
Argentina, a ingresar oficialmente en el MERCOSUR y, de paso, a introducir
de contrabando a su padrino y mentor Fidel Castro en la organización. Para
que no quedaran dudas de su propósito, su vicecanciller le explicó a la
prensa que para ellos el principal objetivo de la presencia venezolana en
esa institución era de carácter político. Se proponen colocar al MERCOSUR en
la primera línea de batalla contra las democracias occidentales. El
MERCOSUR, dentro de sus planes, no es una lonja de comercio ni un ensayo de
integración. Es una trinchera. Chávez y Castro se despidieron de Argentina
con un número de circo montado en un estadio. Supongo que los otros
presidentes deben haberse quedado preocupados, aunque ninguno lo dijo. No
parece sensato que la orientación ideológica y el signo de las alianzas y
los conflictos latinoamericanos los determinen dos sujetos evidentemente
perturbados.
Inmediatamente, Chávez viajó a Bielorrusia, la última
dictadura comunista que queda en Europa. Lo recibió Alexander Lukashenko, el
líder estalinista de esa nación, y la televisión internacional transmitió la
imagen y la voz de un Hugo Chávez risueño que felicitaba al país por no
haber cedido ante lo que llamó, con gran deprecio, las ''revoluciones de
colores''. Para el militar venezolano la liberación de los pueblos del Este
de Europa y la llegada de la democracia a esa región del mundo fue una
inconmensurable desgracia. Naturalmente, firmó alianzas estratégicas con el
otro dictador y entonaron a dúo una tonadilla antinorteamericana.
Casi sin darse tregua el inquieto venezolano siguió rumbo a
Moscú. Ya había comprado cien mil fusiles de asalto. Ahora el proyecto es
adquirir varios escuadrones de MiG-29 y docenas de helicópteros. Parece que
la bolsa disponible es de $1,000 mil millones, pero pudiera duplicar esa
cifra si es necesario. Putin le venderá los aviones y, si el precio es
conveniente, hasta la momia de Lenin. Chávez está dispuesto a contar
con las mayores fuerzas armadas de América Latina. A los españoles también
les ha comprado aviones y naves de guerra. Quiere triplicar los efectivos de
Brasil y poner a temblar a los colombianos con un simple gesto. Si
Venezuela, bajo su liderazgo, va a ser una potencia mundial, necesita tener
un ejército enorme capaz de intimidar a sus adversarios y de admirar a los
simpatizantes.
Lo más asombroso de este espectáculo es la indiferencia o la
indolencia con que una buena parte de los venezolanos se le enfrenta.
Según las encuestas más solventes, las de Alfredo Keller, la inmensa mayoría
de los venezolanos no quiere que el país sea arrastrado en esa dirección,
pero, simultáneamente, más de la mitad de la sociedad tiene una opinión
positiva de su pintoresco presidente. Y, dentro de esa extraña esquizofrenia,
los casos más graves son los llamados ''ni-ni'': ese tercio largo e
irresponsable de la población que dice no estar ni con el gobierno ni con la
oposición, como si en el país se jugara una simple disputa electoral entre
dos bandos equivalentes, y no una trágica disyuntiva entre la inevitable
catástrofe provocada por un iluminado que cree ser la reencarnación de
Bolívar y Marx y la asustada racionalidad de una oposición que advierte
inútilmente que la nación va hacia el despeñadero. Tal vez
lo de ni-ni es porque no tienen corazón ni cerebro.
Julio 30, 2006
Imprimir
esta página