John McCain y Humphrey Bogart
Carlos Alberto Montaner
los 71 años, el senador John McCain puede convertirse en el primer
presidente en la historia de Estados Unidos nacido en América Latina
(Panamá), y en el más viejo, pero esto último no parece inquietar a los
norteamericanos. Ronald Reagan tenía 70 cuando llegó a la Casa Blanca y
luego fue inmensamente popular y exitoso. Sin embargo, hay ciertas
diferencias físicas y psicológicas que separan a estos dos hombres: Reagan
--alto, guapo, galán de cine-- tenía un temperamento cordial y una
permanente sonrisa en los labios. Era un seductor nato. McCain, en cambio
--pequeño, con un rostro agradable, pero castigado por el cáncer de piel--
posee un carácter fuerte, no esquiva las confrontaciones, y no tiene
especial interés en cautivar a su interlocutor. Si hubiera sido actor habría
hecho los papeles de Humphrey Bogart. Es un duro.
Sólo que un duro real, de carne y hueso, no de celuloide (o digital, creo
que ya ni existe el celuloide), y eso, probablemente, es lo que enamora a
una buena parte de la sociedad americana. Tres veces, durante la guerra de
Vietnam, este piloto de combate demostró que estaba dispuesto a jugarse la
vida por cumplir con su deber y con su país. La primera fue tras un terrible
accidente en el portaviones Forrestal, en julio de 1967, que costó más de un
centenar de muertos. Los supervivientes tuvieron la oportunidad de abandonar
las misiones de combate --su padre era almirante y uno de los jefes de la
Marina, como antes lo había sido su abuelo--, pero optó por continuar
volando, y varios meses más tarde, en la vigésimo tercera operación, su
avión fue derribado sobre Vietnam del Norte.
Cuando su paracaídas fue avistado por los vietnamitas, McCain era un
despojo humano. Estaba inconsciente y tenía fracturados los brazos y las
piernas. Los campesinos que lo recogieron lo golpearon y humillaron sin
compasión en lo que llegaban los militares a hacerse cargo del prisionero.
Pero ése sólo sería el prólogo de una pesadilla que duraría seis años en los
que resistió toda clase de palizas, hambre, sed y celdas de castigo.
Rápidamente, los comunistas averiguaron que habían capturado al hijo de un
militar muy importante y pretendían utilizarlo como una pieza de propaganda,
a lo que el entonces joven capitán se negó terminantemente, aun a riesgo de
morir. Esa fue su segunda prueba de entereza moral. (Entre los torturadores
de los prisioneros norteamericanos, por cierto, había tres militares cubanos
que hablaban inglés y eran especialmente crueles, a los que sus víctimas les
pusieron los sobrenombres de ''Fidel'', ''Chico'' y ''Pancho''. A ''Chico''
lo han identificado como el hoy general Fernando Vecino Alegret, un oficial
del entorno de Raúl Castro que en los años cincuenta, durante su
adolescencia, había estudiado en una academia militar norteamericana. Esta
historia ha sido persuasivamente relatada por Michael Benge, ex prisionero
de guerra en esa época, víctima él mismo de la barbarie caribeña.)
Sin embargo, la tercera prueba del carácter de McCain es la más notable.
Cuando llevaba dos años internado en aquellos inmundos calabozos, podrido de
enfermedades y devorado por el hambre, tuvo la oportunidad de ser puesto en
libertad, pero se negó rotundamente si sus compañeros no corrían la misma
suerte. No podía admitir que ser hijo de un almirante le granjeara un trato
privilegiado mientras otros soldados continuaban en cautiverio. Finalmente,
en 1973, dos meses después de declarado un alto el fuego, fue liberado y
regresó a continuar su servicio en la Marina. En 1981, cuando se licencia e
instala en el estado de Arizona, lo tienen por un héroe y primero lo eligen
al Congreso, pero en 1987, cuando se retira el legendario senador Barry
Goldwater --cabeza del ala libertaria-conservadora republicana, y también
piloto y general de la fuerza aérea--, McCain ocupará su puesto.
¿Haber sido un héroe y haber demostrado carácter en una situación extrema
demuestra que se puede gobernar bien a un país como Estados Unidos? El otro
presidente que fue prisionero de guerra, que recuerde, fue George Washington
--cautivo de los franceses por un breve periodo cuando era oficial del
ejército colonial inglés durante la Guerra de los Siete Años--, pero no hay
el menor paralelo entre las dos situaciones. No obstante, es posible que,
pese a la impopularidad de la guerra de Irak, la sensación de peligro que
padece la sociedad norteamericana por los ataques de Al Qaida pueda llevar a
la mayoría del país a preferir a un duro en la Casa Blanca. Si fuera un
casting, el director optaría por Humphrey Bogart. Esa es la carta que
juegan los republicanos.
Febrero 11, 2008
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