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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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Raúl se disfraza de Fidel

Carlos Alberto Montaner

Los primeros síntomas del gobierno de Raúl Castro no son alentadores. El 10 de diciembre pasado una turba organizada por la policía política y el partido comunista apaleó en las calles de La Habana a una minúscula manifestación de ciudadanos pacíficos que pretendían conmemorar el Día de los Derechos Humanos establecido por la ONU. Uno de los energúmenos del operativo policial, al que hay que agradecerle su franqueza ideológica, gritaba ''abajo los derechos humanos''. Nada nuevo: desde hace varias décadas vienen haciéndolo. El pogromo, aprendido de los nazis, es una de las estrategias para mantenerse en el poder: castigan a los que se atreven a protestar y, de paso, aterrorizan a la sociedad.

Pero, para entender la conducta de Raúl Castro, aún más elocuente que ese hecho monstruoso fue un inocente guateque infantil al que asistió pacientemente. El niño Elián --el balserito salvado y devuelto a Cuba-- cumplió año y allá fue Raúl a celebrar la ocasión escoltado por guardias, pasteles y croquetas. ¿Por qué acudió Rául Castro a esa fiestecilla insignificante y llevó las cámaras de la televisión a que dieran cuenta de ello? Por algo tan sencillo como patético: Raúl está tratando de hacer las cosas que hacía Fidel. No sólo lo está sustituyendo en sus cargos. También intenta imitar su comportamiento. Psicológicamente, no es Raúl el que gobierna con sus ideas y sus juicios propios. Es un artista del karaoke. Trata de ser su hermano. Se ha pegado unas barbas postizas y quiere ser Fidel bis.

¿Oportunismo? ¿Inseguridad? ¿Cálculo político? Todo eso junto. Pero es triste que esté copiando lo peor de su hermano. Durante casi medio siglo Fidel gobernó mediante el bochinche. Creaba conflictos artificiales, sacaba las gentes a las calles a desfilar en medio de unas estridentes protestas, y confiaba en que esas ceremonias de ira colectiva, orquestadas por el aparato de propaganda, galvanizaban a la sociedad tras su liderazgo. La revolución era esa gritería desagradable.

El caso de Elián es perfecto para entender esta estrategia. Una docena de personas intenta escapar de Cuba en una balsa. Entre ellas está una muchacha divorciada y su hijito de cuatro o cinco años. La acompaña su nuevo compañero. La balsa se vuelca. El niño y otras dos personas sobreviven milagrosamente. Unos tíos del niño, radicados en Miami, amorosamente, se hacen cargo de la criatura. El padre del niño, que en un primer momento estaba encantado con la acogida dada a Elián por parte de sus familiares exiliados --gente laboriosa y decente--, es presionado por las autoridades cubanas y reclama su custodia.

Ante este episodio, que no es más que un típico conflicto legal por la patria potestad sobre un menor, semejante a miles que se ventilan en los tribunales todos los días, Fidel Castro monta una operación publicitaria y durante un año la prensa local (y buena parte de la internacional) se dedica a examinar el problema. El país se está cayendo a pedazos, la productividad está por los suelos, hay graves problemas de nutrición, las cárceles están llenas de presos políticos y las calles inundadas de jóvenes prostitutas que se venden a los turistas para poder comer, pero Fidel ha convertido ''el caso Elián'' en el foco de atención. Ha creado el bochinche y saca las manifestaciones a las calles. Decenas de miles de cubanos desfilan bajo un sol asesino para pedir que les devuelvan a Elián. Mientras eso sucede, docenas de balseros de todas las edades continúan ahogándose en el estrecho de la Florida sin siquiera merecer el mínimo homenaje de una escueta mención periodística. Los castristas y los papanatas aseguran que Fidel es un genio de la política. Mientras tanto, Cuba se hunde en la idiotez y la miseria.

El modo fidelista de gobernar es ése: la algarabía, la incapacidad para organizar las prioridades, el gesto para la galería, la demagogia boba que esconde los problemas debajo de una montaña de consignas mitineras. Raúl quiere seguir tras esa huella. ¿Podrá hacerlo? A Fidel ese estilo bochinchero le resultaba natural. Es lo que comenzó a hacer en sus lejanos días universitarios, en la década de los cuarenta, y jamás superó su etapa adolescente. Se transformó en Peter Pan con barba y pistola. Ese uniforme a Raúl le queda mal. Se le ve que es de utilería.

Diciembre 17, 2006

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