El presidente Bush convocó
a medio mundo al Departamento de Estado. Quería dar a conocer una
importante declaración a los cubanos de la Isla. La ceremonia, oficiada
el pasado 24 de octubre, tenía algo de urgencia. Lo rodeaban la
Secretaria Condoleezza Rice, el senador Mel Martínez, los congresistas
cubanoamericanos y otros funcionarios notables. No era un mensaje
electoral dirigido a los votantes de la Florida. Ésos se hacen en
guayabera y en tono mitinero. Era otra cosa mucho más seria.
Bush les estaba hablando a
todos los cubanos, pero muy especialmente a la cúpula dirigente. Los
norteamericanos tienen una información vital y precisa: la inmensa
mayoría del aparato de poder quiere cambios profundos. Circulan cien
informes sobre las discusiones desatadas en Cuba para examinar los
problemas que afectan al país y los resultados son casi unánimes:
prácticamente nadie quiere mantener el régimen actual. Comienzan,
tímidamente, por reclamar cambios económicos, y no tardan en pedir
cambios políticos y libertades individuales.
Lógico. ¿Cómo creer en las
virtudes del partido único y del colectivismo tras medio siglo de
fracasos y miseria? Una inmensa mayoría del país quiere la restauración
de los derechos de propiedad, la democracia y el pluralismo. Entre los
intelectuales, artistas y estudiantes es un clamor casi unánime. El
único convencido de las virtudes del comunismo es Fidel Castro, y su
muerte, precedida por la demencia senil, no debe estar muy distante. Ni
siquiera Raúl, que fue comunista antes que Fidel, cree ya en esas
supercherías. Por eso Bush no lo mencionó en su discurso. Quería dejar
abiertas todas las opciones. Por eso se dirigió a las Fuerzas Armadas y
a los cuerpos de seguridad. Quienes recojan los deseos de la sociedad e
inicien o faciliten la transición hacia la democracia tendrán todo el
apoyo de Estados Unidos. Existe vida más allá del comunismo.
Hay otro elemento clave en
el discurso de Bush. Prefiere la libertad a la estabilidad. Lo ha dicho
claramente. No admite el cínico argumento (defendido por algunos
militares norteamericanos) de que es preferible una tiranía que mantenga
la calma en la Isla, para evitar el éxodo masivo de los cubanos, antes
que correr el riesgo de una transición hacia la democracia que podría
ser turbulenta. Eso se llama aprender de la historia. Durante todo el
siglo XX Estados Unidos pactó con dictaduras repugnantes en busca de
estabilidad y le salió mal. En ese bastardo razonamiento descansaban los
censurables lazos con Somoza, Trujillo, Batista o Pinochet. La izquierda
condenaba a Washington por esa postura. Ahora Bush se coloca en el lado
ético del conflicto frente a la dictadura de Castro, y la izquierda, que
no tiene conciencia de sus propias contradicciones, ni de su falta de
valores democráticos, sigue condenándolo.
Bush y sus asesores, en
cambio, se dan cuenta de que los intereses de Estados Unidos sólo pueden
garantizarse si se instaura en Cuba un régimen democrático dotado de un
sistema económico eficiente. La prolongación de la dictadura, aunque sea
una imitación del modelo chino, sólo aplaza el problema, no lo resuelve.
Es preferible un país sacudido por el cambio tumultuoso, como sucedió en
Europa del Este, que lo ocurrido en Rusia, donde no hubo conflictos
populares, pero acabó instalada en el Kremlin una mezcla antiamericana
de mafiosos y policías. Lo que le conviene a Estados Unidos es que la
Cuba futura se parezca a la República Checa o a Hungría, y no a Rusia o
a China. Afortunadamente, es lo mismo que quisieran casi todos los
cubanos.
¿Cómo se financia esa Cuba
durante el cambio? Bush también lo ha descrito: Washington creará un
fondo internacional para esos fines. Llegada la hora, no faltarán los
recursos, los asesoramientos y los respaldos. La idea la aportó hace dos
años en la Universidad de Princeton el ex presidente uruguayo Luis
Alberto Lacalle, y hasta le puso un nombre: Fondo José Martí. De ahí la
recogió FAES, un think-tank presidido por José María Aznar, y la
incorporó en un documento llamado
América Latina: una agenda de libertad, coordinado por el
diputado Miguel Ángel Cortés. Luego, de la mano de Aznar, la idea entró
en la Casa Blanca. Los cubanos no tendrán graves obstáculos económicos
para transformar la dictadura en una democracia y pasar del colectivismo
al mercado y la propiedad privada.
Esa parte del mensaje es
muy importante. Fidel Castro se muere, pero pretende legarles a los
cubanos como herencia a un caudillo sustituto: el señor Hugo Chávez. Y
la manera de persuadirlos para que lo acepten es no dejarles opción: o
admiten la jefatura de Chávez con sus petrodólares y sus subsidios
multimillonarios
-en
torno a tres mil millones anuales-,
o se mueren de hambre. Pero se acabó ese chantaje: ya hay cómo salir del
abismo en que nos dejará el Comandante. Hugo Chávez, que es una persona
particularmente detestada por los cubanos, podrá largarse a otro sitio a
vocear su delirante socialismo del siglo XXI. Los cubanos vivieron
intensamente el del XX y quedaron escarmentados para siempre.