Entrevista a Carlos Alberto Montaner
Emilio Ichikawa
Carlos
Alberto Montaner es un escritor cubano con criterio político. Califica con
exactitud en el discutido estatus de “intelectual”. Conocido dentro y fuera
de Cuba, en círculos políticos y académicos de Europa, Estados Unidos y
América latina, tiene una visión integral de los asuntos cubanos.
No sé si está totalmente de acuerdo con el rótulo de pensador liberal, pero
su obra escrita avala ese calificativo. En todo caso, hay ingredientes
éticos y estéticos (la cuidada escritura, el sentido del humor, la
coherencia narrativa de las ideas) que lo alejan del neoliberalismo radical
y lo acercan a aquella patria chica del liberalismo clásico: la Cátedra de
Ética de la Universidad de Glasgow. Hoy Carlos Alberto nos responde unas
preguntas:
1-¿Puede el liberalismo ser creíble sin una pretensión moral, sin cierto
instinto justiciero? Visto incluso con pragmatismo electoral: ¿puede un
liberal ganar elecciones democráticas en América Latina sin que hable, al
menos demagógicamente, de “igualdad social”?.
El liberalismo tiene un fuerte instinto justiciero, lo que no quiere
decir que busque el igualitarismo. ¿Qué puede ser más justo que fomentar la
libertad para que los individuos desarrollen todo su potencial y luchen por
diseñar sus propias vidas sin imposiciones externas? Si hay algo injusto es
el igualitarismo y el colectivismo. No creo que vale la pena engañar a nadie
para ganar elecciones. Los liberales debemos proponer aquello en lo que
creemos: libertad, autoridad limitada, responsabilidad, subordinación al
imperio de la ley, división de poderes, propiedad privada, mercado y control
transparente de la gestión pública.
2-Hay una diferencia entre los empresarios y los economistas. Los
primeros quieren ganar dinero, los segundos, básicamente, publicar y ganar
reconocimiento profesional. ¿No es un mito eso de que los “Chicago boys”
fueron los actores del crecimiento económico chileno?
Así es. En cualquier sociedad, incluidas las colectivistas, el único
lugar donde se crea riqueza es en las empresas. Sabemos, por experiencia,
que las empresas públicas suelen ser un desastre y destruyen más capital del
que generan, así que, en la práctica, es posible afirmar que el único lugar
donde realmente se crea riqueza es en las empresas privadas, ya sean éstas
sociedades anónimas, familiares, personales o cooperativas. Así que la
función de los economistas que trabajan para el Estado, y, en general, de
los funcionarios que sirven a la comunidad, es crear las condiciones para
que surjan las empresas, crezcan, inviertan, creen empleo, paguen impuestos
y enriquezcan al conjunto de la sociedad. El papel de los Chicago boys en
Chile fue generar las condiciones para que los empresarios crearan empresas
y el país abandonara su empobrecedora tradición socialista
3-Algunas personas piensan que el problema del chavismo está mal
planteado; es decir, que lo interesante ahí no es tanto por qué lo apoyan
los pobres (una obviedad a medias) sino por qué lo respalda parte de la
clase alta. En Venezuela como en Cuba, ¿no hubo complicidad de ciertos
grandes empresarios en la consolidación de un autoritarismo socialista en el
poder?
Los procesos de Cuba y Venezuela se parecen. Ambas sociedades fueron
segregando un peligroso rechazo a las instituciones republicanas y al Estado
de Derecho. Las frustraciones y el descrédito de la actividad pública fueron
generando la peligrosa idea revolucionaria consistente en suponer que un día
un caudillo bien intencionado barrería la podredumbre política, enderezaría
al país y nos traería la felicidad. En ambos países la sociedad dejó de
tener fe en el Estado y en las instituciones republicanas y colocó a un
caudillo al frente de la nación. Esa es la esencia del disparate
revolucionario. Por supuesto que muchos empresarios han sido cómplices de
ese error terrible.
4-En su obra novelística existen héroes revolucionarios, al menos
personajes de notable intensidad política. ¿Puede la revolución ser un
elemento de subversión social necesario o ya está descartada definitivamente
por la historia, incluso por la historia del socialismo?
Yo no creo en el revolucionarismo. Creía cuando era joven, pero una de las
pocas ventajas de envejecer es que uno deja de succionarse el pulgar.
Algunos de los héroes de mis novelas son revolucionarios violentos decididos
a cambiar el mundo con dinamita, pero yo no me identifico con ellos o, por
lo menos, con esos rasgos. La violencia suele llevar a la pérdida de la
libertad y a un mayor grado de pobreza.
5-Algunos de los más enfáticos neoliberales cubanos fueron ideólogos
comunistas en un pasado reciente. Aunque el contenido doctrinal cambie, ¿no
condiciona eso cierto estilo, por ejemplo, en el manejo del liberalismo como
nueva “ideología”, en la “transferencia utópica” salvífica hacia el nuevo
punto de vista?
El tono muchas veces tiene que ver con la personalidad y el estilo. El
liberalismo no es una ideología. Los ideólogos creen conocer de antemano lo
que les conviene a los seres humanos y les imponen sus criterios con la
fantasía de que ellos saben hacia dónde debe marchar la humanidad. Es la
fatal arrogancia de que hablara Hayek. Los liberales, en cambio, son
constructores de instituciones para preservar la libertad y así propiciar
que las personas puedan tomar sus decisiones de acuerdo con lo que entienden
que les beneficia. En el camino hemos averiguado que hay ciertas políticas
públicas más eficientes que otras y solemos recomendarlas, pero no como una
cuestión de fe dogmática, sino porque hemos observado lo que sucede en la
sociedad cuando se hace una cosa u otra. El ejemplo más claro es el de Adam
Smith y su Indagación sobre la riqueza de las naciones. Es verdad que él
había visto en acción el éxito de las ideas liberales en Francia durante el
corto periodo en que Turgot fue algo así como Ministro de Hacienda, pero el
verdadero punto de partida de sus reflexiones sobre el papel del mercado fue
el buen funcionamiento de las panaderías en Londres cuando el Estado no
intervenía en los precios.
6-Algunos amigos en Miami hablan de una gran reunión en el club Big Five
donde fueron con la expectativa de sumarse a un partido que iría a fundar
usted. Dicen que salieron frustrados pues se habló solo de un club de
lectura. Más allá de sus propias expectativas, ¿está conciente de la
percepción general que muchas personas tienen de su persona como estratega y
líder político?
Es cierto. Muchos amigos, ilusionados, creyeron que iba a anunciar la
creación de un partido político y yo me limité a proponer la creación de un
club del libro cubano que, por cierto, fracasó. Sin embargo, creo no me
equivoqué del todo. Pudo ser peor. Estaba y estoy convencido de que es
imposible crear y mantener -sobre todo mantener- un partido político en el
exilio. Los partidos políticos tienen como misión representar a sectores de
la opinión pública y luchar por llegar al poder para administrar el Estado
de acuerdo con los programas aprobados (siempre que se ajusten a la ley), y
nada de esto tiene que ver con la realidad del exilio, marcada por la
incertidumbre, el escepticismo y la indiferencia, consecuencias todas ellas
de formar parte de una oposición muy vieja y golpeada. Cada vez que a Felipe
González le recordaban que el poder desgasta, solía decir que más desgasta
la oposición y en ella estamos desde hace casi medio siglo.
José Martí fue quien primero se dio cuenta de que era imposible formar un
partido político en el exilio, y aunque creó el Partido Revolucionario
Cubano, eso no era más que un sistema de recaudación de fondos para
alimentar a los insurrectos y una manera de informar a los desterrados y
mantenerles en alto la moral. La prueba de que no era un partido político se
encuentra en su reglamento: estaba prevista su disolución cuando se
alcanzara el objetivo de derrotar a los españoles.
Con la Biblioteca de la Libertad, el club del libro a que hiciste
referencia, traté de levantar fondos para la lucha política, pacífica y
diplomática, que hay que llevar a cabo contra el castrismo en nuestros días,
en donde ya no hay espacio ni simpatías para la violencia, pero no tuve
éxito. Sin embargo, contamos con un embrión de partido político, la Unión
Liberal Cubana, integrada por muy buenos cuadros que hacen lo que pueden
para defender las ideas liberales, debilitar al régimen y ayudar a la
oposición interna. Cuando podamos, nos trasladaremos a Cuba a crear un gran
partido político.
FOTO:
"The Signer"-Philadelphia. Homenaje a los firmantes de la Declaración de
Independencia (1776) y la Constitución (1787).
Emilio Ichikawa.
Marzo-2007.
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