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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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Entrevista a Carlos Alberto Montaner

Emilio Ichikawa

Carlos Alberto Montaner es un escritor cubano con criterio político. Califica con exactitud en el discutido estatus de “intelectual”. Conocido dentro y fuera de Cuba, en círculos políticos y académicos de Europa, Estados Unidos y América latina, tiene una visión integral de los asuntos cubanos.

No sé si está totalmente de acuerdo con el rótulo de pensador liberal, pero su obra escrita avala ese calificativo. En todo caso, hay ingredientes éticos y estéticos (la cuidada escritura, el sentido del humor, la coherencia narrativa de las ideas) que lo alejan del neoliberalismo radical y lo acercan a aquella patria chica del liberalismo clásico: la Cátedra de Ética de la Universidad de Glasgow. Hoy Carlos Alberto nos responde unas preguntas
:

1-¿Puede el liberalismo ser creíble sin una pretensión moral, sin cierto instinto justiciero? Visto incluso con pragmatismo electoral: ¿puede un liberal ganar elecciones democráticas en América Latina sin que hable, al menos demagógicamente, de “igualdad social”?.

El liberalismo tiene un fuerte instinto justiciero, lo que no quiere decir que busque el igualitarismo. ¿Qué puede ser más justo que fomentar la libertad para que los individuos desarrollen todo su potencial y luchen por diseñar sus propias vidas sin imposiciones externas? Si hay algo injusto es el igualitarismo y el colectivismo. No creo que vale la pena engañar a nadie para ganar elecciones. Los liberales debemos proponer aquello en lo que creemos: libertad, autoridad limitada, responsabilidad, subordinación al imperio de la ley, división de poderes, propiedad privada, mercado y control transparente de la gestión pública.

2-Hay una diferencia entre los empresarios y los economistas. Los primeros quieren ganar dinero, los segundos, básicamente, publicar y ganar reconocimiento profesional. ¿No es un mito eso de que los “Chicago boys” fueron los actores del crecimiento económico chileno?

Así es. En cualquier sociedad, incluidas las colectivistas, el único lugar donde se crea riqueza es en las empresas. Sabemos, por experiencia, que las empresas públicas suelen ser un desastre y destruyen más capital del que generan, así que, en la práctica, es posible afirmar que el único lugar donde realmente se crea riqueza es en las empresas privadas, ya sean éstas sociedades anónimas, familiares, personales o cooperativas. Así que la función de los economistas que trabajan para el Estado, y, en general, de los funcionarios que sirven a la comunidad, es crear las condiciones para que surjan las empresas, crezcan, inviertan, creen empleo, paguen impuestos y enriquezcan al conjunto de la sociedad. El papel de los Chicago boys en Chile fue generar las condiciones para que los empresarios crearan empresas y el país abandonara su empobrecedora tradición socialista

3-Algunas personas piensan que el problema del chavismo está mal planteado; es decir, que lo interesante ahí no es tanto por qué lo apoyan los pobres (una obviedad a medias) sino por qué lo respalda parte de la clase alta. En Venezuela como en Cuba, ¿no hubo complicidad de ciertos grandes empresarios en la consolidación de un autoritarismo socialista en el poder?

Los procesos de Cuba y Venezuela se parecen. Ambas sociedades fueron segregando un peligroso rechazo a las instituciones republicanas y al Estado de Derecho. Las frustraciones y el descrédito de la actividad pública fueron generando la peligrosa idea revolucionaria consistente en suponer que un día un caudillo bien intencionado barrería la podredumbre política, enderezaría al país y nos traería la felicidad. En ambos países la sociedad dejó de tener fe en el Estado y en las instituciones republicanas y colocó a un caudillo al frente de la nación. Esa es la esencia del disparate revolucionario. Por supuesto que muchos empresarios han sido cómplices de ese error terrible.

4-En su obra novelística existen héroes revolucionarios, al menos personajes de notable intensidad política. ¿Puede la revolución ser un elemento de subversión social necesario o ya está descartada definitivamente por la historia, incluso por la historia del socialismo?

Yo no creo en el revolucionarismo. Creía cuando era joven, pero una de las pocas ventajas de envejecer es que uno deja de succionarse el pulgar. Algunos de los héroes de mis novelas son revolucionarios violentos decididos a cambiar el mundo con dinamita, pero yo no me identifico con ellos o, por lo menos, con esos rasgos. La violencia suele llevar a la pérdida de la libertad y a un mayor grado de pobreza.

5-Algunos de los más enfáticos neoliberales cubanos fueron ideólogos comunistas en un pasado reciente. Aunque el contenido doctrinal cambie, ¿no condiciona eso cierto estilo, por ejemplo, en el manejo del liberalismo como nueva “ideología”, en la “transferencia utópica” salvífica hacia el nuevo punto de vista?

El tono muchas veces tiene que ver con la personalidad y el estilo. El liberalismo no es una ideología. Los ideólogos creen conocer de antemano lo que les conviene a los seres humanos y les imponen sus criterios con la fantasía de que ellos saben hacia dónde debe marchar la humanidad. Es la fatal arrogancia de que hablara Hayek. Los liberales, en cambio, son constructores de instituciones para preservar la libertad y así propiciar que las personas puedan tomar sus decisiones de acuerdo con lo que entienden que les beneficia. En el camino hemos averiguado que hay ciertas políticas públicas más eficientes que otras y solemos recomendarlas, pero no como una cuestión de fe dogmática, sino porque hemos observado lo que sucede en la sociedad cuando se hace una cosa u otra. El ejemplo más claro es el de Adam Smith y su Indagación sobre la riqueza de las naciones. Es verdad que él había visto en acción el éxito de las ideas liberales en Francia durante el corto periodo en que Turgot fue algo así como Ministro de Hacienda, pero el verdadero punto de partida de sus reflexiones sobre el papel del mercado fue el buen funcionamiento de las panaderías en Londres cuando el Estado no intervenía en los precios.

6-Algunos amigos en Miami hablan de una gran reunión en el club Big Five donde fueron con la expectativa de sumarse a un partido que iría a fundar usted. Dicen que salieron frustrados pues se habló solo de un club de lectura. Más allá de sus propias expectativas, ¿está conciente de la percepción general que muchas personas tienen de su persona como estratega y líder político?

Es cierto. Muchos amigos, ilusionados, creyeron que iba a anunciar la creación de un partido político y yo me limité a proponer la creación de un club del libro cubano que, por cierto, fracasó. Sin embargo, creo no me equivoqué del todo. Pudo ser peor. Estaba y estoy convencido de que es imposible crear y mantener -sobre todo mantener- un partido político en el exilio. Los partidos políticos tienen como misión representar a sectores de la opinión pública y luchar por llegar al poder para administrar el Estado de acuerdo con los programas aprobados (siempre que se ajusten a la ley), y nada de esto tiene que ver con la realidad del exilio, marcada por la incertidumbre, el escepticismo y la indiferencia, consecuencias todas ellas de formar parte de una oposición muy vieja y golpeada. Cada vez que a Felipe González le recordaban que el poder desgasta, solía decir que más desgasta la oposición y en ella estamos desde hace casi medio siglo.

José Martí fue quien primero se dio cuenta de que era imposible formar un partido político en el exilio, y aunque creó el Partido Revolucionario Cubano, eso no era más que un sistema de recaudación de fondos para alimentar a los insurrectos y una manera de informar a los desterrados y mantenerles en alto la moral. La prueba de que no era un partido político se encuentra en su reglamento: estaba prevista su disolución cuando se alcanzara el objetivo de derrotar a los españoles.

Con la Biblioteca de la Libertad, el club del libro a que hiciste referencia, traté de levantar fondos para la lucha política, pacífica y diplomática, que hay que llevar a cabo contra el castrismo en nuestros días, en donde ya no hay espacio ni simpatías para la violencia, pero no tuve éxito. Sin embargo, contamos con un embrión de partido político, la Unión Liberal Cubana, integrada por muy buenos cuadros que hacen lo que pueden para defender las ideas liberales, debilitar al régimen y ayudar a la oposición interna. Cuando podamos, nos trasladaremos a Cuba a crear un gran partido político.

FOTO: "The Signer"-Philadelphia. Homenaje a los firmantes de la Declaración de Independencia (1776) y la Constitución (1787).

Emilio Ichikawa.
Marzo-2007.
 

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