El viejo sueño hispano
Carlos Alberto Montaner
Todo comenzó en los oscuros días de la Edad Media, cuando los cristianos del
norte de España intentaban recuperar el territorio conquistado por los
árabes. Fue al calor de esa larga lucha donde un territorio poco definido,
al sur de Navarra y de Vasconia, fue lentamente convirtiéndose en Castilla,
primero como un condado subordinado al Reino de León, y finalmente, en el
siglo XI, como reino independiente.
A partir de ese momento, Castilla comenzó su asombrosa andadura histórica,
se expandió en todas las direcciones, absorbió a otros reinos más antiguos y
refinados -Galicia y León-, y continuó la Reconquista, destronando
reyezuelos moros y fundando y repoblando campos y ciudades, hasta que en el
portentoso año de 1492, en lo que era una especie de Cruzada internacional
cristiana, tomó por asalto el último reducto islámico y, de la mano del
reino de Aragón -territorio más o menos catalán-, unificó la Península bajo
el matrimonio regio de Isabel y Fernando.
Había surgido una poderosa potencia europea. España era la suma de Castilla
y Aragón. Aragón se movería hacia el este en el terreno europeo y en el
norte de África. Castilla, en cambio, se desplazaría hacia el oeste en busca
de un colosal destino. Ese año, en octubre, aguijonada por el mismo impulso
imperial de la Reconquista, Castilla, sin saberlo, inventó la hispanidad. En
esas fechas, un navegante y aventurero genovés, Cristóbal Colón, al frente
de tres barquichuelos abanderados y autorizados por Isabel I la Católica,
llegó a un territorio insospechado al que otro marino y cartógrafo italiano,
sin proponérselo, le pondría nombre: América.
América Latina, una y diversa
Lo que sucedió lo conocemos todos: Castilla se apoderó de una parte
sustancial del Nuevo Mundo y durante tres siglos largos les impuso su lengua,
cultura y religión a los habitantes del inmenso territorio, mezclándose con
ellos furiosamente, hasta crear y procrear uno de los mayores segmentos de
Occidente. Hoy son veinte las comunidades procedentes de esta estirpe, o
veintiuna, si incluimos, como debemos, a los hispanos radicados en Estados
Unidos: un país imaginario, suma y resumen de diversas emigraciones,
integrado por 45 millones de habitantes (tantos como España) que constituye
la mayor minoría étnica de la nación.
Tradicionalmente, la división cultural establecida y los matices
lingüísticos nos hablan de cuatro grandes regiones: México y Centroamérica,
las naciones andinas, el Caribe y el cono sur, zonas que vagamente recuerdan
los viejos virreinatos de la etapa colonial. El Caribe, más impreciso aún,
son las Antillas de habla española, pero también una parte sustancial de
Venezuela y del litoral colombiano que se asoma al Atlántico. Hay quienes
recurren a la geografía culinaria: la Hispanoamérica de la tortilla de maíz,
la de la papa, la del plátano, y la del vino, la carne y el trigo. Otros
fragmentan el territorio por medio de dos grandes deportes populares: la
Hispanoamérica del fútbol y la del béisbol. Incluso, hay quienes quieren ver
un parentesco especial en la Hispanoamérica taurina, la que gusta del toreo.
Cada uno, en suma, tira la raya por lo que más le interesa destacar de esta
familia tan diversa y variopinta y, al mismo tiempo, tan próxima.
Estado de la región
¿En qué estado se encuentra la hispanidad? Depende de con qué otro segmento
del planeta se compare. Si el contraste es con la britanidad -hay que
acuñar urgentemente esa palabra-, el otro gran protagonista de eso a lo que
llamamos Occidente, nuestro desempeño no es muy notable. Inglaterra, Irlanda,
Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda son políticamente más
estables y económicamente mucho más exitosas. De la hispanidad, sólo España
ha conseguido formar parte del primer mundo, con un per cápita de $27,000
anuales, cifra que duplica los ingresos de Argentina, Chile o Uruguay, los
tres países más desarrollados de América Latina. Ni uno sólo de nuestros
países se incluye entre las 30 naciones más prósperas del planeta de acuerdo
con el Indice de Desarrollo Humano que publica Naciones Unidas.
Lamentablemente, se calcula que el porcentaje de personas pobres o
indigentes en América Latina alcanza a la mitad de la población.
Las tablas compiladas en el IDH dividen a los países en tres grandes
grupos: los que poseen un alto grado de desarrollo humano, los que sólo
alcanzan un nivel medio, y los que tienen un nivel tristemente bajo. En el
primer grupo (57 países de un total de 177 analizados en el último censo)
hay siete naciones hispanoamericanas: Argentina (lugar 34), Chile (37),
Uruguay (46), Costa Rica (47), Cuba (52), México (53) y Panamá (56). En el
segundo grupo (87 países) comparecen: Brasil (63), Colombia (69), Venezuela
(75), Perú (79), Ecuador (82), Paraguay (88), El Salvador (104), Nicaragua
(112), Bolivia (113) y Guatemala (117). No hay ningún país hispanoamericano
en el grupo de las naciones más pobres del planeta (31 países). De este
continente, sólo Haití, un país fallido desovado por Francia, está entre los
más pobres de la tierra.
No hay duda de que estamos ante unos resultados mediocres. No pésimos, pero
sí indignos de una zona del mundo que tiene universidades desde hace más de
400 años y notabilísimas expresiones artísticas. Esto se debe, esencialmente,
a la debilidad del tejido empresarial, con un insuficiente número de
empresas innovadoras y modernas capaces de agregar valor a la producción,
competir, generar beneficios, invertir y crecer paulatinamente. ¿Por qué
sucede este fenómeno? En general, por el bajo nivel educativo de las masas,
las malas medidas de gobierno, la corrupción imperante, los irresponsables
desajustes macroeconómicos, la baja calidad de las instituciones, la
violencia social y la mínima protección que el estado brinda a los
ciudadanos. No es la nuestra una atmósfera ideal para investigar y
desarrollar proyectos de largo aliento como los que caracterizan a las
naciones más prósperas del globo.
La situación, por supuesto, dista mucho de ser uniforme. Hay países
latinoamericanos que exceden los promedios mundiales de crecimiento como
consecuencia de la bonanza que afectan a los precios de ciertas materias
primas, cosechas agrícolas o al incremento de los servicios y del comercio.
Éstos son los casos de Perú, Chile, Argentina, Panamá y Venezuela, pero este
último es un auténtico desastre, aunque enmascarado por los altísimos
precios del petróleo.
El socialismo del siglo XXI
Sin embargo, el mayor de los peligros de cuantos afectan a la región no
proviene de los malos manejos económicos, sino de la confusión ideológica de
una buena parte de las élites dominantes y del divorcio entre la sociedad y
el Estado que se observa en esta zona del mundo. Mientras en la Unión
Europea, Canadá, Estados Unidos, y, en general, en el primer mundo, existe
una especie de consenso general sobre cómo deben manejarse el Estado y el
aparato productivo, y cómo deben ser las relaciones entre la sociedad y el
Estado, en América Latina un segmento sustancial de los grupos con mayor
autoridad todavía continúa insistiendo en las viejas fórmulas
intervencionistas y colectivistas desastrosamente ensayadas a lo largo de la
centuria pasada de la mano de personajes como Perón, Getulio Vargas, Velasco
Alvarado, los sandinistas y, por supuesto, Fidel Castro.
Ese es el caso del llamado Socialismo del siglo XXI inspirado por
Fidel Castro y Hugo Chávez, una propuesta para viajar al pasado a la que ya
se han sumado Evo Morales y, tal vez, el ecuatoriano Rafael Correa. ¿Tendrá
algún saldo positivo para la hispanidad ese nuevo-viejo experimento?
Paradójicamente, sí. Cada vez que los latinoamericanos se embarcan en una
loca aventura revolucionaria aumentan el número y la calidad de los hispanos
radicados en Estados Unidos. De la misma manera que la dictadura de Castro
ha lanzado rumbo a Estados Unidos a dos millones de cubanos, la de Chávez
está fomentando la constante llegada de miles de venezolanos educados y
laboriosos al gran vecino americano.
Suma y síntesis de la hispanidad
Esa es la historia de los millones de mexicanos que pasaron la frontera
porque el PRI fue incapaz de darles solución a los problemas del país en
setenta años de gobierno continuado y ya es muy difícil detener ese río
humano. Esa es la historia de las grandes comunidades de colombianos,
salvadoreños, nicaragüenses y guatemaltecos, supervivientes de las guerras y
la violencia que sacudieron sus países. Es también la de los argentinos, que
tuvieron una gran nación del primer mundo, saboteada por los gobernantes y
los demagogos, cansados de los “corralitos” y de la periódica destrucción de
sus ahorros. Es la historia, en suma, de las consecuencias de las
ideas erróneas que han infectado nuestra cultura política durante demasiado
tiempo.
La buena noticia es que con los restos de esos naufragios en Estados Unidos
se va reconstruyendo una nueva entidad, vigorosa y prometedora, que va
dejando su impronta en todos los ámbitos de la cultura. No sólo hay
importantes medios de comunicación en español, sino también literatura,
cocina y arte hispano. De la misma manera que en América Latina, durante el
periodo colonial, se fundieron las diferencias entre castellanos, gallegos,
asturianos, andaluces, vascos, catalanes y canarios, para dar lugar al
latinoamericano, hoy las diferentes nacionalidades latinoamericanas surgidas
de ese crisol se van mezclando lentamente dentro del territorio
norteamericano para parir una novísima criatura: el hispano, suma y síntesis
de la hispanidad.
A mediados del siglo XXI, de acuerdo con las predicciones del censo, Estados
Unidos tendrá cuatrocientos millones de habitantes y uno de cada cuatro será
de origen hispano. Para esa fecha, no tan remota, el sueño americano también
será, en gran medida, el sueño de los hispanos, aunque en muchos casos haya
comenzado como una pesadilla.
Octubre 7, 2007
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