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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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Antropología del chavismo

Carlos Alberto Montaner

José María Aznar pensó que Chávez era educable y le regaló un libro demoledor sobre Cuba: Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez. En una prosa salvaje, como de tatuaje en el escroto, el autor describía una realidad nauseabunda que nada tenía que ver con las fantasías revolucionarias. La pobre isla estaba más cerca de las alcantarillas llenas de ratas que del paraíso del proletariado. Chávez seguramente no entendería un sutil análisis político, pero un escabroso relato escrito con testosterona tal vez estaba a su alcance.

Esto sucedió en 1999, poco antes de la Cumbre Iberoamericana de La Habana. Aznar llevaba tres años al frente del gobierno español y Chávez acababa de ser elegido. Entonces parecía que, con un poco de paciencia, se le podían enseñar algunos trucos democráticos y ciertos modales de salón para que se comportara como una criatura razonable capaz de compartir con sus colegas sin temor a que les lanzara un mordisco. Pero el plan no funcionó. El venezolano pertenecía a una especie que no aprende ni con un tutor real. Sabe hablar, pero no escucha ni calla. Sabe leer, pero no entiende. Es una criatura muy agresiva que aterra a propios y extraños y se impone con aullidos, golpes de pecho, y la exhibición permanente de los colmillos.

Eso se llama ''gobernar por intimidación'' y es un rasgo típico de ciertos primates de Borneo y de algunos homínidos de la cuenca del Caribe. Esa conducta, además, trae aparejada una valiosa recompensa emocional: despierta la atención general y convierte al que la ejecuta en un vistoso foco de atracción. Si uno accede al podio de Naciones Unidas y pronuncia el millonésimo discurso sobre la conveniencia de preservar la paz y alimentar a los pobres, no hay forma humana de aparecer en el New York Times. Eso se logra, en cambio, declarando que el diabólico George W. Bush dejó una perceptible fetidez a azufre cuando pasó por la tribuna previamente. Es cierto que la mefistofélica referencia no contenía ningún elemento interesante, pero el objetivo no era hacer un aporte al debate político racional, sino salir en los papeles a cualquier precio.

Noviembre 18, 2007

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