USA y la ultraderecha europea
Carlos Alberto Montaner
Hay dos aspectos en los que
ciertos políticos norteamericanos, demócratas y republicanos, se parecen
cada vez más a la ultraderecha europea: el rechazo a los inmigrantes y la
condena al libre comercio internacional. Esas son causas que en Francia
defiende Jean-Marie Le Pen, en Alemania Peter Malborn, en Italia Roberto
Fiore y en Austria Jorg Haider, todos acusados de fascistas por la
izquierda. Son causas, además, que traen bajo el brazo un copioso botín
electoral. Suelen ser muy populares y tienen el apoyo de una curiosa
combinación entre conservadores, sindicatos, y simples miembros de las
clases medias asustados por la creciente diversidad étnica.
En Estados Unidos esa tendencia,
tal vez decisiva en las próximas elecciones, agrega un comprensible
componente psicológico: puede ser también, en alguna medida, una reacción al
rampante antiamericanismo que se observa en el planeta. A mayor odio general
contra los estadounidenses, surge más rechazo a los extranjeros dentro del
país y gana terreno el desinterés en las relaciones internacionales. Sólo
así se explica la reticencia de una buena parte del congreso americano a
concluir los tratados de libre comercio con Panamá, Perú y Colombia,
esgrimiendo coartadas ostensiblemente ridículas.
Es una curiosa paradoja: en medio
de las loas oficiales a la globalización, y cuando Estados Unidos está más
imbricado que nunca en la economía mundial y posee un 29% del PIB de los
terrícolas (hace quince años era un 20%), ha surgido una variante del
tradicional aislacionismo norteamericano y cada día que pasa tiene más apoyo
entre los electores. Tampoco ayuda, por supuesto, la reticencia de los
enemigos de la libertad económica en países como Costa Rica, donde una buena
parte de los electores se opone al Tratado de Libre Comercio, o Ecuador,
donde el gobierno, por razones ideológicas, no tiene el menor interés en
firmarlo, pese a la extensa información que demuestra el saldo positivo que
le dejaría al país.
El mundo vivió un fenómeno
parecido en el último cuarto del siglo XIX hasta el estallido de la primera
guerra mundial en 1914. En ese periodo
-la
gloriosa belle epoque-
se liberalizó y multiplicó el comercio internacional, y se produjo una
extraordinaria explosión de creatividad, mientras millones de emigrantes se
desplazaron a las naciones en pleno crecimiento
-Estados
Unidos, Argentina, Australia, Canadá, incluso la pequeña Cuba, que recibió
casi un millón de europeos-,
generando una impresionante cantidad de riqueza. Pero con el comercio libre
y la estampida migratoria simultáneamente se desataron los miedos al
extranjero, el nacionalismo económico y político, y un peligroso espíritu
agresivo que eventualmente evolucionaron hacia el fascismo, el nazismo y el
comunismo, frutos todos del frondoso tronco socialista. Finalmente, en el
verano de 1914 comenzaron a hablar los cañones y no se callaron hasta 1945,
porque nadie duda que la segunda guerra no fue otra cosa que la continuación
de la primera.
Hoy el panorama es parcialmente
diferente, pero coincide en un aspecto: los enemigos de la libertad se han
reagrupado tras la debacle del fin del comunismo y atacan muy eficazmente al
mercado y a las instituciones de las democracias liberales desde diversos
ángulos. Por eso es tan importante que en las próximas elecciones
norteamericanas llegue a la Casa Blanca un político
-hombre
o mujer-
que entienda el inmenso peligro que sería sumarse a la corriente
aislacionista que va cobrando cierta fuerza en el mundo. Lo peor que podría
suceder sería que se paralizara o involucionara el proceso de integración
internacional que parecía existir hace apenas unos años. Habría que posponer
el sueño de un universo próspero y pacífico que en la década de los noventa
estaba al alcance de la mano. Esa sería una pésima noticia para todos.
Septiembre 16, 2007
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