Correa y el futuro del Ecuador
Carlos Alberto Montaner
La victoria del presidente ecuatoriano Rafael Correa fue
absoluta. Es inmensamente popular en su país. Su partido obtuvo unos ochenta
escaños. Muchos más de la mayoría absoluta que necesitaba para controlar una
asamblea de 130 miembros, y podrá redactar una constitución a la exacta
medida de sus deseos. Será la número diecinueve o veinte que estrenan los
ecuatorianos. En todo caso, lo que presenciamos fue un tiro por elevación.
El objetivo primordial no es redactar un nuevo texto, sino conceder todo el
poder al Presidente y desmantelar el sistema de equilibrios y contrapesos de
la estructura republicana. A Correa le estorban para gobernar. ¿Para qué
sirven un congreso carente de prestigio, unos tribunales totalmente
desacreditados o un banco central autónomo?
Lo de siempre: la república ecuatoriana se hundió como
resultado de la corrupción, la violación constante e impune de las reglas,
sumadas al favoritismo y a la minuciosa incapacidad del sector público.
Sencillamente, la mayoría de la sociedad, cansada de este continuado
fracaso, asqueada del comportamiento de sus élites, más que por un
presidente ha votado por una escoba gigantesca para que barra los escombros
dejados por los anteriores gobernantes, y el primer desecho que ha ido a
parar a las alcantarillas son los partidos políticos. Correa los pulverizó y
difícilmente vuelvan a levantar cabeza, aunque todavía queden en la
oposición algunos políticos prestigiosos, como sucede con Jaime Nebot, el
popular alcalde de Guayaquil.
¿Qué va a hacer Correa a partir del momento en que tenga
todas las riendas del poder en sus manos? A juzgar por sus palabras y sus
actos, con el objeto de favorecer a los más pobres le dará un peso mucho
mayor al Estado (pese a que en Ecuador ya es bastante elevado), controlará
los precios, regulará de cien maneras la economía, fortalecerá el sector de
las empresas públicas, y creará unas nuevas entidades destinadas a producir
bienes y servicios y a redistribuir la riqueza de diferentes formas. Es como
los cepalinos de los cincuenta, pero pasado por la sacristía de los setenta,
en donde se defendía la Teología de la Liberación, un disparate basado en la
Teoría de la Dependencia y el marxismo, que justificaba la violencia
revolucionaria.
¿Cómo va a pagar Ecuador la enorme factura
asistencialista que se avecina? Sólo hay tres vías para eso: aumentar los
impuestos, endeudar al país y ponerse a imprimir billetes. Generalmente, los
gobiernos populistas toman las tres avenidas. Como Ecuador, desde el año
2000 --tras sufrir una pavorosa hiperinflación que barrió los ahorros
nacionales y empobreció severamente a la sociedad--, carece de divisa propia
y la moneda en circulación es el dólar, lo presumible es que, a medio plazo,
imprima un nuevo sucre, que en una primera fase será equivalente al dólar, y
por un tiempo el país contará con dos monedas. Eventualmente, el dólar será
sustituido por la divisa nacional, y todo lo que necesitará el gobierno para
pagar las cuentas nacionales será una buena provisión de papel y tinta.
Volverá a oírse la famosa pregunta de Pancho Villa cuando le dijeron que no
había dinero para pagar a los soldados: ``¿Pero es que no hay imprenta en
este pinche pueblo?''
Probablemente, al Ecuador de Correa le sucederá lo que a
la Argentina de Perón, el Perú de Velasco Alvarado o la Nicaragua de la
dictadura sandinista de los años ochenta. La sociedad se empobrecerá
paulatinamente y sufrirá un creciente desabastecimiento, unido a una etapa
inflacionaria, aunque es posible que el desempleo se reduzca artificialmente
por el crecimiento del sector público. Naturalmente, las inversiones
disminuirán hasta casi desaparecer, y los capitales locales tratarán de
escapar de la degollina, mientras los extranjeros preferirán otros panoramas
más seguros y predecibles. Todo ello, de forma inevitable, crispará las
tensiones sociales y aumentarán la delincuencia y esos otros males
concomitantes que suelen viajar de polizones en los periodos
revolucionarios. Si uno repite el mismo experimento, debe esperar los mismos
resultados.
¿Se podría evitar todo eso?
Por supuesto, pero el señor Correa, además de padecer un genio
atrabiliario, tiene ideas disparatadas sobre cómo se crea o malgasta la
riqueza: recela de la empresa privada, no distingue las oportunidades que
brinda la globalización, rechaza el libre comercio internacional, y no toma
en cuenta las experiencias positivas de otros países del vecindario.
Pudiendo emular el exitoso ejemplo de Chile, prefiere, en cambio, aplaudir a
Hugo Chávez, de quien llegó a afirmar que en una reunión de presidentes
latinoamericanos fue el único que dijo algo inteligente. Sin duda, Correa
presenció un espectáculo inédito en la historia del socialismo del siglo XXI.
Algo verdaderamente novedoso.
Octubre 7, 2007
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