Vilma, Raúl, Fidel y la soledad
de la muerte
Carlos Alberto Montaner
Madrid -- Al general Raúl
Castro, el gobernante de facto cubano, se le ha muerto la esposa de casi
medio siglo, Vilma Espín, una ingeniera química de 77 años nacida en el seno
de una solvente familia de Santiago de Cuba. Deja cuatro hijos y numerosos
nietos. Uno de esos nietos, Alejandro, es el jefe de la escolta de su
abuelo. Uno de sus yernos, Luis Alberto Rodríguez, militar de alta
graduación, es quien maneja los vastos intereses económicos de las Fuerzas
Armadas.
A Fidel Castro no le gusta demasiado el peso mediático de la familia de su
hermano. Mientras Raúl, con cierto orgullo, exhibe a sus hijos y potencia su
presencia en los medios de comunicación --especialmente la de su hija
Mariela, una sexóloga a la que se le atribuye inteligencia y cierto espíritu
de tolerancia, muy propio de su profesión--, Fidel esconde a los suyos,
condenando a sus descendientes a una especie de extraña marginación que
inevitablemente les han causado graves tensiones emocionales, como han
revelado algunas de las ex nueras escapadas al exilio tras convivir bajo el
mismo techo con esa rara familia durante algún tiempo.
Según los dos secretarios privados de Raúl Castro huidos a Estados Unidos
--uno llegó en un bote tras haber sido representante ante Naciones Unidas,
mientras el otro desertó en Rusia, donde era embajador interino, ambos
notablemente brillantes--, el contacto entre las familias de Fidel y Raúl no
era fluido y ni siquiera se visitaban socialmente. ¿Por qué? Porque las
relaciones entre Fidel y Raúl están montadas sobre unas bases totalmente
perversas. Fidel, cinco años mayor que Raúl, siente un enorme desprecio
moral por Raúl y se lo hace saber con cierta frecuencia. Valora su lealtad
absoluta y le reconoce un notable instinto para la gerencia burocrática de
las Fuerzas Armadas, pero le parece frívolo, le molestan sus episodios de
alcoholismo, le reprocha su reducida capacidad para el análisis político, le
irrita su notoria falta de curiosidad intelectual, y le censura ese rasgo
fatal de su conducta en el que la campechanía y la vulgaridad se unen para
liquidar cualquier vestigio de la majestad que Fidel supone debe acompañar
al líder permanentemente.
Raúl, en cambio, ha vivido psicológica y emocionalmente subordinado a un
hermano al que admira, pese a que siempre ha ejercido la autoridad sobre él
por medio de la intimidación y el atropello oral y físico, aunque, a veces,
tampoco ha desdeñado otro tipo de castigo: el silencio implacable. En
momentos de cólera profunda, Fidel no le habla, no le contesta las llamadas,
y Raúl se siente desamparado y víctima de ese invencible sentimiento de
culpa que aprendió a experimentar desde la infancia. Es tanto el miedo que
Raúl le tiene a Fidel, que García Márquez, más de una vez, le ha llevado a
Fidel los mensajes que Raúl no tenía el valor de transmitirle.
Pese a las apariencias, ese tipo de humillante relación fue agrietando, poco
a poco, el afecto de Vilma y de la familia de Raúl hacia Fidel Castro. Es
muy difícil querer, realmente, a un psicópata narcisista como Fidel. A ese
tipo de gentes, por el temor que infunden, se les aplaude, se les ríen las
gracias y se les brindan constantes muestras de adhesión incondicional para
poder sobrevivir, pero es imposible apreciarlos. Es lo mismo que sucedía con
Stalin, el dominicano Trujillo o Adolfo Hitler. Sus subalternos no los
amaban con el corazón, sino con la vejiga.
El creciente resentimiento de Vilma hacia Fidel era predecible. A ninguna
mujer puede gustarle que maltraten a su marido o a sus hijos, y la señora
Espín, al decir de sus íntimos, fue una buena esposa y madre. Es imposible
que su reciente desaparición --un notable soporte psicológico para su
esposo--, y la tal vez no muy lejana muerte de Fidel, no sacudan
enérgicamente la vapuleada conciencia de Raúl. La muerte de las dos personas
más importantes de su vida debe colocarlo en un torbellino emocional. El,
con 76 años, sabe que tampoco le queda mucho tiempo, sabe que su hermano le
deja como herencia un país en ruinas y el delirante proyecto de conquistar
el mundo de la mano del loco Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y otros
parecidos caotizadores. Sabe que por ese camino toda Cuba, sus propios hijos
y sus nietos marcharán a la catástrofe cuando él no esté para impedirlo.
Pero no adivina qué hacer porque su hermano le aplastó el carácter desde
niño y ya no tiene a su mujer junto a él para aconsejarlo. En medio de los
miles de abrazos tristes que recibe, Raúl Castro hoy debe ser uno de los
hombres más confundidos y solitarios de Cuba. Son los misterios del poder.
Junio 24, 2007
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