Raúl se disfraza de Fidel
Carlos Alberto Montaner
Los primeros síntomas del gobierno de Raúl Castro no son
alentadores. El 10 de diciembre pasado una turba organizada por la policía
política y el partido comunista apaleó en las calles de La Habana a una
minúscula manifestación de ciudadanos pacíficos que pretendían conmemorar el
Día de los Derechos Humanos establecido por la ONU. Uno de los energúmenos
del operativo policial, al que hay que agradecerle su franqueza ideológica,
gritaba ''abajo los derechos humanos''. Nada nuevo: desde hace varias
décadas vienen haciéndolo. El pogromo, aprendido de los nazis, es una de las
estrategias para mantenerse en el poder: castigan a los que se atreven a
protestar y, de paso, aterrorizan a la sociedad.
Pero, para entender la conducta de Raúl Castro, aún más
elocuente que ese hecho monstruoso fue un inocente guateque infantil al que
asistió pacientemente. El niño Elián --el balserito salvado y devuelto a
Cuba-- cumplió año y allá fue Raúl a celebrar la ocasión escoltado por
guardias, pasteles y croquetas. ¿Por qué acudió Rául Castro a esa
fiestecilla insignificante y llevó las cámaras de la televisión a que dieran
cuenta de ello? Por algo tan sencillo como patético: Raúl está tratando de
hacer las cosas que hacía Fidel. No sólo lo está sustituyendo en sus cargos.
También intenta imitar su comportamiento. Psicológicamente, no es Raúl el
que gobierna con sus ideas y sus juicios propios. Es un artista del karaoke.
Trata de ser su hermano. Se ha pegado unas barbas postizas y quiere ser
Fidel bis.
¿Oportunismo? ¿Inseguridad? ¿Cálculo político? Todo eso
junto. Pero es triste que esté copiando lo peor de su hermano. Durante casi
medio siglo Fidel gobernó mediante el bochinche. Creaba conflictos
artificiales, sacaba las gentes a las calles a desfilar en medio de unas
estridentes protestas, y confiaba en que esas ceremonias de ira colectiva,
orquestadas por el aparato de propaganda, galvanizaban a la sociedad tras su
liderazgo. La revolución era esa gritería desagradable.
El caso de Elián es perfecto para entender esta estrategia.
Una docena de personas intenta escapar de Cuba en una balsa. Entre ellas
está una muchacha divorciada y su hijito de cuatro o cinco años. La acompaña
su nuevo compañero. La balsa se vuelca. El niño y otras dos personas
sobreviven milagrosamente. Unos tíos del niño, radicados en Miami,
amorosamente, se hacen cargo de la criatura. El padre del niño, que en un
primer momento estaba encantado con la acogida dada a Elián por parte de sus
familiares exiliados --gente laboriosa y decente--, es presionado por las
autoridades cubanas y reclama su custodia.
Ante este episodio, que no es más que un típico conflicto
legal por la patria potestad sobre un menor, semejante a miles que se
ventilan en los tribunales todos los días, Fidel Castro monta una operación
publicitaria y durante un año la prensa local (y buena parte de la
internacional) se dedica a examinar el problema. El país se está cayendo a
pedazos, la productividad está por los suelos, hay graves problemas de
nutrición, las cárceles están llenas de presos políticos y las calles
inundadas de jóvenes prostitutas que se venden a los turistas para poder
comer, pero Fidel ha convertido ''el caso Elián'' en el foco de atención. Ha
creado el bochinche y saca las manifestaciones a las calles. Decenas de
miles de cubanos desfilan bajo un sol asesino para pedir que les devuelvan a
Elián. Mientras eso sucede, docenas de balseros de todas las edades
continúan ahogándose en el estrecho de la Florida sin siquiera merecer el
mínimo homenaje de una escueta mención periodística. Los castristas y los
papanatas aseguran que Fidel es un genio de la política. Mientras tanto,
Cuba se hunde en la idiotez y la miseria.
El
modo fidelista de gobernar es ése: la algarabía, la incapacidad para
organizar las prioridades, el gesto para la galería, la demagogia boba que
esconde los problemas debajo de una montaña de consignas mitineras. Raúl
quiere seguir tras esa huella. ¿Podrá hacerlo? A Fidel ese estilo
bochinchero le resultaba natural. Es lo que comenzó a hacer en sus lejanos
días universitarios, en la década de los cuarenta, y jamás superó su etapa
adolescente. Se transformó en Peter Pan con barba y pistola. Ese uniforme a
Raúl le queda mal. Se le ve que es de utilería.
Diciembre 17, 2006
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