La niña, la felicidad y la jueza
Carlos Alberto Montaner
Una jueza de Miami debe decidir cuál es la mejor opción para una niña de
cuatro años cuya patria potestad se disputan el padre biológico y la familia
que desde hace dos años la cuida y protege por concesión del Estado. La
madre, debido a problemas psicológicos y a una notable inestabilidad
emocional, perdió la custodia de sus hijos poco tiempo después de emigrar
legalmente a Estados Unidos. El padre viajó desde Cuba a reclamar a su hija.
Parece ser una persona buena, laboriosa y humilde. Es de origen campesino y
reside en un pequeño pueblo en el que cuida cerdos, pesca y siembra frutos
menores. Se propone regresar a la isla con la niña para criarla en su
tranquilo ambiente, un segmento rural del mundillo comunista en el que ha
vivido toda la vida, aparentemente con más resignación que entusiasmo, como
le sucede a la mayoría de sus compatriotas. La familia que ha acogido a la
niña --y que ya ha adoptado a su medio hermano, hijo de otro padre-- también
da la impresión de ser gente amorosa y bienintencionada. Son personas
educadas y tienen una buena posición económica dentro del modelo capitalista
que Estados Unidos encabeza en el mundo.
Pobre jueza. La decisión no es obvia. Lo que parece más razonable sería
entregarle la niña a su padre biológico y ponerle punto final al litigio.
Como principio general, los hijos deben criarse con sus padres biológicos.
Esa es la lógica de la naturaleza. Y luego siguen los matices: los
campesinos pobres tienen derecho a tener hijos. Las personas que viven (y
sufren) bajo dictaduras atroces también tienen derecho a tener hijos. ¿Cómo
y por qué privar de la patria potestad a una persona que, según todos los
síntomas externos, es un padre generoso dispuesto a luchar por estar junto a
una hija a la que evidentemente quiere?
Pero la otra cara del drama complica sutilmente el juicio legal y moral:
la ley le pide a la jueza algo tan vago, pero tan real, como que decida de
acuerdo con la mejor conveniencia de la criatura. En este caso, la ley
coloca la felicidad de la niña (una abstracción) por encima del derecho del
padre (una realidad basada en la biología). ¿Qué hacer? Aunque la felicidad
es un concepto subjetivo, el sentido común indica que hay situaciones en las
que las probabilidades de ser felices aumentan o disminuyen tremendamente.
Movamos el escenario para entender mejor la cuestión: si el padre de la
niña --amoroso, decente, trabajador-- viniera de la espantosa guerra civil
sudanesa y pensara regresar con su hija a su lugar de origen, ¿debía
prevalecer el derecho del padre a estar con su hija bajo cualquier
circunstancia, o el de la niña a tener una infancia normal en una sociedad
estable, organizada y próspera en la que ya ha comenzado a encaminarse?
Pongamos otro ejemplo nada infrecuente: si el padre de la niña fuera un
honorable etíope, convencido de las ventajas de la ablación genital
femenina, ¿debería la jueza entregársela en virtud de los indudables
derechos que concede la paternidad?
Lo que quiero decir es que la jueza, si va a cumplir con el espíritu de
la ley, y si realmente va a tener en cuenta la felicidad de la niña y a ella
subordinará los derechos del padre, tendrá que poner en la balanza todos
esos elementos adjetivos que complican el juicio moral: el tipo de sociedad
en el que la criatura tendrá que vivir, la calidad material de su entorno y
las reglas prevalecientes en el grupo.
¿Hay algún elemento capaz de indicar si un tipo de sociedad genera un
mayor o menor grado de felicidad? Parece que sí. Aunque los estudios
internacionales sobre la felicidad son relativamente recientes, las personas
encuestadas destacan mayoritariamente la importancia de un aspecto clave: al
margen de las cuestiones materiales y de los aspectos genéticos --hay gentes
predispuestas a ser felices o a lo contrario--, existe una relación estrecha
entre la capacidad de tomar decisiones que nos afectan personalmente y el
grado de felicidad que se obtiene.
En esos estudios, como en
tantas otras cosas, las sociedades escandinavas encabezan la lista de los
países felices. En ellos, y en las democracias del primer mundo, las
personas tienen mucho más control sobre sus vidas. En las sociedades
totalitarias, en cambio, el panorama es totalmente diferente.
En fin: pobre niña; pobres padres biológicos; pobres padres adoptivos; y
pobre jueza. Hay circunstancias en las que todos pierden.
Septiembre 2, 2007
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