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La
columna semanal de
Carlos Alberto Montaner |
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“Se
estima que su columna sindicada es leída por seis millones de
personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España
y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más
respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.
“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers.
His opinions make politician in Spain and Latin America tremble …
He will maintain his position as one of the region’s most
respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003. |


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La Iglesia, las desigualdades y el error
Carlos Alberto Montaner
Desde hace siglos la Iglesia Católica
le tiene declarada la guerra a las desigualdades. En América Latina esa
batalla es especialmente intensa. En Costa Rica, los obispos y unos cuantos
sacerdotes estuvieron a punto de hacer fracasar el referéndum que discutía
el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. El argumento más utilizado
era que esos acuerdos beneficiaban a los ricos en detrimento de los pobres.
Si se firmaban, alegaban, aumentarían las diferencias entre los afortunados
y los desposeídos. No era verdad, pero mucha gente lo creyó. Desposeído es
una palabra que les encanta a ciertos religiosos. Tiene mucho gancho.
Transmite la curiosa idea de que alguien les ha quitado a los pobres algo
que tenían o que debían tener.
Quien más ha hecho para establecer una rigurosa medición de la desigualdad
es un matemático y estadístico italiano llamado Corrado Gini, muerto en
1965. En 1921 Gini publicó un breve artículo de apenas tres páginas sobre la
desigualdad de los ingresos en las naciones y estableció una metodología
para ponderar las diferencias. Dividió al conjunto de la sociedad en cinco
partes y calculó qué fragmento del ingreso le correspondía a cada quinto.
Con esa información construyó un índice en el que 0 sería la absoluta
igualdad (todas las personas tenían el mismo ingreso), y 1 la absoluta
desigualdad (una sola persona acaparaba todos los ingresos).
Gini, como muchos de sus contemporáneos, entonces bajo la influencia de
Mussolini, era un corporativista que tendía a percibir y a clasificar a la
sociedad en estamentos. Pensaba que existía una base científica para el
fascismo y escribió un libro para demostrarlo. Sin embargo, su Coeficiente
Gini llegó a convertirse en la prueba objetiva de si una sociedad era justa
o injusta. Y, en alguna medida, algo de eso era cierto: su Indice demostraba
que las sociedades escandinavas, absolutamente dominadas por los sectores
sociales medios, estaban situadas entre 0.2 y 0.3 y eran las menos
desiguales del planeta, mientras las latinoamericanas y africanas, caían,
casi todas, entre 0.5 y 0.7. Eran las más injustas.
¿Por qué los latinoamericanos, después de cien revoluciones, mantienen esos
niveles de desigualdad? La Iglesia piensa que el fenómeno es producto de la
injusta distribución de la riqueza, pero no es verdad. La desigualdad de
ingresos es la consecuencia de las diferencias en educación, procedencia
(urbana, rural), la estructura familiar y la debilidad del tejido productivo
en donde las personas devengan un salario. En sociedades que cultivan
bananos, café o azúcar, sin agregarle valor a la producción, los
trabajadores son terriblemente pobres.
Sencillamente, las sociedades menos desiguales son aquellas en las que los
trabajadores reciben altos salarios porque producen bienes o servicios
valiosos. Un obrero de Volvo puede percibir treinta dólares por hora
trabajada porque construye unos autos que tienen un alto precio en el
mercado. Gana mucho porque produce mucho, no porque los suecos sean más
justos. En cambio, no hay manera de que un campesino haitiano reciba un
salario decente por cortar caña con un machete.
¿Cómo se construye una sociedad menos desigual? Obviamente, por el mismo
procedimiento que se construye una sociedad desarrollada. En el terreno
interno, con educación, honradez administrativa, políticas públicas
adecuadas, meritocracia, paz social, trabajo fuerte, acatamiento de la ley,
un buen sistema judicial capaz de dirimir los conflictos, respeto a la
propiedad y estímulo al ahorro nacional. En el plano internacional,
sirviéndonos de las posibilidades de la globalización: atrayendo inversiones
y transferencias tecnológicas extranjeras, manteniendo un intenso comercio
internacional y multiplicando los contactos con el primer mundo.
Donde no existe la menor posibilidad de mitigar las desigualdades es con la
receta que suele proponer la Iglesia: colocar el acento en el
asistencialismo y redistribuir la riqueza creada entre los necesitados. No
es por ahí por donde van los tiros. No hay ningún país que haya dado el
salto a la modernidad y al desarrollo tomando ese camino. Es asombroso que
tras dos mil años de existencia una institución tan sabia y tan bien
intencionada no acabe de aprender la lección. Pero lo peor no es que incurra
en un error intelectual, sino que con esa actitud suele hacerles un daño
terrible a quienes desea proteger. En Costa Rica estuvieron a punto.
Diciembre 16, 2007
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