La violencia, el huevo y la gallina
Carlos Alberto Montaner
Las próximas elecciones guatemaltecas giran en torno a la violencia. Cada
vez es más frecuente. En México, Brasil, El Salvador, Honduras, Colombia,
Argentina y Venezuela sucede lo mismo. La violencia callejera es la obsesión
nacional. En el pobre país de Hugo Chávez, durante sus ocho años de caótico
mandato, más de cien mil venezolanos han sido asesinados y apenas el tres
por ciento de esos casos han sido sancionados por los tribunales. Caracas es
Bagdad sin mezquitas y sin americanos. Cuando la inseguridad es excesiva,
esta sensación de indefensión se coloca a la cabeza de las prioridades.
Tener trabajo es importante, pero seguir respirando y no vivir aterrorizado
son factores aún más valiosos. Es muy desagradable mirar constantemente
hacia atrás con el temor de sufrir una agresión fatal. Es el momento, dicen
las encuestas, de la ``mano dura''.
Puede ser, pero la ''mano dura'' es la prueba de que el Estado de Derecho
no funciona y por ello se recurre a una policía feroz de palo y tentetieso.
No se trata de que súbitamente se hayan multiplicado los malos. En el fondo
es un problema sistémico. La legislación es inadecuada. En general, no
abundan los buenos parlamentarios y dentro de ellos hay muy pocos expertos
en derecho penal o procesal. Tampoco se cuenta con reflexiones solventes de
especialistas en criminología. Cuando Rudy Giuliani decidió combatir el
crimen en New York --y logró diezmar a los malhechores-- comenzó por revisar
las buenas teorías sociológicas que explicaban la proliferación de los
delitos y las formas de atajarlos. Siempre hay que partir de un presupuesto
teórico.
En América Latina los jueces, fiscales y defensores, con excepciones,
padecen una formación deficiente porque la carrera de derecho ha ido
devaluándose paulatinamente. El que no sirve para otra cosa --afirma el
dicho popular-- se hace abogado (o maestro). Los funcionarios del poder
judicial suelen estar abrumados de tareas y no cuentan con los medios
materiales necesarios para impartir justicia rápida y equitativamente.
Trabajan en instalaciones destartaladas, muchas veces carentes hasta de
buenos archivos. A la policía le sucede lo mismo: poca formación académica,
recursos limitadísimos y un salario miserable. Con frecuencia, los
delincuentes están mejor armados que ellos y son infinitamente más
poderosos.
El problema radica en que tener un buen Estado de Derecho requiere tres
elementos esenciales: la decisión colectiva de colocarse bajo la autoridad
de la ley (el factor cultural), una clase dirigente capaz de hacer un
diagnóstico profundo y de arbitrar soluciones (el factor intelectual), y
enormes cantidades de recursos materiales (el factor económico). Un buen
Estado de Derecho implica disponer de universidades exigentes, legisladores
sagaces, jueces probos muy bien educados, rodeados de asistentes
competentes, y policías razonablemente adiestrados y pagados. Todo eso
cuesta mucho dinero.
¿Cómo se consigue esa plata? Sólo se conoce una manera: creando un denso
tejido empresarial que genere suficientes excedentes. La riqueza sólo se
produce en las empresas exitosas que obtienen beneficios, invierten, crecen
y pagan impuestos. Fuera de ese mecanismo sólo queda pedir prestado o
asaltar al prójimo. El Estado de Derecho británico, con su pintoresco
parlamento, sus solemnes magistrados con peluca, su Scotland Yard y sus
bobbies existen porque el aparato productivo del país es capaz de pagar
la factura. Si producimos poco y, por lo tanto, apenas contamos con
excedentes, la calidad del sector público necesariamente tiene que ser
mediocre o mala.
Esa verdad de Perogrullo nos precipita a una deducción inevitable: aquí
no existe el dilema del huevo o la gallina. El alivio de los problemas
(jamás se solucionan del todo) comienza por la creación de una base material
capaz de costear un Estado eficiente, y eso significa echar los cimientos de
una sociedad hospitalaria con las inversiones y la creación de empresas. Un
Estado de calidad requiere un tejido empresarial de calidad. Así de simple.
Septiembre 23, 2007
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