¿La
muerte de la diversidad?
Carlos Alberto Montaner
Es políticamente rentable mostrarse duro contra
los inmigrantes ilegales, especialmente los hispanos. Produce votos. Todos
los candidatos lo saben. Ocurre hoy, ahora mismo, en las elecciones
norteamericanas, donde Mitt Romney avanza a los primeros planos del Partido
Republicano prometiendo mano fuerte contra los indocumentados. Es posible
que ese ángulo de tiro le sirva para desmontar a Rudy Giuliani del caballo.
En todo caso, no es un fenómeno americano, sino una regla universal. En
Europa no es diferente. En ningún sitio quieren extranjeros. Nadie los
desea. En España, Francia e Inglaterra el mayor rechazo es a los árabes.
Pero en toda Europa se habla con cierto desdén de ''la invasión rumana'', de
la riada de gitanos o del mítico ''fontanero polaco'' que supuestamente va a
dejar sin trabajo a los nacionales.
En general, no se trata de un juicio racional,
sino de una reacción atávica, animal, tal vez instintiva, frente a todo aquel
que muestre señas de identidad diferentes. La mayor parte de los estudios más
solventes demuestran que los inmigrantes son una magnífica fuente de creación
de riquezas --desde el humilde recogedor de tomates hasta el neurocirujano--,
pero hay un creciente rechazo a quien habla otra lengua, gesticula de una
cierta manera o les reza a otras deidades. Es como si se estuviera secando el
discurso a favor de la diversidad que tantos adeptos tuvo en la segunda mitad
del siglo XX.
Más aún: va forjándose un cuerpo teórico en
contra de la diversidad que tiene como apóstol (tal vez sin él proponérselo)
al sociólogo Robert Putnam, uno de los investigadores norteamericanos más
reputados, a partir de un largo ensayo, Bowling Alone (Jugando
solo a los bolos), publicado hace más de una década, pero cada vez con
más lectores, título en el que aludía a la creciente amputación de los lazos
de colaboración espontánea que unen a los norteamericanos a la sociedad en la
que viven. Fue Putnam, junto a otros investigadores, quien hace varias décadas
desarrolló la noción del ''capital social'' como aquella madeja de confianza
en el prójimo e interrelaciones voluntarias que fortalecía el tejido de la
sociedad civil y mejoraba la calidad de la convivencia. A mayor capital
social, mejor democracia, mejores instituciones y más y mejores transacciones
comerciales.
Hoy el panorama es diferente. Los niveles de
confianza en el otro se han reducido tremendamente. El prestigio del gobierno
y de los políticos nunca ha sido menor. La filantropía y el trabajo voluntario
son una sombra de lo que eran. La idea de la responsabilidad social se ha
diluido. Se multiplican los conflictos legales y los pleitos. Disminuye la
militancia religiosa. Las personas se reúnen y comparten menos. Estados
Unidos, en alguna medida, se va transformando en una muchedumbre de personas
solitarias que dedican cada vez más tiempo a la televisión o a los juegos
electrónicos y menos a la interacción con otras criaturas. Es como si el
instinto gregario se hubiera debilitado. Aquel asociacionismo voluntario que
deslumbró a Alexis de Tocqueville en la primera mitad del XIX, cuando observó
el entusiasmo con que los individuos se vinculaban libremente para solucionar
los problemas colectivos, va dando paso a una generalizada indiferencia.
¿Qué tiene que ver todo esto con los extranjeros?
Algo tal vez, barruntan Putnam y sus seguidores: la hipótesis es que se
debilita el impulso altruista cuando el entorno está poblado de gentes
extrañas. Y eso coincide con la visión utópica de que alguna vez hubo un país
mucho mejor que el que hoy existe porque era mucho más uniforme en el sentido
racial y cultural, de donde deducen que era mejor, precisamente, porque era
uniforme. Uno ama y lucha por lo que le parece propio y cercano, pero uno se
inhibe ante extraños distantes que manejan códigos ajenos.
No lo sé. Tal vez están tomando el rábano por las
hojas. No creo que sea discutible que hay una reducción sustancial del capital
social norteamericano (y planetario), pero sospecho que el origen de ese
fenómeno tiene poco que ver con la presencia masiva de extranjeros legales o
ilegales. Sencillamente, las sociedades cambian, las costumbres se modifican,
y los valores alteran su jerarquía con el paso del tiempo y los avances
científicos. En todo caso, a los efectos electorales no importa demasiado que
la tesis sea cierta o falsa. Los políticos se han dado cuenta de que es
rentable. Han olido votos.
Agosto 26, 2007
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