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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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Vidas robadas

Carlos Alberto Montaner

Casi nadie lo esperaba. La víspera de la noche de los Oscar, un joven cineasta alemán de dos metros de estatura y nombre adecuado a su tamaño, Florián Henckel von Donnersmarck, se paseó por varias cadenas de televisión de Estados Unidos sin apenas lograr despertar interés por su película La vida de los otros, nominada para el galardón al mejor film extranjero.

Contra todo pronóstico, lo ganó. Los académicos que comparan los méritos de las grandes películas del año se dieron cuenta de que estaban ante una perfecta obra de arte. La historia era humanamente importante, estaba admirablemente bien narrada y contaba con un elemento de suspense que mantenía al espectador al borde de la silla. Parecía imposible que esta fuera la ópera prima de un director de apenas 33 años.

La vida de los otros es una trágica historia de amor, traiciones y atropellos cometidos por el gobierno de la Alemania comunista contra ciudadanos indefensos pocos años antes del derribo del Muro de Berlín. La Stasi, la eficiente e implacable policía política, vigila a un escritor y a su mujer, una actriz chantajeada que clandestinamente mantiene relaciones con el cínico e inescrupuloso Ministro de Cultura. La Stasi, por indicación de este funcionario, busca prueba de los vínculos del escritor con la disidencia para destruirlo y quitarlo del medio y le llena la vivienda de micrófonos y cámaras ocultas. Desde las conversaciones hasta los encuentros amorosos de la pareja son minuciosamente captados por los espías. Finalmente, la mujer -quien luego se suicidará desesperada- proporciona las pruebas, pero mientras se desenvuelve esta tragedia, el jefe de la operación, el capitán Weisler, sufre una profunda transformación emocional: se da cuenta de la infamia terrible que lleva a cabo y de la naturaleza bárbara del totalitarismo comunista.

Uno de los grandes aciertos de La vida de los otros es el punto de vista desde el que se narra la historia. La vemos desde la pupila del policía que secretamente escucha y filma a los disidentes. Él, como Dios, aunque es invisible, todo lo ve y todo lo oye. Es el dueño total de la intimidad de los ciudadanos a los que espía y acosa. Aprisiona en sus manos todos los hilos de la trama. Tiene el control total de la vida los otros, esas criaturas temblorosas a las que puede aplastar para siempre con un informe de tres líneas. Horrorizado de su propio poder, asqueado de su papel de verdugo, el capitán Weisler, sin que nadie lo sepa, se coloca junto a sus víctimas.

Más allá de la anécdota, esta película resume a la perfección el horror y la irracionalidad del totalitarismo. Son regímenes en los que todo el poder -incluso el de decidir quien vive o muere- descansa en las manos de la policía política, un siniestro organismo que tiene dos objetivos fundamentales: ocultar la verdad y uniformar el lenguaje de la sociedad, orquestando sus aplausos y rechazos, hasta transformar a las personas en un coro obediente y dócil en el que los individuos y las familias prosperan o se hunden de acuerdo con la fidelidad con que sean capaces de repetir las consignas y los dogmas de la secta.

Mientras se contaban los votos de la Academia, Mario Chanes moría en Miami. Fue un líder sindical profundamente demócrata que luchó codo a codo junto a Fidel Castro contra la dictadura de Batista. Estuvo en el asalto al cuartel Moncada y luego desembarcó en el Granma para formar parte de la aventura guerrillera de Sierra Maestra. Como Fidel Castro sabía que su compañero de armas no aprobaba la implantación de la dictadura comunista, lo hizo espiar por la policía política -adiestrada, por cierto, por la Stasi- hasta que tuvo pruebas de sus críticas al sistema. Entonces lo condenó a treinta años de cárcel y se los hizo cumplir hasta el último minuto en las peores situaciones. En el siglo XX ningún otro preso de conciencia pasó tantos años tras las rejas.

Si Mario hubiese visto esta película habría llorado silenciosamente en la butaca. Fue tanto su dolor, tan enorme la injusticia, tan irracional los motivos del castigo, que llega un punto en el que la indignación se transforma en lágrimas. Fue un hombre bueno al que la policía política le robó la vida.
 

Septiembre, 2007

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